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¡Hay coca!

Los vendedores ambulantes: protagonistas principales de nuestras playas.

Sol, arena y mar. Mantita, sombrilla, mate. La brisa del océano, la tranquilidad. Y los vendedores ambulantes. La oferta gastronómica de las playas argentinas es tan variada como incesante: “¡Hay coca, hay coca!”; “a los chuuurros; rellenos, calentitos los chuuurros”; "a los piruliiines”. Esos son los más típicos: gaseosa, churros y pirulines. Choclos, pastelitos, bolas de fraile, helado, pochoclos, sándwiches, son otros de los productos que hacen a la diversificación cada vez mayor que existe en este rubro.

Y, así, nos acostumbramos a reposar bajo la sombrilla acompañados de los gritos de los vendedores ambulantes sin sentirnos tentados por lo que ofrecen. Pero, aunque no tengamos hambre, evaluamos cada oferta. ¿Un churro a la una del mediodía? ¿El agua que traje me va a alcanzar para toda la tarde? ¡Cuántos años hace que no como un pirulín! En la mayoría de los casos, desechamos la oferta, pero no por eso deja de ocupar espacio en nuestra mente. Y, si hay niños entre los veraneantes que han viajado con nosotros, probablemente tengamos que cazar la billetera al vuelo y salir corriendo detrás del antojo del momento. O dedicar largos minutos a explicarles por qué no, por qué no eso, por qué no ahora. 

Pero en algún momento del día sucede: nos dan ganas de comer churros, y el churrero no pasa nunca más. O morimos de sed, pero “hay coca, hay coca” no aparece por ningún lado. Entonces, empieza la desesperación y, al más mínimo avistaje del churrero, el heladero o quien sea el portador de nuestro objeto de deseo, salimos tras de él, corriendo, gritando, hasta alcanzarlo. 

Si la fortuna no está de nuestro lado, puede que justo se haya quedado sin coca. O que ya no le queden churros rellenos. Con la ilusión trunca, nos conformamos con lo que quedó y nos reprochamos no haber comprado antes, aunque no tuviéramos ganas. Después de todo, sabíamos que, en algún momento, sí íbamos a querer ese churro, esa bola de fraile, ese choclo que ahora el destino nos saca de las manos.

Porque, aunque el viento y la arena hubiesen hecho de las suyas, el antojo hubiera estado resuelto. Moraleja: no ignores al churrero o al cocacolero: cuando lo necesites, puede ser muy tarde.

 

Todo servido

Esta superpoblación de vendedores ambulantes en nuestras playas podría relacionarse, tal vez, con la multiplicación de imanes en nuestras heladeras. O, para darle un toque más actual, con las apps de pedidos que te llevan lo que quieras a tu casa. Sería algo así como la cultura del delivery trasladada a la arena, pero de un delivery al que no es necesario llamar. Solo hay que estar atentos a sus voces y a nuestro antojo y, en el momento en el que esos dos factores se cruzan, con un movimiento del brazo y sin abandonar nuestra reposera, conseguimos lo que queremos y lo disfrutamos ahí mismo, entre bronceadores y lentes de sol. 

Larga vida a los vendedores ambulantes, que nos llevan felicidad a nuestro pedacito de arena.

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