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Expertos en protestas: ¿por qué los argentinos nos quejamos tanto?

La queja y la protesta son partes constitutivas de la idiosincrasia argentina. Pero ¿qué es lo que nos lleva a ser como somos?

En este país, está por todas partes. A veces nos molesta en los otros e, incluso, en nosotros mismos. Hablamos de la queja. La queja constante, la queja sobre cualquier cosa: sobre lo importante y sobre lo banal. Parece parte de la idiosincrasia argentina, algo constitutivo de nuestro ADN y en lo que todos caemos de tanto en tanto; algunos más; otros menos. No es casual que, cuando algo resulta satisfactorio para el otro, le digamos: “No te podés quejar, eh”, como anticipando un posible clamor que, viniendo de un argentino, no sería de extrañar.

Pero existen dos tipos de quejas muy diferentes la una de la otra. Existe la queja por la queja en sí. La queja por deporte, porque nos gusta quejarnos. Detrás de esa queja, no hay nada constructivo, no hay intención de cambiar las cosas ni iniciativa para impulsar algo distinto. La segunda queja es la más controversial, pero es también la que empuja revoluciones: es la queja que se vuelve acción, bandera y causa. Esa queja es la que se convierte en protesta.

 

Los que más protestan en Latinoamérica

El argentino quejoso no es una percepción ni un estereotipo: es un hecho. Lo dicen los números. Según la Organización Internacional del Trabajo, la Argentina es el segundo país con más huelgas al año después de Alemania. Y somos punteros en la región: según el Barómetro de las Américas, el 15,4% de los argentinos afirma que participa en protestas, lo que representa la cifra más alta de Latinoamérica.

Esta actitud se percibe en los individuos y en las masas. El argentino promedio no dudará un segundo en reclamar lo que cree que le corresponde. Puede ser un reclamo a un mozo en un restaurante o una marcha organizada por las causas más variadas. En todo el país, y en especial en el microcentro porteño, distintos grupos se organizan rápidamente cuando consideran necesario unir sus voces.

Pero ¿por qué protestamos tanto? Porque, a pesar de que estamos acostumbrados a vivir en un país donde todo es cuesta arriba, hay algo de lo que somos muy conscientes: de nuestros derechos. Los proclamamos, los defendemos y nos alzamos cuando alguien intenta vulnerarlos. El argentino quilombero, entonces, no es una descripción necesariamente negativa. A veces, ese quilombo implica que estamos reclamando lo que nos corresponde.

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El origen de nuestras quejas

Como les pasa a las personas, los países también quedan marcados por lo que les sucede. Como sociedad, las huellas de nuestra historia quedan grabadas en nuestra consciencia colectiva y nos determinan a actuar de determinada forma.

Gran parte de esa noción sobre nuestros derechos viene del peronismo. "Donde existe una necesidad, nace un derecho", dijo alguna vez Eva Perón. Fue durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón que se comenzó a plantar en la sociedad una semilla que signaría a las generaciones venideras. Si alguien tiene una necesidad, tiene el derecho a que sea satisfecha. En esos años, los argentinos vimos cristalizados varios de los derechos que hoy asumimos como impostergables.

En paralelo, una sociedad marcada por el componente inmigrante que llegaba a nuestros suelos se hacia cada vez más igualitaria. Los recién arribados no conocían de jerarquías ni de diferencias. Se vinculaban de forma directa y confiaban en que el progreso personal sería lo que podría marcar la diferencia. Con ese mismo espíritu, nació la clase media argentina.

 

Una voz difícil de tapar

Fue así como comenzamos a pedir lo que creíamos justo. A gritar a los cuatro vientos cuando algo nos parecía incorrecto. A perderle el miedo a quién quisiera callarnos. Con la llegada de la dictadura miliar en 1976, el terror, la represión, las desapariciones y los asesinatos vinieron a aplacar a aquellas almas que no estaban dispuestas a bajar la voz.

Luego de los años más oscuros de nuestra historia, volvió la democracia y, con ella, la lucha por nuestros derechos. Las Madres de Plaza de Mayo son, quizás, el símbolo más claro de la lucha. Con el tiempo, las protestas fueron cada vez más potentes. Uno de los últimos ejemplos más contundentes es el movimiento Ni una menos”, que nació con una fuerza arrolladora en la Argentina y se esparció por toda Latinoamérica.

La queja, la protesta, el quilombo son el ritmo con el que late nuestro país. Es lo que mueve las causas más justas, pero –también– lo que genera nuestras más grandes peleas y nuestras infinitas brechas.