Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Estamos lejos al cuadrado 

Los patagónicos estamos acostumbrados a recorrer grandes distancias.

Cuando una persona dice que es patagónica, en su mayoría, la asocian directamente con Bariloche o El Bolsón, en la provincia de Río Negro; el Glaciar Perito Moreno, en Santa Cruz; Ushuaia, en Tierra del Fuego; Villa La Angostura, en Neuquén; o Puerto Madryn, en Chubut. El sur argentino es más que estos destinos reconocidos por el turismo nacional e internacional, sin embargo, y a pesar de las diversas y variadas ciudades, bellezas y culturas, no muchas personas se percatan de la lejanía y de las diferencias de la propia Patagonia: conocer o no la nieve, el mar, un pingüino o las ballenas.

Buenos Aires, Córdoba, Mendoza: en el cotidiano popular, están presentes los varios kilómetros y horas para llegar a esos destinos. Una publicidad más presente en diferentes medios de comunicación, la historia y actividades (sobre)conocidas de lo que puede realizarse allí como también las facilidades en la movilidad, tanto terrestre como aérea, contribuyen a que ocurra ello. Pero aparentemente la Patagonia no cuenta con esa misma suerte.

Por dar dos ejemplos de la complejidad y el largo de la demografía patagónica, con una de las provincias “del centro”. Rawson, capital de la provincia del Chubut, se encuentra más cerca de CABA que de Ushuaia: mientras que la distancia con el fin del mundo es de 1733 kilómetros, con la capital de la Nación es de casi 400 kilómetros menos, específicamente, hay que recorrer 1372 kilómetros de ruta. Esquel, ciudad cordillerana, podría decirse que se encuentra en el medio de ellas dos: tiene 1905 kilómetros de distancia a Ushuaia mientras que se deben recorrer 1957 kilómetros para llegar a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

¡Y a veces pensamos que “viaje largo” es ir a Buenos Aires! Ese también es el imaginario que debería desterrarse: tener más presente el centro del país en vez de seguir recorriendo más la inmensidad de la Patagonia, un federalismo más presente.

Las distancias largas y el viento, dos acostumbramientos por parte de todos los patagónicos. Un viaje a la cordillera o a la costa del Atlántico, visitar los parajes o pueblos de las mesetas o mismo las localidades aledañas, todos esos recorridos conllevan preparar –mínimamente– un termo para el mate, algo para comer y disfrutar de kilómetros que se articulan con bellezas naturales, flora y fauna autóctonas.

Nuestra cotidianeidad sociodemográfica es dificultad o molestia para otros: estamos habituados a no cruzar un auto por largo tiempo en la ruta (porque autopista no hay), no ver una ciudad o pueblo por los próximos 200 kilómetros, que el camino sea bastante monotemático en cuanto a curvas y que ver un guanaco, una mara o mismo la nieve, es signo de alegría para quienes viajan.

Pero lo que sí sufrimos los patagónicos es, justamente, lo que debería ser una oportunidad para la cercanía y conectividad de diversos puntos del país. Si alguien de una ciudad no tan promovida turísticamente quiere ir a una que sí, como las nombradas al principio, debe realizar una escala, y esa parada se llama Aeropuerto Ezeiza de Buenos Aires. Es decir que alguien del sur que quiere viajar en avión para llegar a otro punto del sur debe ir primero al centro del país para luego disfrutar de la naturaleza e inmensidad patagónica. Por ejemplo, el tramo Bariloche y Trelew no tiene vuelos directos. 

Puede ser por falta de inversión de infraestructura, porque en esas ciudades se concentran los grandes polos tecnológicos, laborales-empresariales y políticos, por las migraciones de varios patagónicos para estudios o trabajos o mismo la elección de realizar las vacaciones por fuera de la Patagonia. Algo es seguro: no todo queda a mano, las distancias son largas. Estamos lejos al cuadrado.

 

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