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El notero

El notero: una figura única de nuestro país.

Si hay algo que realmente nos distingue de cualquier otra cultura, ya no digamos mundial, sino que me animo a afirmar que interplanetaria, universal, galáctica, es el notero, en especial el de televisión. El notero es un tipo que no sabe mucho de nada, y que los productores usan como comodín absoluto. Es decir, sí sabe mucho de algo: de hacer de cuenta que sabe. Hoy le toca cubrir el verano en Parque Norte y mañana una manifestación en Tribunales. Pasado entrevista a los ganadores de la Copa Davis y la semana que viene sale a preguntarle a la gente en la calle qué opina de la suba de las tarifas. Su métier, su oficio, le exige justamente eso: ser un camaleón, poder tocar (siempre por encima, lo más superficialmente posible) cualquier tema. No solo rindió todas las materias en cualquiera haya sido su tecnicatura en periodismo, si no que en la práctica de su trabajo se forma permanentemente en el arte del "hablemos sin saber".

El notero va a Mar del Plata en pleno enero y le pregunta a los cordobeses si se acordaron de llevarse el fernet. El notero sonríe a cámara, transpirado. Lo podemos disfrutar desde un plano corto en donde solo luce la vestimenta de la cintura para arriba: camisa, corbata y saco. Todos sabemos que, seguramente, hay un traje de baño floreado y ojotas de colores en la parte que no enfoca la cámara. 

El notero es que el que "ataja" a las personas saliendo de los supermercados a fin de año y les pregunta cómo están los precios. O corre en los pasillos del shopping un 23 de diciembre a la noche para entrevistar a los colgados que no hicieron las compras navideñas a tiempo. Cuanta más desesperación, sosobra y angustia en los rostros de los compradores logre  captar nuestro notero, la nota será mucho, pero mucho mejor. 

Pero el notero superhéroe es, sin dudas, al que le toca cubrir las manifestaciones políticas. Muchas veces las personas manifestantes encaran la entrevista con tranquilidad y cuentan con calma las razones de su manifestación. En esos casos, el notero tiene un buen día. Pero, otras veces, pasa todo lo contrario: las personas manifestantes identifican al notero, saben para qué noticiero trabaja y asumen su ideología política. Y pobre notero. Ahí se ve obligado a recibir insultos, amenazas y, en el peor escenarios, hasta una paliza. Hay infinidad de videos en internet en donde  muestran esta deplorable actitud y no nos queda otra que empatizar con los periodistas que ante esa situaciones solo intentan salvar su vida y su micrófono.

Y me parece que los argentinos somos todos un poco noteros. Por un lado, somos "todo terreno": a donde haya que ir por una buena causa -hacerle un favor a un amigo, trabajar de lo que sea para sobrevivir -, vamos. También somos noteros cuando enarbolamos la bandera del hablar por hablar.  Pensemos en cómo defendemos cuestiones (económicas, políticas, médicas, científicas, literarias, musicales, históricas, filosóficas) cuyos principios ignoramos profundamente. Quizás, con suerte, hayamos leído un poco en internet sobre el tema en cuestión, o haciendo zapping hayamos visto a un panelista (quien tampoco sabía mucho, claro) decir algo que estamos dispuestos a repetir, o, en el mejor de los casos, hayamos visto un documental en la tele. Pero un problema que tenemos, o que tengo yo y la gente que me rodea (hago el mea culpa, claro) es que consideramos que ganamos una discusión cuando el “adversario” se queda sin respuesta. Platón, en La República, quería expulsar a los poetas por considerar que no eran útiles para la sociedad. Cómo me hubiera gustado que viva en el siglo XXI. ¿Qué opinaría de cómo devino la historia? En una de esas, sería notero. Argumentos no le hubieran faltado.

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