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El izquierdo.

La regla es simple: si te cruzás con un mufa, tocate el izquierdo

De repente, un hombre se lleva la mano al testículo. Acto seguido, una mujer se toca un pecho sin previo aviso. Puede pasar. Parecen gestos de mal gusto, pero para algunas personas son reacciones casi inevitables. La regla es simple: si te cruzás con un mufa, tocate el izquierdo.

Esta creencia no es exclusiva de los argentinos, pero es algo que se da aquí con demasiada frecuencia. Ser mufa –o yeta– es un estigma que algunas personas llevan y con el que tienen que convivir toda su vida.
En el imaginario popular, el mufa tiene la capacidad de influir negativamente en su entorno. Si el mufa está cerca –o tan solo si alguien lo nombra–, de seguro pasará algo malo. Y, si pasa algo malo, seguro que fue su culpa.

El antídoto, por su parte, es casi tan ridículo como el mal: tocarse un huevo o un pecho (los izquierdos, no cualquiera) sería el remedio para resguardarse de los efectos nocivos del mufa.
¿Cuándo exactamente se convierte alguien en mufa? Probablemente, cuando alguien más lo anuncia: solo basta con que un dedo lo señale para sellar su destino. Luego, solo resta encontrar infortunios que ocurran durante su presencia –o al invocar su nombre– y sobrarán los motivos para reafirmar la teoría. Es que, cuando las consecuencias determinan las causas, es muy difícil buscar una explicación alternativa.

Claro que para estas cosas no hay razonamientos lógicos: quién no ha sentido el impulso inconsciente de tocarse partes privadas tan solo por escuchar un nombre. Sin embargo, la condena del que es tildado de mufa o de yeta necesita una leve revisión, porque nadie merece ser castigado por hechos que aún no han sucedido.

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