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El histeriqueo

Los argentinos tenemos fama de histéricos

Los argentinos tenemos fama de histéricos. Y lamentablemente es muy probable que sea cierto. Ahora bien, ¿qué significa ser histérico? No vamos a meternos en teorías psicológicas que no manejo, dejemos a los freudianos con su metier, me refiero a qué significa en términos más mundanos, de lo que podríamos llamar “sentido común”. Si no me equivoco, una persona histérica es la que quiere algo pero niega que lo quiere, o la que quiere algo y después no y mañana otra vez sí. Bien. Voy a seguir ganando enemigos: voy a defender a la histeria.

Para encomiar la primera definición, tengo una imagen. Dicen, porque la verdad es que no tuve el placer de confirmarlo con mis propios ojos, que el despacho de Stalin tenía, detrás de su sillón imperial, un enorme cartel con la frase: “Lo mío ya es mío, lo que estamos negociando es lo suyo”. Bueno, en una negociación, para ir tan de frente, hay que ser Stalin. Si no lo somos, como le pasa a toda la humanidad salvo, precisamente, a Stalin (o a su familia, quienes técnicamente también “son” Stalin), ocultar los verdaderos intereses a veces juega a favor. No me refiero sólo al momento de comprar un Duna usado, que si nos mostramos muy entusiastas el dueño va a endurecer las condiciones de venta (hasta donde pueda, obvio, a fin de cuentas es un Duna usado), sino también en otros aspectos de la vida, como por ejemplo en el cortejo a una dama (o a un caballero, depende de cada cual).

Si nos mostramos muy dispuestos a acceder a cualquier condición, corremos dos riesgos. El primero está muy claro: que accedamos a cualquier condición. El segundo es un poco más opaco, pero quizás más riesgoso: resultar indeseables para la otra persona. Si la seducida o el seducido saben fehacientemente que haremos todo lo que haga falta para conquistarlos es posible que pierdan interés en nosotros. Porque lo que no cuesta no vale. Y esa máxima funciona en la mayoría de los aspectos de la vida.

Me voy quedando sin espacio, así que rápidamente voy a refutar el otro argumento, el del histérico como quien cambia de parecer. La evolución exige cambiar de parecer. Si pensáramos igual que como cuando teníamos ocho años seríamos unos imbéciles. Si pensáramos igual que nuestros ancestros del siglo XIX, nos moriríamos de anginas y nos operarían la vesícula sin anestesia. Si pensáramos igual que en el siglo VII aC violaríamos a nuestras esclavas y acuchillaríamos a nuestros deudores. Creo que los ejemplos ya alcanzan. Señor lector: no sea paparulo, permítase cambiar de opinión. No hay sensación más linda que detectar que uno estuvo equivocado. Porque la otra cara de la misma moneda es que, en ese mismo instante, dejamos de estarlo.

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