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El espacio público maltratado

Cuando la responsabilidad de la limpieza es de todos, no es de nadie.

Si hay una frase de mi viejo que me quedó retumbando en la cabeza es: “Cuando algo es responsabilidad de todos, no es responsabilidad de nadie”. Claro que él lo decía cuando con mis hermanos nos peleábamos para ver quién no ponía la mesa y quién —menos— lavaba los platos. Pero con el tiempo aprendí a darle a la frase el verdadero valor que le corresponde. El estado del espacio público me hace pensar en mi viejo. Y me genera el recuerdo unas cinco veces por día. Cada vez que salgo a la calle, por lo menos. Algunos dirán que la cuestión está en la incapacidad de los recolectores de residuos. Claro que no es así. Lo primero que hay que hacer para que no haya mugre es no generarla. Lo primero que hay que hacer para que no haya bancos, escaleras o postes de luz rotos es no romperlos. Al respecto tengo dos anécdotas.

La primera incluye a mi hermano. Él fue a un colegio industrial, por lo que en uno de los primeros años tuvo taller de carpintería. Además de los rudimentos del oficio y de algunos trabajos más conceptuales, los profesores enseñaban como hay que enseñar: haciendo. Entonces, uno de los trabajos para aprobar la materia era arreglar el mobiliario del colegio que requiriese refacciones. Pues bien, y acá está lo importante de la anécdota: los muebles rotos no alcanzaron para que cada alumno tenga el suyo. Y los pocos que estaban rotos lo estaban por cuestiones de uso o porque eran demasiado viejos. Es decir: como desde primer año le enseñaban a los alumnos a arreglar lo que estuviera roto, luego, a lo largo de los seis años de cursada nadie rompía los muebles. Porque habían entendido, creo, que la responsabilidad de que todo estuviera en condiciones era, literalmente, de ellos. Menuda enseñanza. Otra que Merlí.

La segunda anécdota incluye al Dr. Carlos Salvador Bilardo. Cuenta la historia que un día, en una concentración, vio a uno de sus jugadores que luego de sacarle el envoltorio a un alfajor, lo tiró al suelo. No le dijo nada. Tiempo después (teniendo en cuenta que hablamos de Bilardo, pueden haber pasado cuatro mundiales en el medio), el Dr. fue invitado a comer a la casa del roñoso. Cuando llegó el postre, había frutas. El Dr. eligió una mandarina. La peló ceremoniosamente, la comió entera elogiando su dulzura y, cuando terminó, juntó la cáscara y la revoleó al medio del living. Cuando el roñoso le preguntó, entre azorado y risueño “¿Qué hace, Carlos?”, el Dr. le respondió: “Como usted en la concentración tiró el papel del alfajor al piso, pensé que era una costumbre de su familia decorar con basura”.

Cuando la responsabilidad de la limpieza es de todos, no es de nadie. Ahora, si los que pasamos la escoba somos nosotros, es probable que no se nos caigan ni las migas.

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