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El Club de barrio

Nada alcanza para expresar con la intensidad que merece la importancia de los clubes en la sociedad argentina

Así somos

Nada de lo que se pueda decir en esta columna alcanza para expresar con la intensidad que merece la importancia de los clubes en la sociedad argentina. Los hay más chicos, los hay más grandes (el lema de Vélez “El club de barrio más grande del mundo” me parece hermoso y acertado), pero todos tienen algo en común: modifican —para bien y para siempre— la vida de sus socios.

En mi caso, yo pasé parte importante de mi infancia en el Club Atlético Atlanta. Ahí aprendí a nadar, a jugar a la pelota, a andar en bicicleta, lo que es una colonia de vacaciones, algo de judo y que el basket no era lo mío. Pero sobre todo, aprendí que lo importante de cualquier deporte es saber perder (y saber ganar, porque al día siguiente vas a ser vos el que esté del otro lado), que si no compartimos lo que tenemos, es como si no tuviéramos nada y que la vida al aire libre es la mejor de todas.

Tengo un recuerdo un tanto difuso, como todos los de la infancia, que quizás mi mente haya mejorado para que sea más lindo, pero es muy factible que en un gran porcentaje sea cierto. Como cumplo años en enero, mis cumpleaños siempre tuvieron dos características: una buena y otra mala. La buena salta a la vista, el verano es la mejor estación de todas, así que mis cumpleaños siempre estuvieron relacionados a la pileta y a las vacaciones. La mala es la otra cara de la misma moneda: mis compañeros del colegio, los primeros amigos que uno hace, habitualmente no estaban disponibles. El primer año que fui a la colonia de Atlanta me cambió el paradigma y por primera vez entendí que podía haber amigos más allá del colegio. Mi papá hizo unas hamburguesas en las parrillas del club y vinieron mis amigos de la colonia. No habíamos tenido en cuenta un dato importante: los chicos que van a la colonia habitualmente tienen padres, que habitualmente los pasan a buscar. Y no es de buena educación dejar a alguien sin su hamburguesa. Tuvimos la suerte de que uno de esos padres también era carnicero, por lo que en diez minutos hubo hamburguesas para todos. El verdadero regalo de ese cumpleaños todavía me dura: aprendí que tener cerca un club de barrio es tener cerca una gran familia.

Fecha de Publicación: 20/04/2018

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