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El changarín mentiroso

A veces los pequeños errores tienen consecuencias impensadas.
Así somos
El changarín mentiroso
26 abril, 2019

¿Se enteraron del changarín mentiroso? Seguro que saben de qué estoy hablando, pero por las dudas se los resumo: un desempleado de Nogoyá, provincia de Entre Ríos, filtró a los medios (habría que ver cómo lo logró, su habilidad en este punto es llamativa) que había encontrado una valija con 500 mil dólares y se la había devuelto al dueño. El dueño, que ya daba el dinero por perdido (¿quién anda con 500 lucas verdes en una valija por la calle?), al ver la honestidad del humilde changarín, le ofreció plata y hasta un departamento. Nuestro héroe (nada anónimo, por cierto), declinó los honores y la oferta de recompensa y solo pidió una cosa: un trabajo en blanco para que su familia acceda a una obra social.

Hasta acá, un cuento de hadas. Música para los oídos de la progresía nacional que dice que “de acá se sale laburando” pero no quiere pagar ni el monotributo. Un modelo a seguir, alguien a reivindicar. Pero el changarín cometió un error. Uno terrible.

Invitado a un programa de radio para contar lo que había pasado y repetir por enésima vez su humilde pedido (que por cierto no había sido satisfecho, resultó un inescrupuloso el empresario despistado), se envalentonó. Y cuando un mentiroso se envalentona corre riesgos: de repente está tan seguro de que su versión es cierta que empieza a dejar de preocuparse por la verosimilitud. Y considera, equivocado, muy equivocado, que si agrega detalles a la historia va a ser más creíble. En ficción funciona (Roland Barthes lo llama “efecto realidad”), pero en la mentira común y corriente la proliferación de detalles es peligrosa (quedan más cabos sueltos). El changarín cayó en esta trampa.

Envalentonado en la radio, entonces, agregó un detalle que no llego a explicarme por qué ni para qué lo agregó: dijo que en la valija había un arma. Y dio detalles de la camioneta que supuestamente manejaba el empresario despistado. Y al meter un arma en el relato, y este relato ser transmitido por un medio de comunicación, obligó a un fiscal a intervenir de oficio: la portación de armas sin permiso es un delito. Y el fiscal no tardó más de 48 horas en determinar que no hubo ni maletín ni camioneta ni arma ni nada. El changarín le puede mentir a los medios pero no le puede mentir a la justicia: eso también es un delito.

Y así fue como el pobre changarín pasó de ser un héroe a ser un mentiroso en el que nadie puede confiar y mucho menos darle un trabajo en blanco que incluya una obra social entre sus beneficios. Y así pasó el argentino medio de afirmar que “hace falta más gente como el changarín” a decir “son todos iguales, este país no tiene solución”. Pero sobre todo, así pasó un tipo desesperado por un laburo de poder elegir el que más le gustara a ver sus sueños cada día un poco más lejos.

Hipólito Azema nació en Buenos Aires, en los comienzos de la década del 80. No se sabe desde cuándo, porque esas cosas son difíciles de determinar, le gusta contar historias, pero más le gusta que se las cuenten: quizás por eso transitó los inefables pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Una vez escuchó que donde existe una necesidad nace un derecho y se lo creyó.

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