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Doña Rosa

En la década del 80, Bernardo Neustadt le dio vida a su propio estereotipo: doña Rosa.

Los estereotipos nunca son buenos, pero de estereotipos vivimos. Sin embargo, cuando un estereotipo es creado y diseñado con un propósito específico, la cuestión se vuelve un poco más peligrosa. En la década del 80, Bernardo Neustadt le dio vida a su propio Frankenstein: doña Rosa.

Doña Rosa era la interlocutora estrella de su programa. Era, según las palabras del periodista, una persona "común y corriente" que representaba al ama de casa promedio. A través de ella, Neustadt le hablaba a toda la clase media argentina, le explicaba –en términos que pudiera entender– los acontecimientos políticos y económicos del país. Porque, claro, doña Rosa no podía pensar por sí misma: la realidad era muy compleja para analizarla por sus propios medios. Por suerte, para eso estaba la televisión.

Afortunadamente, hoy contamos con más opciones, más vías de acceso a distintos contenidos e informaciones. Con Internet y las redes sociales, las personas comunes y corrientes ya no tenemos que esperar a la noche para que Neustadt nos hable y nos explique lo que no entendemos.

Las nuevas doñas Rosas tienen un mundo de alternativas para elegir, informarse y crear un pensamiento crítico, propio, rico. O pueden quedarse con el Bailando, que también es una opción. Pero ya sabemos que hoy, si doña Rosa se queda mirando la tele, es porque ella quiere.

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