Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Diciembre

Diciembre es el mes de los balances, de los cierres, de los festejos, cuando empieza un ciclo y termina otro.

A los argentinos nos encanta juntarnos por cualquier razón, o sin razón alguna. Pero lo que durante el año es motivo de alegría y disfrute, cuando se acerca diciembre, se convierte en preocupación y estrés. Las reuniones de fin de año se multiplican: tenemos que vernos sí o sí antes de que termine. Como si el 31 se acabara el mundo, como si en enero estuviera prohibido juntarse. Y como si la semana tuviera cuarenta días y el día, ochenta horas. ¿Cuándo vamos a entender que no llegamos a hacer todo?.

La agenda explota, los planes se superponen y nuestra obsesión por encontrarnos “antes de fin de año” hace que los días no alcancen, las resacas se hagan crónicas y recuperemos todos los kilos que habíamos perdido “para llegar bien al verano”. Sin contar la molestia que vivimos al concretar cualquier salida en restaurantes y bares llenos de grupos de persona que se hicieron la misma promesa de encontrarse antes de fin de año. Es muy difícil conseguir mesa en cualquier lugar por estas fechas y, en caso de lograrlo, es casi una misión imposible escuchar lo que dicen nuestros acompañantes de tanta gente acumulada y bullicio alrededor. 

Diciembre es el mes de los balances, de los cierres, de los festejos. El mes en el que se termina un ciclo y comienza otro. En Argentina, es el mes en el que el ritmo del fin de semana sucede de lunes a domingo, los restaurantes no dan a basto y los grupos de WhatsApp explotan, reviven y se multiplican. Lejos de ser una época de reflexion, nos la pasamos ahogando la incertidumbre de lo que vendrá con eventos sociales y brindis. Porque, claro, conectar con el cierre de un ciclo (aunque el calendario y el tiempo sean solo una convención social) y la apertura de otro puede generar varios sentimientos. Algunos positivos (si el balance es bueno) pero otros angustiantes, si termina un año en el que sufrimos pérdidas, decepciones, objetivos no cumplidos y miles de etcéteras.  

Enero tiene ese no sé qué...

No desesperemos: después de la desesperación y vorágine de cada diciembre, llega enero. Y, al menos para los porteños, enero significa noches libres, sábados de maratones de series, la ciudad vacía, el agua mineral y las ensaladas. Y hasta implica que podamos encerrarnos en casa y no ver a nadie durante un largo, largo tiempo.

Para las personas que no tienen hijos chicos (que, quizás, no tienen mucha opción de fechas de paseo por la escuela), enero es el momento exacto para no ir a ningún lado y zafar de las playas atestadas de gente, los precios elevados y las filas para todo. Enero es la oportunidad de quedarse en nuestra ciudad aprovechando el transporte público vacío, el silencio de las calles y el ventilador en la cara. 

Por lo general, es época de lluvia y no hay nada que termine de pintar metafóricamente el cuadro del ermitaño que una buena tarde en el sillón de su casa con las gotas golpeándole las ventanas, sin ninguna necesidad de salir a ser una persona social. Libros, series, mascotas, ricos licuados: todo está al alcance de nuestras manos.

Además, los rayos ultravioletas del sol de enero son otra excusa fantástica para no salir de nuestros hogares. Sabemos lo dañino que puede ser exponernos al sol cuando está muy fuerte los días de calor de verano, entonces, por nuestra salud, es mejor quedarnos guardados y protegidos. A menos, claro, que quien me esté leyendo sea de los privilegiados que tienen pileta.. Si es así, invitá, me llevo el protector y no te charlo. 

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