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Cansada de resistir, pero jamás de ser mujer

Un nuevo 8 de marzo que nos viene a remover las vísceras y a replantear lo establecido. Las palabras harta y mujer ya vienen unificadas.

Cuando era adolescente escuchaba de la boca de mis amigos un comentario recurrente. “Si fuera mujer, sería re puta y estaría con quien se me diera la gana”, repetían con gracia. Era su forma de manifestar que nosotras teníamos alguna especie de poder de elección que ellos no. Bueno, supongo que los registros históricos pueden noquear en un instante ese pensamiento. Lejos estoy de culparlos por eso, fue una manifestación más del sistema patriarcal en el que crecemos. Pero me pidieron que escribiera un artículo sobre las implicancias de esta fecha y decidí plasmar las sensaciones personales que me acechan diariamente. Me dieron la libertad de expresión para hablar y la plataforma para escribir. Una tarea tan abrumadora como repleta de responsabilidades.

Abusos, abusos, abusos

Hace un buen tiempo que el Día Internacional de la Mujer recobró su significado de lucha y protesta. Por algún motivo, entre medio, el capitalismo y el machismo lograron que recibiéramos flores, bombones y saludos. No me voy a hacer la tonta y a ignorar que yo también fui un eslabón de la cadena que esperaba estos agasajos. ¿Y cómo evitarlo?, si tuve una infancia con cocinas de color rosa, Valijas Juliana y escobas para mi cumpleaños. Como la gran mayoría de nosotras, aprendí sobre tareas domésticas y roles impuestos a temprana edad, y de las maneras más invisibles. Pero también vivimos el concepto del abuso de cerca y nadie se molesta en explicarlo. Porque no conviene.

Si algo me enseñaron los años de psicoanálisis fueron que las cosas comienzan a existir en la medida en que se las nombra. La primera vez que me choqué de frente con el abuso tenía nueve años. De ahí en adelante lo viví en diversos ámbitos y escenarios, pero no sabía darle una definición. Hoy tengo 28 años y puedo afirmar que hasta acá ya me tocó padecer abusos sexuales, psicológicos y laborales, por decir algunos. Me llevó mucha energía y estudio comprender que esas cosas me sucedieron por el mero hecho de ser mujer.

La parálisis que duele

Las características de la situación siempre son similares, lo único que cambia es el hombre que las protagoniza. Lo mismo sucede con la reacción del otro lado. Al menos en mi caso nunca pude hablar, moverme o actuar a tiempo. Si bien es difícil de graficar, la definición más cercana tiene que ver con el miedo. Un temor que te invade el cuerpo e inmoviliza cada célula de tu interior, algo así como la parálisis del sueño. La diferencia es que estás bien despierta, pero no por eso consciente. A veces tarda su tiempo en destrabarse el recuerdo, incluso toda una vida. Lamentablemente, este relato forma parte de la regla de ser mujer y no de la excepción.

Les jode que nos indignemos

El 8 de marzo de 2020, antes de que la pandemia nos sacudiera, las mujeres de la ciudad de Paraná salimos a marchar a las calles. Pero lo hicimos con más furia que nunca, porque horas antes habían anunciado que habían encontrado el cadáver de Fátima Acevedo. Una piba que había desaparecido días antes y apareció tirada en un aljibe. Su expareja la mató, inclusive llegó a intentar tirarle ácido muriático en la cara previamente. Sin embargo, los índices siguen creciendo y la responsabilidad ya no solo recae en los femicidas, sino también en la Justicia y el propio Estado.

Durante los dos primeros meses de este año, los femicidios cometidos ascendían a 47. Seguramente para cuando esta nota se publique sean muchísimos más. En esa línea temporal tenemos a Úrsula Bahillo de 18 años y a Guadalupe Curual de 21 años. La última fue acuchillada en pleno centro de Villa La Angostura y a la vista de la gente. No obstante, esos son de los pocos casos que tuvieron acceso a los medios de comunicación. En términos generales, nos ponen en bolsas de consorcio, nos tiran en descampados y nos azotan con piedras en la cabeza. También, nos clavan cuchillos en el esternón, nos descuartizan y nos llenan de balas el cuerpo. Pero cómo indigna cuando escribimos una pared.

No hay nada que celebrar, ni mujer a la que saludar mientras nos sigan matando con impunidad. Queremos derechos, igualdad y poder caminar en paz. Puedo escribir innumerables caracteres a la hora de abrir el debate acerca de todo lo que considero que debe ser modificado. Me encomendaron un artículo sobre el Día Internacional de la Mujer y no me interesa hablar de bombones. En cambio, voy a expresar mi indignación y eterno compromiso con la búsqueda de la justicia. Por las que vengan y por las que ya no están.

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