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Argentina, tierra de amor y sexo. Los cuarenta castrados

Los tiempos de emergencia del peronismo fueron sinónimos de castración y represión sexual. Las válvulas de escape, el zaguán atropellado, o una butaca a mano, fomentaron un clima de sexual victoriano e hipócrita desde el Poder y la familia.

Así somos
Argentina, tierra de amor y sexo

La escena se repetía en salas de cine a lo largo y ancho del país en los cuarenta. Una pareja, ya oficializada con los anillos de compromiso y con cataratas de soporíferas cartas y chaperones, pedía dos localidades de alguna de los taquilleras películas de teléfono blanco de Mirtha Legrand, o los comedias familiares de Niní Marshall. No importaba el título sino que fuera vespertina o nocturna. Mejor si asistían al Centro, o lejos del barrio, para que amistades o conocidos no los reconozcan. Tampoco recordarían luego la trama ni siquiera cómo actuaron Chiquita o Catita. Apenas se apagaban las luces, rolaba la película, y las manos iban a las partes íntimas que la sociedad había puesto candado. El frenesí que intentaba aplacar la castración de hombres y mujeres a quienes no se les permitía ningún acto sexual fuera del matrimonio.

Películas, tangos y periódicos en esa década castigaban duramente las desviaciones fuera de la máquina reproductora social de la familia y Estado, Iglesia y Escuela condenaban las desviaciones de las rígidas convenciones sobre el deseo y los cuerpos. Mujeres que aspiraban al “señora” y varones que anhelaban el “marido” solamente para pasar de la oscuridad y la vergüenza de la masturbación, también duramente condenada en los cuarenta, a “concretar”. “Si supiera, vida mía, lo que estuve anhelando/siguiéndola y esperando esta ocasión”, en el tango “Hoy la espero a la salida” de Raúl Hormaza y Roberto Chanel, en la voz de Florindo Sassone, era el manifiesto de la bomba sexual a explotar sobre los cuerpos castrados, encendidos apenas la mecha butaca por medio.

Estas situaciones eran un derivado de una serie de factores que se inician en los treinta con la fuerte represión sexual de la Década Infame y se remachan con los gobiernos conservadores posteriores, con un péndulo que va desde la imposición de la enseñanza religiosa en 1943 a las leyes de entronización del Derecho de la Familia, incluídas en la Constitución de 1949, y que aventan cualquier libertad de unión -y contacto- fuera del matrimonio en los moldes del catolicismo. La Iglesia será un brazo implacable en las diversas campañas contra el lunfardo en el tango, y en los espectáculos del -picante- teatro de revistas, y en la defensa a rajatabla de la “institución familiar…este es el ordenamiento natural. Este es el ordenamiento cristiano. Este es el ordenamiento tradicional argentino”, destacaba un religioso ideólogo del momento, según una cita de Susana Bianchi.

Brujo Arlt lo anticipó

Sin embargo esta presión biopolítica partía además de dos modelos, supuestamente antagónicos, pero que convergían en regular los deseos que empezaban a desmadrarse en una sociedad de masas, tal cual había intuído Roberto Arlt, en el ciclo de novelas rematada en la subversiva -bombazo al corazón de la institución familiar- “El amor brujo”  (1932). Uno era el proyecto del peronismo naciente, en cuanto a contener el creciente bienestar a mediados de la década, centrándose en un modelo militar y defensivo, que obviamente necesita la célula reproductora de soldados, la familia. Por lo tanto se lanzará a fantasiosas Leyes de Profilaxis Social (sic), que además de causar el efecto contrario, aumentando los abortos, los “amueblados” y prostíbulos clandestinos, permitirá la persecución de “desviados” y un sinnúmero de atrocidades en el Penitenciaria Nacional de la actual plaza Las Heras. El célebre hecho de 1943, el escándalo de los cadetes militares en un aparente fiesta homosexual, sumó razones de un golpe de Estado para remediar la “males de la República”. Digamos aparente porque unas de las pocas maneras de satisfacción erótica de los hombres podía provenir de cierto homoerotismo simbólico, a su vez magnificado en los tangos y en los deportes. De aquella época viene el culto a la barra de los muchachos como la exclusión de las mujeres de ámbitos públicos y cartelizadas, si asistían a bares o confiterías, bajo el sambenito de “salón de familias”. Mujer sola o en grupo femenino, obvio, sospechosa.  

Del otro extremo, los sectores altos terratenientes observaban que las nuevas condiciones de prosperidad rompían con su ratio ideal para la Argentina, 4 vacas, una persona, y que se agravaba con las nuevas inmigraciones, que trastornaban aquel aluvión detenido hacía dos décadas. Ahora resultaban más bien migraciones internas desde las provincias, o tal vez a los sumo de los países limítrofes, a las grandes ciudades. Aquí el horror era que el porteñito se enamore, o peor, embarace, a estas “cabecitas negras” que contaminaban las romerías y bailantas de Parque Avellaneda, Costanera Sur y Palermo. Y si bien existía cierta indulgencia con estos muchachos, era preferible que “avanzaran” -de esa época también viene la expresión- con estas chicas, muchas de ellas que harían palidecer a la Madame Bovary de Flaubert, tampoco era cuestión que cometieran una “locura”.

Asimismo, habitual constituía en los cuarenta que las mismas novias, o las madres de las novias, instigarán a los muchachos de clase media y alta a esta esquizofrénica doble vida, novio ejemplar de día, picaflor de noche, a fin que adquirieran alguna experiencia práctica sexual. Varios testimonios de época refieren a que los hombres desconocían por completo los órganos femeninos, o mujeres que se encerraban en roperos en la noche de bodas. Claro que para los varones de una sociedad machista, antes contaban la chance de satisfacerse con los coperas o “alternadoras” en el bajo porteño, cercano a Retiro; aunque corrían el riesgo de contraer enfermedades venéreas. Hubo que esperar a la acción decidida del ministro Ramón Carrillo de la primera presidencia de Perón, y a la penicilina, y se redujo considerablemente la epidemia de sífilis y gonorrea que azotó a todas las clases, sin distinciones. También por aquellos años se empezó a considerar al sexo en la agenda de la salud pública.  

Chicas y chicos a prueba

“Por qué me dices que no pongo Amor en mis cartas ¿acaso sientes que te quiero menos o es que, mirá no sé ¿quieres explicarme como desearías que te escribiera? porque no es siempre el mismo cariño o más porque cada vez te quiero más” decía una muchacha a un novio cadete, rescata el investigador Omar Acha. Las cartas fueron en ese momento tal vez el vehículo menos restringido, a pesar de que estaba fuertemente mediado ¡había manuales de cómo escribir cartas de amor!, y posibilitaba indiscreciones en las parejas. En esta misiva en particular, el desacuerdo parte de que la prometida, alumna de un colegio religioso y que se encontraba pocas veces al año con su prometido del liceo militar, no anteponía el “Amor” en sus palabras, según el novio. Por debajo, el subtexto, denota un periodo en que la “Prueba de Amor”, o sea el sexo antes del matrimonio, era crucial en jóvenes que a lo sumo podían masturbarse en un nocturno umbral, o en la incómoda seguridad de una sala de cine. Algo que para los varones era una cuestión de urgencia sexual, en las mujeres se jugaba además una carta que podía lapidarla en vida, si después de “eso”, el noviazgo se rompía. Las chicas pasaban a ser “fáciles” para escarnio familiar y drama personal. Es singular el surgimiento -y castigo- en las ficciones de los cuarenta, de todo tipo, de la madre soltera; y cupieron en la realidad muchos suicidios de mujeres desconsoladas por la ruptura de compromisos.

La Ley del Deseo

También es ostensible la sublimación de la energía sexual en formatos populares de los cuerenta, y tenemos las mujeres inalcanzables de Divito, con su contrafigura de los Rico Tipo que gozaban de libertades -sexuales-que sus lectores apenas podían imaginar. Sociedad hipócrita que alaba el mujeriego y ridiculiza al cornudo, por demás. O el auge del bolero, el verdadero rey de los cuarenta, más que el dorado tango, que hizo danzar y danzar a “esos monstruos que bajaban de regiones vagas de la ciudad, con olor a talco mojado sobre la piel, a fruta pasada”, aquellos que repugnaban y atraían a escritores “blancos” como Julio Cortázar y Bernardo Kordon, éstos quienes luego inmortalizaron este cruces secretos y calientes en cuentos y novelas. Argentina entraba a la mitad del siglo XX agrietada y castrada.

Las políticas redistributivas y de ascenso del peronismo histórico entonces no afectaron solamente las cuestiones socioeconómicas sino que rediseñaron las políticas de la sexualidad. Si la cruz y la espada no hubiese derrocado a septiembre de 1955 al régimen de Perón, amén de las masivas razzias contra homosexuales entre 1953 y 1954, Argentina hubiese avanzado probablemente en liberar clavijas y sostenes mucho antes de los locos sesenta. La Ley del Deseo, igualadora de sexos y clases, y alimentada en una nueva sociedad del consumo, al fin modernizada, era incontenible.

 

Fuentes: Sebreli, J.J. Buenos Aires. Vida cotidiana y alienación. Buenos Aires: Siglo XX. 1964; Seoane, M. Amor a la argentina. Sexo, moral y política.Bueno Aires: Planeta. 2007; Acha, O. Crónica de la Argentina peronista. Sexo, inconsciente e ideología, 1945-1955. Buenos Aires: Prometeo. 2014.

Imagen: Freepik

Fecha de Publicación: 04/10/2023

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