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Aplausos

Podemos comenzar con poner como ejemplo el clásico “aplauso para el asador”.

Así somos

Festejar es una buena costumbre, en eso estamos todos de acuerdo. Pero hay distintos motivos para festejar y distintas maneras de hacerlo. Por un lado, están los grandes festejos, organizados y programados, como un casamiento o tal vez un cumpleaños; por el otro, están los pequeños festejos cotidianos, chiquitos y pasajeros, que se dan de manera espontánea y, en general, se representan en un aplauso o en una breve arenga. Los primeros son comunes en todos lados; los segundos son más nuestros, más propios, más de acá. Veamos a qué nos referimos.

Podemos comenzar con poner como ejemplo el clásico “aplauso para el asador”. Ningún asado que se precie de tal puede obviar el momento sublime en el cual la persona que dedicó varias horas de su día a mover brasas, llenarse de humo y controlar la carne recibe esos segundos de palmas en su honor, que hacen que todo haya valido la pena. Si bien el aplauso al asador es el más tradicional, también puede trasladarse al encargado de la cocina en general, cualquiera sea el plato en cuestión.

De la misma escuela es el aplauso al piloto, y este es un ejemplo 100 % argentino. En cualquier avión donde sean mayoría, en el momento en que se toca tierra firme, los argentinos estallan en un sentido aplauso para felicitar al capitán, agradecer a Dios o a la buena fortuna que los hizo llegar sanos y salvos a destino. Los demás pasajeros, en una primera instancia, los miran extrañados; pero al instante se acoplan al aplauso porque entienden lo que los argentinos ya saben desde hace tiempo: cualquier motivo es bueno para festejar.

Sin embargo, los aplausos no siempre son para celebrar el final de un acontecimiento. También aplaudimos cuando se cae algo (o alguien) al piso, cuando alguno dice un chiste muy bueno, cuando llega un amigo al que no vemos hace mucho, cuando terminamos una clase en el gimnasio. Aplaudimos al que trajo torta o porque ganamos al chinchón. En la playa, aplaudimos cuando se pierde un nene (aunque ese no es un aplauso de festejo) y, claro, cuando aparece el papá o la mamá (y ahí sí festejamos).

No esperamos a que nos pasen grandes cosas. Festejamos el presente, lo que tenemos a mano, aplaudimos nuestros pequeños momentos cotidianos. Después de todo, de eso se trata la vida.

Fecha de Publicación: 19/04/2018

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