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William Henry Hudson. Nada menos que todo un gaucho

Nacido en nuestra pampa, pocos la contaron, la entendieron y la amaron como Guillermo Enrique Hudson. Desde Londres fue un faro de argentinidad, aquí cerca y no hace mucho.

Arte y Literatura
Guillermo Enrique Hudson

Contamos de varios escritores inspirados en las inmensidades profundas de la campaña, desde Esteban Echeverría y José Hernández a Jorge Luis Borges y Antonio Di Benedetto. Casi que el campo, junto al matadero, son parte del ADN de las letras nuestras, con blancas cautivas, gauchos errantes y peligrosos fortines lejanos, en el ABC de cualquier aspirante, o gran talento. En este marco pocos describieron los misterios y los asombros de la naturaleza circundante como Guillermo Enrique Hudson, o William Henry Hudson. Pocos casi ninguno, si no contamos al despojo poético conmovedor, el verso deslumbrado por lo natural de Juan L. Ortiz. Un escritor que tuvo un tardío, y sorpresivo, reconocimiento en la Argentina una vez fallecido, cuando nadie conocía una fama ganada en el nudo del Imperio Británico, si bien más como naturalista especialista en aves, que como literato. Sucesivas ediciones a partir de los treinta escolarizaron al autor de “Allá lejos y hace tiempo”, lo sirvieron en un anaquel polvoroso de un simpático costumbrista, sin reparar que Hudson escribía para todos los sentidos,  más allá de la vista, lejos del intelecto. Hudson es una excepcionalidad en una literatura que piensa más que siente. En palabras de Ezequiel Martínez Estrada, “nuestras cosas  no han tenido poeta, pintor ni intérprete semejante a Hudson, ni lo tendrán nunca. Hernández es una parcela de ese cosmorama de la vida argentina que Hudson cantó, describió y comentó”, cerraba el ensayista sobre Hudson, nuestro Poeta de la Naturaleza de las Pampas, que escribía en inglés.

William Henry Hudson nació en el rancho de “Los Veinticinco Ombúes” en el partido de Quilmes –hoy Parque ecológico y Museo Histórico Provincial “Guillermo Enrique Hudson” en Florencio Varela, que en su época eran propiedad de la familia de Juan Manuel de Rosas- el 4 de agosto de 1841. Hijo de norteamericanos de Massachusetts arribados en 1832, nieto de ingleses, sus primeros años viviría inmerso en la naturaleza, boleando ñandúes,  entre juncos y ombúes, chapoteando la Laguna de Chascomús, en donde el padre Daniel se convertiría en el pulpero de “Las Acacias” Por aquellos años tomaría la afición de la observación de las aves, y se convertiría en un férreo protector de la vida salvaje mundial, fundador de venerables instituciones, luego profundamente arrepentido de haber matado algunos especímenes en 1869 para el Instituto Smithsoniano de Washington –que nunca le abonó el trabajo pactado de tres años-, y que serían las bases de sus primeros textos ornitológicos, en Londres, en 1872. Mientras tanto la economía familiar iba en picada, con el fallecimiento de la madre y el padre, una grave enfermedad juvenil que lo puso al borde de la muerte, un prolongado servicio militar en la frontera con el indio. Hudson entonces trabaja largos años de humilde arriero recorriendo a caballo la provincia de Buenos Aires, y el norte de la Patagonia.

“Me regocijaba disfrutando de los colores, de los olores y de los sonidos, del gusto y del tacto –“El animismo de un niño”, capítulo XVII en “Allá lejos y hace tiempo” (1918)-  Me hacía feliz el azul del cielo, el verdor del campo, el brillo de la luz del sol en el agua, el sabor de la leche, el de la fruta, el de la miel; las emanaciones de la tierra seca o húmeda, las caricias del viento y el repiqueteo de la lluvia, el aroma de las hierbas y de las flores, el solo roce de la brizna del pasto. Me embriagaban de placer ciertos sonidos y perfumes y, sobre todo, ciertos colores en las flores, en el plumaje y en los huevos de las aves, como la lustrosa cáscara púrpura del huevo de la perdiz. Cuando, cabalgando por la llanura, divisaba un parche de verbenas escarlatas, en plena florescencia, cubriendo las plantas en un área de varios metros la superficie de la tierra húmeda y verde, abundantemente salpicada con las brillantes flores, me tiraba al suelo con un grito de júbilo, para acostarme entre ellas y deleitar mi vista con tan brillantes matices  (…) El espectáculo de una magnífica puesta de sol superaba, a veces, más de lo que podía tolerar, y deseaba esconderme”, en un capítulo entero que Hudson dedica a esa capacidad de contemplación, y revelación de algo superior a la inteligencia humana, nacida en la inocencia de niño, y que insuflará su obra literaria a miles de kilómetros, ya en su vejez.

El repentino interés de la Sociedad Zoológica de Londres, que puso a sus primeras publicaciones en la mira de afamados científicos, Hudson apenas había tenido alguna instrucción aunque conocía los clásicos de la literatura sajona, en especial los literatos , motivó que el 1 de abril de 1874 se embarcara rumbo a Inglaterra en el paquete Ebro. Y se llevó en el recuerdo además de la naturaleza indómita, ya que jamás retornó al país pese a tener familia en Córdoba, las largas conversaciones con paisanos alrededor del fogón, escuchando leyendas, cuentos de sabor tradicional, y que conformarían su futuro cuerpo artístico, con un conocimiento profundo de la psicología del gaucho. Y no será simplemente el escritor que retrata el terror del rosismo.

“El gaucho, desde el más pobre hasta el más poderoso propietario de tierras y ganado, tiene o tenía en aquella época la fantasía de que los caballos de su silla fueran de un solo pelo. Por lo general, todos tenían su "tropilla", compuesta de media o una docena de animales. Les gustaba que fueran lo más semejantes posibles Así, de este modo, unos tenían alazanes; otros, zainos, doradillos, tordillos plateados o azafranados, cebrunos, gateados, pangarés, obscuros, blancos u overos. En algunas estancias, el ganado vacuno también presentaba un solo color. Yo recuerdo una propiedad donde la hacienda, hasta el número de seis mil cabezas, era toda negra. La manía de nuestro vecino eran los overos, y tan fuerte era ella, que no admitía en sus manadas ningún animal yeguarizo de un solo pelo, a pesar de que criaba para la venta y de que los overos no eran tan preferidos como los caballos de capa normal. Habría procedido mejor, si, insistiendo en un único pelaje, hubiera producido tordillos negros, pangarés, alazanes, gateados o cebrunos, todos pelos favoritos; o mejor aún, que no se hubiera limitado a un color especial. Los padrillos eran todos overos, pero muchas de las yeguas eran blancas, habiendo descubierto que podría tener tan buenos, si no mejores resultados, con yeguas lo mismo blancas que overas. Nadie discutía a Gándara su gusto por estos caballos. Al contrario, él y sus multicolores manadas motivaban admiración. Sin embargo, su ambición de gozar del monopolio de los overos originaba a veces incidencias enojosas. Vendía solamente potrillos castrados de no más de dos años, pero nunca una yegua, a menos que fuera para la matanza. En esos tiempos, los semisalvajes caballos de las pampas se mataban anualmente en gran número, solamente para sacarles el cuero y la grasa”, pintaba Hudson de aquellas épocas anteriores a la Batalla de Caseros, en la estancia criolla La Tapera, y que eran felices junto al paisanito Estanislao, en la observación de aves, animales, de mil colores.  

Museo Provincial Guillermo Hudson

“Mi verdadera vida terminó cuando dejé las pampas”   

Repetía en las calles de Shoreham, o en la biblioteca pública londinense, en donde pasaba días enteros escribiendo sus investigaciones y narraciones. Fueron especialmente duros sus primeros tiempos en Europa, aquejado por la miseria en Leinster Square, viviendo en una oscura pensión cuya dueña sería su esposa Emily, quince años mayor. En 1885, tras varios intentos de publicar un libro, con el antecedente del cuento “La confesión de Pelino Viera” que apareció en la "Cornhill Magazine” (1884- luego en la compilación “El ombú” de 1902), publica sin mucha repercusión su primera novela, The Purple Land that England Lost. Travels and Adventures in the Banda Oriental, South America (traducida recién en 1928 aquí como “La Tierra Purpúrea que Inglaterra perdió”) Extraño libro, catalogado como una novela de aventuras o viajes, en el cenit de este género,  en la cual un joven inglés recorre las tierras purpúrea del Uruguay, con claros retazos autobiográficos de un litoral rioplatense, que conocía Hudson a la manera de la palma de su mano. Lo extraño, en concordancia a la opinión del escritor Carlos Gamerro, es que el protagonista Richard Lamb, aunque en un principio exhibe la ideología del colonizador, en este caso los ingleses, deriva a un violento acriollamiento, “deseé nacer entre ellos y ser uno de ellos, en vez de ser un inglés fatigado y vagabundo y sobrellevar el peso de las armas y la armadura de la civilización, tambaleando como Atlas, llevando sobre los hombros el peso de un reino el cual el sol no se pone nunca”, dice Lamb. En tiempos de la cristalización de la Civilización aniquilando la Barbarie,  en la Argentina de Julio Argentino Roca, para Gamerro, Hudson escribió el Anti-Facundo.  Borges decía de este libro que era “uno de los pocos libros felices que hay en esta tierra” y acto seguido lo comparaba con “Las aventuras de Huckleberry Finn (Adventures of Huckleberry Finn)” de Mark Twain.   

Finalmente la suerte comienza a sonreírle a William hacia 1890, en cuento fueron reconocidos por el gobierno británico sus aportes a la ciencia con una pensión, gracias al suceso de “Argentine Ornithology” y la ayuda de los escritores que lo admiraban, entre ellos Robert Cunninghame Grahan; que también estaba enamorado de la vida de los gauchos y la pampa.  Empieza una publicar asiduamente tanto trabajos científicos, “Birds in London” (1908) y “The Book of a Naturalist” (1919) y “Aves del Plata” (1920), algunos de sus principales títulos, como literatura y ensayos, desde la utópica y antiindustrialista “A Crystal Age” (1887) y la crónica de la fiebre amarilla en “Ralph Herne” (1888),  a su obra biográfica, y suma literaria, “Allá lejos y hace tiempo” (1918) Para aquellos momentos su fama era mundial como hombre de la cultura y la ciencia, menos en Argentina, salvo en la Sociedad Ornitológica de La Plata, que lo nombra socio honorario en 1916.

“No tuve nunca la intención de hacer una autobiografía. Desde que empecé a escribir, en mi madurez, he relatado de tiempo en tiempo algunos incidentes de la infancia, contenidos en varios capítulos de “El naturalista del Plata”, de “Pájaros y hombres”, de “Aventuras entre los pájaros” y de otras obras, así como también en artículos de revistas. Tal material lo habría conservado si me hubiese propuesto hacer un libro como éste. Cuando, en los últimos años, mis amigos me preguntaban por qué no escribía la historia de mi niñez en las pampas, les respondía siempre que ya había relatado, en los libros antes mencionados, todo lo que valía la pena de contarse. Y realmente así lo creía, pues, cuando una persona trata de recordar enteramente su infancia, se encuentra con que no le es posible. Le pasa como a quien, colocado en una altura para observar el panorama que le rodea, en un día de espesas nubes y sombras, divisa a la distancia, aquí o allá, alguna figura que surge en el paisaje-colina, bosque, torre o cúspide acariciada y reconocible, merced a un transitorio rayo de sol, mientras lo demás queda en la obscuridad”, son las primeras oraciones de “Allá lejos y hace tiempo”, en la cuales se filtra su calidad de fino prosista, admirada por Joseph Conrad, “Hudson es un producto de la naturaleza y de ella tenía la fascinación y el misterio, escribía como crece la hierba” Miguel de Unamuno elogiaba al escritor argentino por sus minuciosos retratos tanto de la naturaleza como de los hombres. 

Muerte y transfiguración de Guillermo Hudson

En 1922 escribe “Hind in Richmond Park (Una cierva en el parque de Richmond)”, un libro de anécdotas y recuerdos, en la cuerda de la evocación que con naturalidad manejaba el escritor, y sería el último, debido a que fallece cerrado el último capítulo, terminado en su casa, un 18 de agosto de 1922. En la lápida del cementerio de Worting aparece de Hudson, “Amó los pájaros, el viento en los matorrales y vio el brillo de la aureola de Dios” Alguno de sus amigos íntimos, asegura Vicente Cutolo, estaban convencidos de que debía ser enterrado en la pampa bonaerense, e hicieron gestiones ante el gobierno argentino, sin respuestas. Todavía.

En 1924 visita el país el Premio Nobel  ​Rabindrabath Tagore, y se hospeda en la señorial casa de Victoria Ocampo. Ante un circunspecto grupo de periodistas, el escritor hindú lo primero que pidió es que lo contaran más de Hudson, y recordaba aún Carlos Leumann del diario La Prensa en 1941, el soberano desconcierto. Nadie lo conocía, menos en la literatura, no había nada en castellano del escritor que Theodore Roosevelt había medido,  “Herman Melville inmortalizó a los cazadores de Ballenas y Hudson a los gauchos de las PampasEsto disparó un proceso de nacionalización de Guillermo Hudson, con el impulso del médico, e intendente de Quilmes, Fernando Pozzo, clave en el resguardo del solar natal, y los escritores Martínez Estrada y Borges; y que recientemente ha sido estudiado en su trasfondo ideológico por Leila Gómez, y Eva Lencina en “Nada menos que todo un gaucho” El Consejo Nacional de Educación publicaría primero “El ombú y otros cuentos” en 1924, Peuser recién en 1938 traduce “Allá lejos y hace tiempo”, y sería Santiago Rueda que encara la edición de varias obras a partir de 1944, tanto científicas como literarias. Con sus problemas también de traducción, “el elemento poético resulta aquí tan esquivo y huidizo que muchas veces se pierde por completo, y aquella prosa por donde corre una vida natural que la anima y la colorea como la sangre bajo la piel, se torna en cuerpo opaco, en mero vehículo de la ideas expuestas”, en el prólogo de Ricardo Atwell de Veyga de “Aventuras entre pájaros”, una serie de pinceladas del pasado de Hudson avistando pájaros en Inglaterra y Argentina, recuerda Lucas Petersen. Aún resta una nueva vuelta a una obra completa, en lengua nacional, que se resiste a las reducciones porque Hudson no avanza sobre la vida, sino que se suma hasta desaparecer y confundirse con ella. A nivel de una brizna de pasto.

“Cuando oigo a personas que dicen que no han encontrado el mundo y la vida tan agradables e interesantes como para haberse enamorado de ellos, o que ven sin angustia la aproximación de su muerte, entiendo que nunca "vivieron verdaderamente", es decir, que nunca sintieron con intensidad suficiente el mundo que ellos juzgan tan mal. No vieron nada; ni aun supieron apreciar lo que era una brizna de pasto –colofón de “Allá lejos y hace tiempo”-  Sólo sé que el mío es un caso excepcional, que el mundo visible es para mí más hermoso e interesante que para la mayoría de la gente, que el placer experimentado en mis comuniones con la naturaleza no se ha esfumado nunca, si bien dejó un recuerdo de felicidad desaparecida, para intensificarse, por contraste, en un dolor presente. La felicidad no la perdí jamás, pero debido a aquella facultad de que ya he hablado, temía un efecto acumulativo en la mente y era de nuevo mía. Así fue que en mis peores días, en Londres, cuando estaba obligado a vivir alejado de la naturaleza por largos períodos, enfermo, pobre y sin amigos, yo podía siempre sentir que era infinitamente mejor "ser, que no ser"”

 

Fuentes: Martínez Estrada, E. El mundo maravilloso de Guillermo Hudson. Buenos Aires. 1951; Franco, L. Hudson a caballo. Buenos Aires. 1956;  Graham-Yoll, A. La colonia británica. Tres siglos de presencia británica en Argentina. Buenos Aires. 2000; https://www.gba.gob.ar/

 

Imágenes: Facebook Museo Hudson

Fecha de Publicación: 04/08/2021

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