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Un cuento de verano de Hebe Uhart

La genial escritora bonaerense y un relato seleccionado de “El budín esponjoso” de 1977. Y miremos al mundo como si fuera la primera vez.

Arte y Literatura
Hebe Uhart

“Su escritura es tan simple que por momentos parece infantil. Pero de simpleza en simpleza uno penetra en honduras y laberintos donde sólo se puede avanzar si se participa de la magia de ese nuevo mundo. Ni aclara, ni completa una realidad conocida. Revela o, mejor dicho, ella misma es una realidad única, distinta” prologaba Haroldo Conti en “La gente de la casa rosa” (1970),  a otra bonarense, Hebe Uhart. Y así daba notoriedad pública a una maestra de Moreno, con ignorados dos libros anteriores,  y que sería motor de la narrativa argentina venidera. Un modo de mirar, más que un modo de decir, en palabra de otro maestro contemporáneo, Elvio Gandolfo, que construyó un verdadero manual de costumbres nacionales. Paisajes y personajes de los suburbios y el campo tuvieron quien diera letra y emoción. Quizá sea la escritora en toda nuestra literatura que mayor variedad de voces y situaciones inolvidables haya creado en sus relatos; y que quiebran las lógicas adultas en la infancia recobrada, que resiste la corrupción del mundo.

Docente de primaria y secundaria, profesora de filosofía y formadora de camadas de escritores en sus célebres talleres, Hebe escribió novelas, cuentos y crónicas desde 1962 hasta su fallecimiento en 2018. “Se trata más bien de una escritura que se abre el asombro por los misterios del mundo, de las relaciones, y lo que crece o decae, de lo que se muda. No hay solemnidad, pero tampoco simpleza, sino una inteligencia penetrante, aguda sin sarcasmo, nunca condescendiente pero si bañada de comprensión y gentileza. Una especie de igualitarismo primordial por el cual cualquier cosa, cualquier seres dignos de atención, devolverse interesante para la narradora y sus lectores”, anotaba Julia Saltzmann, en la presentación de “Cuentos Completos” de Adriana Hidalgo en 2019. Uhart y el igualitarismo como gran aprendizaje. Y necesidad.  

Hebe Uhart

El juego de cartas – Hebe Uhart en “El gato tuvo la culpa”. Buenos Aires: Blatt & Ríos. 2016

La escoba de quince nace en Italia, alrededor del siglo XVI, conocida por Scopa, y se jugaba con las cartas italianas, que son cuarenta. Por ese motivo, en la adaptación a las españolas de 48, debemos retirar los caballos y los reyes. Lo que no varió, desde sus orígenes en el Adriático a cualquier reunión familiar o de amigos en el Río de la Plata, living, comedor, picnic o playa, es la captura de cartas para la suma de quince. Hebe lo juega con su padre, con observaciones de roles y contextos económicos brillantes, y cuenta de cómo una niña del conurbano, sin edad, pierde la ingenuidad, mazo en mano:   

“Cuando era chica aprendí a jugar a las cartas a un juego que se llama escoba de quince.

Mi papá me enseñó. Me mostró un hombre con el pelo largo, con medias coloradas que cubrían unas piernas más bien gordas y que llevaba zapatos negros con hebillas.

–Esta es la sota –me dijo.

Por empezar, el juego se llamaba escoba y no había nada en él que tuviera que ver con una escoba; la carta representaba a un hombre y el hombre se llamaba sota.

Mi papá añadió:

–La sota vale 8, aunque arriba diga 10. Había un hombre que se llamaba Sota, que tenía un 10 arriba pero ese 10 para él valía 8.

La sota podía venir de varias maneras: aparecía a veces con un oro, a veces con un palo, a veces con una espada. Al principio yo esperaba alegremente cómo iba a aparecer la sota; me parecía que era como una decisión personal de ese caballero aparecer de formas diferentes, como si cuando se vistiera, dijera, por ejemplo: "Ahora me voy a poner un oro encima".

La sota de oro me ponía contenta; parecía que el hombre estaba más completo cuando llevaba el oro. Cuando llevaba el palo, un palo gordo y lleno de hojitas, al principio me produjo cierta desconfianza; después vi que no tenía ninguna actitud ni gesto airado, más bien llevaba el palo como una carga, con una especie de resignación. Como iba jugando todos los días ya me había acostumbrado a las variantes en que podía aparecer la sota; finalmente me agarró una cierta irritación, como si la sota fuera un boludo que llevaba lo que le ponían, como si tuviera la obligación de llevar el oro la espada y el palo; pero conservaba cierta alegría por la sota de oro.”

Hebe Uhart

“Vamos a jugar por porotos”

“El rey era otra figura. Pero el rey tenía corona, manto y mando; era comprensible.

El caballo también; era una carta que tenía dibujado un caballero: su caballo estaba un poco de perfil y cumplía una función, iba a caballo.

Pero la sota, ahí parado, como si viniera de visita, no tenía caballo ni era rey (aparte tenía el número más bajo de todos, el 10) me parecía que era como un subordinado del caballo y del rey.

Cuando aprendí el mecanismo del juego, mi papá dijo:

–Ahora vamos a jugar por porotos.

¿Cómo será eso?, pensé.

Inmediatamente aparecieron unos veinte porotos en la mesa y me di cuenta de que nadie pensaba en cocinarlos. Eran muy pocos, parecían porotos viejos y me producían una mezcla de admiración y fastidio. Alguna virtud que yo no conocía deberían tener para que mi papá se dignara manipularlos.

Yo también aprendí a manejarlos y hasta les cobré cierto aprecio: el que reunía más porotos, ganaba. En el mejor de los casos, los porotos eran aliados, trabajaban para uno. En el peor, era tan miserable ese conjunto de dos porotos viejos que uno realmente no podía enrostrarles nada.

Además sería una regla importante jugar por porotos; desde hacía siglos todos los hombres vendrían jugando a las cartas por porotos; sin ellos, el juego no serviría de nada, eran la moneda de las cartas. Pero un día los porotos desaparecieron, no se los encontraba por ningún lado. Entonces mi papá dijo:

–Vamos a jugar por maíces. Es lo mismo.

–No –dije yo protestando–, por maíz yo no juego.

Era el colmo, ese juego había perdido toda seriedad. Además si lo que correspondía eran porotos, los maíces eran una perversión y una de dos: o ese juego era tan inoperante y tonto que uno podía hacer lo que le daba la gana, o a lo mejor jugar con maíces era un delito, una infracción, algo que podía tener algún castigo.

Y por un tiempo no me gustó más jugar a las cartas. Un año después, jugaba para ganar.”

+ Info Cómo jugar Escoba de quince

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Imágenes: Minsiterio de Cultura

Fecha de Publicación: 01/02/2024

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