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Tres libros del 2021 de una industria editorial argentina en modo bicicleta

Panorama editorial del año Dos después del COVID19, aún con el respirador pero en dos ruedas. Y tres recomendaciones con lo mejor del 2021, cuentos, prosa y ensayo.

Arte y Literatura

La tirada promedio de libros ronda los mil ejemplares en 2021, por lo que a las 1.100 librerías argentinas llegaría menos de un libro. Y un aspecto silenciado de la panacea de los delivery libreros es que los costos de distribución son más de la mitad del precio editorial, e irá en aumento. Nuevamente desprotegido el libro y su industria por las políticas oficiales; en menor escala, ayudó un poco el remendón de las grandes compras del Estado Nacional, y en grave escala, el municipio porteño brilló en sus banner y cortando calles para ferias al rayo del sol. Y como el primer año pandémico fue el tesón de las pequeñas y medias editoriales, y los libreros de barrio a bicicleta y whatsapp, que hicieron que la industria editorial local no cerrara las persianas. Mientras allende fronteras en el negocio del libro del mundo posvacuna, mundo de confinamientos imprevistos y sin plazos, florecen los lectores apagando pantallas de streaming, en el boom del e-book que apenas decola por estas pampas, la realidad en este confín parece jugarse las fichas a la vuelta de la presencialidad con el masividad segura de la Feria del Libro, en abril de 2022, en el mascarón de proa. Por ahora, sin iceberg a la mar.

 

El presidente de la Fundación El Libro (FEL) Ariel Granica mencionó en una nota al diario La Nación recientemente que “No se puede hablar de 2021 en el mundo del libro sin remontarnos a 2019, que fue un año especialmente difícil para el sector editorial. La macroeconomía volaba por los aires, las ventas andaban por los subsuelos. Con la pandemia entre nosotros, 2020 fue un año que no vamos a olvidar, un año en el que la producción y venta de libros tocaron su piso histórico” Sin embargo habría que viajar un poco más atrás. De 128 millones de libros que se vendían en 2014 se pasó a 43 millones en 2018, de acuerdo al Centro Universitario de las Industrias Culturales Argentinas. La explicación  apunta a varios factores pero se condensan en la caída del poder adquisitivo, que el año que viene tiene pronóstico reservado. Para retomar algunos datos del estudio referido; en 1953, durante el gobierno peronista, se produjeron 50.000.000 de ejemplares; cinco años después, en 1958, el año en que asumió como presidente Arturo Frondizi, la cantidad de ejemplares descendió a 14.000.000. En 1974 la misma cifra fue de 40.000.000 y en 1979 de 17.000.000. Los mexicanos, que redujeron un 20% las tiradas y viven una de las peores crisis, alcanzan cómodos los 100.000.000 anuales. El sector editorial argentino ocupa, entre empleados directos e indirectos, a unas 10 mil personas. En el país sobreviven actualmente entre 300 y 400 editoriales. No es poco.

 

Frente a la nota simpatiquísima en la mencionada artículo de La Nación de un directivo argentino de Penguin Random House –propiedad de Bertelsmann, el mayor conglomerado internacional de medios-, el gigantesco grupo editorial del mundo Penguin, con cerca de 320 editoriales, más de 600 millones de libros vendidos al año y sede en Nueva York, alabando a las librerías independientes “como lugares de recomendación y de pertenencia para los lectores en los barrios, a veces incluso recomendando libros por teléfono y haciendo entregas en bicicleta (sic)”, la Federación Argentina de Librerías, Papelerías y Actividades Afines (Falpa) denunciaba el cierre de librerías e imprentas, y las maniobras de las distribuidoras, que encarecen el valor de las publicaciones. “El microcentro porteño epicentro de la mayor concentración de librerías, es el área más afectada, ya que soporta alquileres elevadísimos y escasa concurrencia de público. Librería de las Luces, en octubre del año pasado, fue la primera en anunciar su cierre, la siguieron en Avda. Corrientes, Mr. Hyde y las dos sucursales de A libro abierto, Los Argonautas de Avda. de Mayo, Las mil y una hojas de Palermo, y lamentablemente la lista continúa. Esta semana Librería Waldhuter, el anexo de Librería Hernández y El Aleph de La Plata anunciaron que siguen ese mismo derrotero. Una herida abierta que no para de sangrar y que necesita urgente un Estado presente que ayude a contener y suturar estas pérdidas”, pedía sin eco en las autoridades municipales la Fundación El Libro en octubre pasado. A propósito, ¿qué pasará con los bares notables Clásica y Moderna, también librería, y La Puerto Rico, éste último a sólo cien metros del Ministerio de Cultura?

Somos todos raros

Tal como hicimos en 2020, tras pasar revista de la situación de la industria, porque sin ella no hay libros, no viven los autores y bla, bla, señor ministro, vayamos a la parte amable. Las recomendaciones en un contexto de baja en títulos nuevos, solamente el Grupo Planeta de 340 en 2019 pasó a 200 en 2021, pero que trajeron importantes sorpresas. Una de ella es Mariana Sández. Más conocida como gestora cultural en los Museos de Bellas Artes y Malba, imponiendo un sello rupturista por su paso en el departamento de literatura, la Compañía Naviera Ilimitada reeditó la serie de cuentos “Algunas familias normales” de 2016. Quienes hayan leído la novela suya “Una casa llena de gente” (2019), del mismo sello, reconocerán “esas circunstancias en las que seres dispares coagulan juntos y se ven obligados a encontrar estilos de coexistencia, ya que las opciones son la tómbola o la soledad, tema que también me interesa explorar y explotar”.

Mariana Sández

Como un fuego que arrasa, pero no desde el interior, no del remanido yo, sino a partir de un ambiente que van enhebrando tortuosamente los personajes. Desfilan viejas divas, periodistas en celo, familias inalcanzables, vecinos en guerra y sueños en formas de cartílago, seres que pelean “Para que no sobre tanto cielo”, uno de los cuentos más redondosen eso de que somos todos raros. “Uno por uno, los faroles de la vereda también se encendieron y, como un acto mágico, a Fabián le pareció adivinar las sombras de muñecas de papel tomadas del brazo contra las muros de su casa. Otras vez encadenadas”, remata la escritora demoliendo la ilusión desodorante de que podemos escapar a las historias pasadas y futuras. Para quienes se quedaron con más ganas  de “Una casa llena de gente” de Sández, más desórdenes de Leila Ross diagnosticados por un tal doctor Piglia.

La vanguardia permanente

Sergio Chejfec vuelve al universo del poeta Samich, "prócer indiscutible de la presencia difusa y de la ausencia virtual", que fue el primer protagonista en el debut literario, “Moral” (Puntosur.1990), antes que se radicara en Venezuela, primero, y luego en Estados Unidos de Norteamérica. Desde el Norte ejerció una presencia casi etérea en las letras nacionales, melancólica no sentimental; que sus novelas posteriores editadas por Alfaguara, “Los planetas” (1999), “Boca de lobo” (2000) y “El llamado de la especie” (2011), se impusieron en una velocidad distinta a la ametralladora de imágenes que proliferan en las narrativas contemporáneas. Una solidez reflexiva que lo hace tan único como éste Samich de “Apuntes para un panfleto” (Gog & Magog),  que reconstruye un mundo sonoro del conurbano oído susurrante por el último poeta moralista, y que puede discurrir sobre los horarios de los trenes o la inutilidad de las herencias literarias. “Habría que adaptar la figura de Samich a la elusiva coreografía ambiental de la radio. De ese modo se obtendría un panfleto perfecto, sintonizando con el presente en tanto su más fuerte y urgente impugnación, y unido al deshilachado contorno de Samich –acaso también complejo-. Digo, complejo por residual y vigente”, remata en la “Coda” el narrador de la sintonía fina de Chejfec;  fin a éste largo poema en prosa con ritmo a blues del hombre suburbano.     

Sergio-Chejfec

Para cerrar, quizá uno de los acontecimientos del año, el monumental “El Di Tella. Historia íntima de un fenómeno cultural” (Paidós) del periodista Fernando García, quizá el mejor análisis del huracán Di Tella, eso que no se conseguía en París. La ventaja sobre las indagaciones predecesoras arranca con las voces en primera persona de los protagonistas, que andan y desandan la joya de la Manzana Loca porteña, y con un ánimo situacionista que encaja de maravillas en la Floridanópolis de los sesenta. Claro que está la Hembra Primordial, Marta Minujín, pero también un capítulo para el también imprescindible en “La Menesunda” de 1965, Rubén Santantonín, el fantasma que aún golpea la conciencia de los arribistas. Obvio, se habla de los inicios de Les Luthiers pero no se olvida del Laboratorio de Música Electrónica que dirigía Fernando von Reichenbach, que fue más artista que ingeniero. Tampoco de mencionar a la sagrada Marilú Marini ni a Marcia Moretto, que instalada en París desde 1975, llevó la magia ditelliana a la cultura pop francesa de los ochenta.  El Big Data de los últimos capítulos hace la delicia de neófitos e iniciados, con una acabada cronología de exposiciones, ciclos de teatro y cine, conciertos y danza –no, pibe, no, el Di Tella no era solamente artes visuales- Y otras delicias, que derriban mitos, esos de los fraternales ditellianos, “había un grupo, que era el de Delia Cancela, donde todos eran más o menos homosexuales. Algunos muy macanudos y otros bastantes complicados. Rodríguez Arias no era un tipo fácil. Y del otro lado estaba el grupo de Nacha –Guevara-, -Norman- Briski, I Musicisti –futuros Les Luthiers-, que nada que ver. Y en las puestas había pica  entre ellos. En general, entre los heterosexuales y los homosexuales se puteaban y se mandaban a la mierda. A veces en plena escena, con el público. En un obra que dirigía –NdR. visionario y adelantado director del área teatral de Di Tella- Roberto Villanueva, el texto  decía “Idos todos al infierno” y en el escenario lo cambiaron por “Váyanse todos a la mierda, putos””, recordaba Walter Guth. Demoliendo hoteles.      

 

Imagenes: Télam / El Libro.org / Freejpg

Fecha de Publicación: 02/01/2022

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