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Tan Emilia. La artista luminosa argentina vuelve

La reciente publicación de la Colección Fortabat rescata a Emilia Gutiérrez con ensayos de Rafael Cippolini y Valeria Tentoni. Un tomo esencial en la biblioteca del arte argentino contemporáneo.

Arte y Literatura
Emilia Gutiérrez

Cuando se habla de rescate se piensa en un artista maldito u oculto. O ninguneado por la prensa. No ha sido el caso de Emilia Gutiérrez, que tuvo un fuerte reconocimiento de la crítica especializada a fines de los sesenta, cuando se pone en modo pintura, y expone seguido en las principales galerías de la Manzana Loca de la calle Florida. “La frescura original de un mundo que enseña con toda naturalidad, su doble fondo mágico, es decir, su verdad”, la presentaba Ernesto Schoo en 1961 junto a sus compañeros, momentáneos, del Grupo del Plata. Uno de ellos, Carlos Alonso, alguna vez dijo que la Flamenca, así le decían por sus aires a El Bosco, era “la mejor pintora de los sesenta”. Década tapada por el Astro Di Tella que enceguecía en menesundas y les luthiers, tapas, papel picado y cámaras. Lejos, en un mundo primordial, flotando en la inocencia suspendida y eterna, Gutiérrez construía un plástica única de mujeres calvas, objetos fuera de cuadro y rostros en la multiplicidad. Un mirada desencajada que iba a lo insólito y lo nocturno de “criaturas arrasadas por un breve temblor”, que introyectaba a individuos y masas de la Argentina de principios del setenta, al borde del abismo. En diálogo con la exposición pasada en el museo de Puerto Madero, el libro “Emilia” de la Colección Fortabat cifra de costumbres argentinas, a la manera de la poesía inveterada de Olga Orozco, donde “todo es siempre igual”.

Emilia Gutiérrez

“Es un recinto que retrocede y que te absorbe exhalando el paisaje”, otro de los versos de Orozco, funcionaría de manifiesto a estas ventanas al mundo interior que Emilia Gutiérrez (1928-2003) despliega en su obra, una extraordinaria aventura en el manejo del color, la línea buceadora y el uso del espacio. La publicación reproduce las más de 100 obras expuestas entre marzo y julio de este año en la moderna sede de Olga Cossettini 141 en Buenos Aires, un gran volumen de pinturas muy poco vistas, y algunos de los dibujos de los últimos 20 años de la vida de la artista, más el fondo documental aportado por coleccionistas privados y galeristas. E incluye dos ensayos del crítico y curador Rafael Cippolini y la escritora Valeria Tentoni. Citamos dos fragmentos de ambos autores que dan cuenta de una producción en la que susurra un ángel luminoso y arrasador.

“Tan Emilia. Una lectura, un relato” de Rafael Cippolini

“No sólo el juego de rasgos -la mirada, la proporción de la nariz y el mentón, la forma levemente oval de la cabeza, las cuidadas cejas-, sino también la pose, hundida sobre un hipotético asiento. Percibimos un posible autorretrato -La Buceadora-. Fantasioso, exagerado. Impacta el dueto de un peinado imposible, ese modelo extravagante, en juego y continuidad con las pieles sobre su hombro derecho, que concluyen en alucinadas garras. Un continuo de marrón y verde, incluso el horizonte que se avanza por detrás y arriba, y el solo detalle de unos tallos demasiado solitarios, cayéndose del borde, en el filo de lo extraño: familiar por extravagante. La obra es de 1974 y forma parte de lo que sería la última muestra de pintura de Emilia Gutiérrez.

No es tanto el parecido, sino la manera en que esa pintura participa de alguno de sus retratos fotográficos. Y no es la única. Como si al autorretratarse se estuviera recordando en un tiempo imaginario”

Emilia Gutiérrez

“Emilia Gutiérrez. Una carta cerrada sobre la mesa” de Valeria Tentoni

“Sus pinturas proponen cuentos con finales en suspenso, historias potenciales en las que reina el mundo de lo indicial: el secreto brilla detrás de las máscaras y la de figuraciones como una alhaja. Los personajes parecen sobrevivir en permanente estado de indecisión, como si esperasen por una orden mayor. La obra de Emilia efectivamente propone, aunque quién sabe si de modo doloso, una mirada activa: no se entrega la responsabilidad de completar sus películas mudas, de suceder sus lánguida escenas implacables.

Es precisamente por efecto de esa propuesta que la obra de Emilia despierta tantas elucubraciones del tipo sentimental, tantas sospechas sobre el vínculo que tiene con la locura -que si lo tiene será también con la locura de quién mira-: Gutiérrez levanta espejos deformantes frente a nuestra mirada asquerosamente piadosa. Sus colores opacos encandilan nuestro ridículos anteojos de sol”

 

ImágenesColección Fortabat

Fecha de Publicación: 13/10/2023

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