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Sarmiento por Caparrós. Un fracaso argentino

La última novela de Martín Caparrós revisa el estruendoso fracaso de un hombre que soñó un país como nunca antes ni después. Ficción y realidad de un Sarmiento que conjura los triunfos y las caídas de una Argentina perdida.

Arte y Literatura
Sarmiento por Caparrós

Apenas asumió la presidencia Sarmiento en 1868 ejerció la potestad que se arrogan los que arriban a la primera magistratura. Echó a cualquiera que oliera a partidario o simpatizante opositor, en este caso, de su antes amigo Bartolomé Mitre. Carlos de Chapeaurouge era un empleado raso del Ministerio del Interior que suscribía a La Nación de Don Bartolo. Dos días después de asumir el nuevo presidente se encuentra el empleado público que fue despedido sin motivo. Acude a quejarse al mismísimo Sarmiento en el Fuerte, Casa Rosada, y el magistrado mayor de la República, quien fundaría escuelas y peleaba contra la barbarie por la civilización, lo echa a puntapiés y golpes. Sarmiento, el p… amo de Argentina. Esta es la ficción que se inventa el sanjuanino para sostenerse en un ámbito que lo desprecia pero que lo necesita, cruenta metáfora de Buenos Aires y el país, e hilvana la tela de la nueva novela de Martín Caparrós, “Sarmiento” (Random House. 2022). Unas Memorias de Adriano del subdesarrollo, una filosofía del fracaso, en un imperio que nunca existió.   

“Llegará, entonces, el momento de imaginarle nuevas ilusiones, falsedades nuevas, metas renovadas: su fracasos futuros”, aparece de este Sarmiento que está a las puertas de abandonar una de sus mayores derrotas. La presidencia no fue lo que esperaba, recibido con silbidos y antipatía, despedido con un atentado y un intento de golpe de Mitre; méritos en aspectos administrativos, educativos y culturales y en comunicación no compensaban el desastre económico, pésimo manejo en relaciones exteriores, y los vientos de guerra civil que había avivado con un gobierno de mano dura. Caparrós baja de la estatua a Sarmiento y nuestro sanjuanino tropieza con inseguridades y miedos, por momentos lamentos, como aquella huída de la capital mientras asolaba la Fiebre Amarilla. Y, en particular brotan entrelíneas, un profundo desconocimiento de sus compatriotas, no en sus defectos, sino en sus virtudes. “¿Sirve que voten si no saben a qué votan?” pregunta Sarmiento de papel, que elevó de 30 mil a 100 alumnos, y trajo el know how de su admirada Norteamérica. ¿Cómo votarían en inglés los gauchos?

Bailando toda la vida por la banda

La llegada a la presidencia de Sarmiento, quizá el único caso de un hombre que sin partido, y pocos amigos del Poder, arriba a la Presidencia, fue una sucesión de hechos fortuitos y enconos entre los liberales porteños y la liga de gobernadores. Indudablemente influía eso de “porteño en las provincias y provinciano en Buenos Aires” para que los poderosos Adolfo Alsina y Justo José de Urquiza, con la complicidad de Mitre, cederían los votos a un ministro que estaba de viaje por los Estados Unidos, casi desterrado después de la accidentada gestión en San Juan –y la mentada infidelidad de Benita, madre de Dominguito, con su ex amigo Guillermo Rawson-. Este proceso de cómo un sanjuanino pobre, más que nada por su prestigio, su heterodoxa cultura  y la pluma liberal acérrima, asalta el poder, tan solo como se va terminado su trabajo de primer ciudadano, es la trayectoria que cuenta un melancólico Domingo a su amante Aurelia. Caparrós, a la manera de “La Historia”, novela centrífuga de su proyecto narrativo, esquirlas que estallan de “Los Living” a “Echeverría”, incluso permea las crónicas de “El Interior” o “Ñamérica”, pone fuera del protagonista el punto de vista que organiza y valora. “Fue, quizá, su mayor gesto de amor: me dejó en herencia, su futuro” cierra las notas la hija de Vélez Sársfield, amante y amiga que conoció a Sarmiento a los 9, él con 35, y tensan la flecha de la novela.

Las disquisiciones de Caparrós desbordan los albores de la Administración y Paz del roquismo, el molde del liberalismo vernáculo, un proyecto en el que también Sarmiento fracasó –la paz no era lo suyo-, y mete el dedo en la llaga en las discusiones contemporáneas.  “¿Cómo se hace para que vivan mejor los que quieren vivir peor?”, pregunta un desconsolado Sarmiento comprobando que los porteños elegían caballos en vez de máquinas para los tranvías –supuestamente el pueblo mejor preparado de una Nación inmensa con pocos 2 millones; “yo no seré de esos que encuentran soluciones”, desafía aún Domingo. “No hay nada más lejano de un tucumano que un catamarqueño, que vive a treinta leguas”, otra muestra de esta voz ficcional de Sarmiento que hace de la grieta una verba atemporal.

Sarmiento, inventor de la Argentina        

La invención de lo argentino, subtítulo alternativo de la novela. Al menos una variante liberal y republicana. Un alfonsinismo antes del alfonsinismo derrama mancha de aceite este Sarmiento de Caparrós. “Tenía que crear la Argentina…hay argentinos, salvo yo” fue la tarea megalómana, en esta ficción, en la realidad, en la que se embarcó el loco, el autoritario, quien según sus detractores fue, después de Rosas, el más sanguinario de los gobernantes desde Buenos Aires.  La novela también dedica hojas para validar la violencia estatal en la visión sarmientina, como así también la política de “entreguista” en la perspectiva progre actual, porque el “progreso no es gratis. Como todo, o casi todo, tiene un costo: habrá que ver si queremos pagarlo” Y en esta advertencia pone punto el autor a cualquier salto automático a la actualidad. Leer “Sarmiento” con el noticiero de fondo puede peligrosamente confundir.

La literatura moderna nacional está surcada por la figura de Sarmiento, a veces explícita como en Leopoldo Lugones y Ricardo Rojas, otras de maneras más enrevesadas, en Andrés Rivera y Jorge Luis Borges. Pero quien primero hizo de él una figura romántica de papel fue el mismo Sarmiento con el “Facundo”, tal vez la mejor pieza literaria del siglo XIX, o la par de “Una excursión a los indios ranqueles”, “El matadero” y “Martín Fierro”. “Distinto seríamos si el libro nacional fuera el Facundo en vez del Martín Fierro” lanzaba Borges en plena batalla cultural revisionista de los sesenta, reivindicando justamente a quien Paul Groussac llamaba, palabras más, palabras menos, “montonero de las ideas que degüella la ignorancia”.

Volver al futuro

Opus sarmientino que se completaría unos años después con “Recuerdos de provincia”, una epopeya de sí mismo en tiempos en que se pensaba que Don Juan Manuel, el tirano Rosas, gobernaría estas comarcas in aeternum. Con este texto de defensa ante las calumnias contra un desarraigado, un desclasado que disparaba a propios y extraños, un defensor de los valores occidentales, se hermana el “Sarmiento” de Caparrós. Incluso en los recursos de citas subterráneas, elipsis y figuras retóricas, se emparentan ambos libros; en un estilo caparrosiano por cierto. Vale releer “Recuerdos…”,  “Pues que en mi vida destituida, tan contrariada y, sin embargo, tan perseverante en la aspiración de un no sé qué elevado y noble, me parece ver retratarse esta pobre América del Sur –ya Sarmiento es más que un país, es un Continente…-, agitándose en la nada, haciendo esfuerzos supremos para despegar las alas y lacerándose a cada tentativa contra los hierros de la jaula que la retiene encadenada”, escribe el Sarmiento de carne y hueso en 1850, 18 años previos de vestir la banda presidencial, y cuando repartía el libro con una fotografía suya con el “Sarmiento presidente”. No existía, claro, ni Nación, ni Constitución. Lo que se dice un selfman profético y perseverante, que vive solamente en la quimera del futuro. Esa alma sarmientina entrega Caparrós en molde. Escribo estas líneas en un bar de Villa Devoto donde supo Ernesto Sábato pasar varias tardes, cortado de por medio, debatiendo horas y horas sobre el ser nacional. Igual que Domingo Faustino Sarmiento. Centrales en cada siglo a su manera en cuanto pregonar el republicanismo, uno presidente y periodista, otro escritor comprometido y presidente de la comisión –CONADEP- que allanó el camino de la democracia tras el regreso de 1983; ambos compartieron contradicciones, apoyando circunstancialmente a quienes iban en contra de sus principios, Sarmiento la guerra contra el Paraguay, y Sábato a los militares que luego condenaría. Parece una dulce condena de los hombres de letras de estas pampas entintar la política. Ficción y poder en los cimientos de la República. La ficción del poder que reescribe la verdad. Una condena que no caduca.        

 

Imagen: Twitter Martín Caparrós

Fecha de Publicación: 20/01/2023

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