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Raquel Forner: más que humana

Artista excepcional argentina, única en su estética y temática, radiografió los horrores y las esperanzas del siglo XX. “Necesito que mi pintura sea un eco dramático del momento que vivo”, decía.

Arte y Literatura
Raquel Forner

Los artistas reaccionan de distintas formas al mundo que viven, trabajan, sueñan. Verdad de Perogrullo. Aquellos que conmueven la eternidad no reaccionan, nos inventan. Raquel Forner imaginó de nuevo en símbolos, alegorías y gestos expresionistas, en las profundidades espirituales de la Humanidad, un siglo de llantos que presagia nuestro presente. Un mundo con victoria de mujer. La artista de vanguardia, mujer de avanzada, que manifestó un futuro en comunidad. Aún con sus terrores, aún con luz por venir “Siento un mundo de realidades metafísicas que escapan a mi inteligencia y quiero apresarlas con mi pintura, que no puedo expresar con imágenes –refería la artista en su diario personal- Un mundo de magia y misterio que aterra mi alma y quiero captarlo y liberarme por mi arte”.

“Cuando me enfrento a una tela en blanco, comienzo la aventura maravillosa que es para mí la creación de una obra; me siento inmensamente feliz y privilegiada”, aparece en www.forner-bigatti.com.ar, y expresa el afán vital de la pintora, que nació en Buenos Aires un 22 de abril de 1902. Hija de padres españoles acomodados, en la adolescencia realiza su primer viaje a España, y queda deslumbrada por los artistas del Siglo de Oro. Allí realiza sus primeros dibujos, que son  reconocidos en la masiva revista El Hogar, y a los veinte años obtiene el profesorado de dibujo en la Academia Nacional de Bellas Artes porteña. Comienza a relacionarse con las ideas de vanguardia del Grupo Florida y entabla vínculos con varios de artistas y escritores, entre ellos Alberto Prebisch y Leopoldo Marechal. Suma exposiciones en salones y galerías, como la rupturista Müller, en un estilo cercano al cubismo figurativo de Alfredo Guttero, por ejemplo “Cabeza” (Fundación Forner-Bigatti. 1922) Tras un temprano reconocimiento en el Primer Salón Universitario de La Plata, la artista parte a París en un viaje estético y experiencial decisivo para su carrera. Primero porque sería parte del Grupo de París, la única mujer entre futuros grandes artistas, Lino Spilimbergo y Antonio Berni por citar, que introdujo el “retorno al orden” en el medio local, un arte moderno que volvía sus ojos al pasado con las enseñanzas de las vanguardias, y valoraba una orientación antiacadémica, que Forner traduciría luego en 1932 en los Cursos Libres de Arte Plástico junto a Guttero, Pedro Domínguez Neira y su esposo, el escultor Alfredo Bigatti. Además asiste al taller del antiguo fauvista  Othon Friesz, al igual que Horacio Butler, que reorienta la síntesis desde el clasicismo al cubismo que promueve André Lothe –otro de sus primeros inspiradores- de una manera menos pragmática; pero sin olvidar la creación en el hecho plástico, y que no simplemente es una equivalencia de las formas reales.  Vive Raquel en un París de entreguerras que navega el mito y la realidad, poliédrica y multifacética, un espacio sin tiempo, como sería su obra.     

A Sanary, una localidad mediterránea francesa donde viven Alberto Morera y Butler, en 1929 arriba Forner junto a su hermana Josefina. Allí conocería a Bigatti y Marechal, quien deja una semblanza del grupo en su inmortal novela “Adán BuenosAyres”, y transpira “un estado de exaltación permanente”  Los metódicos contrastes cromáticos, y la libertad de trazos adquiridos allí por la artista, quedan reflejados en “Tres mujeres de Tanger” (Fundación Forner-Bigatti. 1930), aunque señala la crítica María Elena Babino, “ya en los años iniciales en Buenos Aires, la obra de Forner se posiciona dentro de la renovación del lenguaje artístico al valorar aspectos estrictamente plásticos como lo son el color, la concepción sintética de las formas y su independencia respecto al referente externo, o la estructura compositiva del espacio pictórico como una realidad autónoma en sí misma

A su regreso en la ebullición cultural de la cosmopolita Buenos Aires, tironeada por los autoritarios en el Poder y los grupos intelectuales de izquierda que inflaman revistas, cafés y tertulias, exhibe “Presagio” (1931), pieza clave en su producción por su influencia en su trabajo hasta fines de los cincuenta, puntapié de las célebres series, “son tres mujeres las testigos y protagonistas lúcidas de lo que se precipitará: sus gestos componen el viejo ícono del emblema: “ni ver, ni oír, ni hablar”, que en el saber tradicional de Oriente aludía al secreto de lo sagrado y que  Forner transfiguró en signo de una tragedia anonada la posibilidad de todo lenguaje. Según sus propias palabras, Raquel ha querido protestar “contra las fuerzas desatadas que anulan la expresión humana. Y, por supuesto, la artística. Esas fuerzas que a una madre  no le dejan siquiera el cadáver de su hijo sobre un paño negro” (La Nación, 18 –IV-1943) Para reforzar el sentido de una profecía que no podrá revelarse, de una catástrofe oculta que no ha de ser evitada, una serpiente se anuda al cuello de las mujeres y las convierte en la visión femenina de Laocoonte y sus hijos. Hacia el fondo,  se hundan los peces de la Salvación, el mar engulle los caballos y los templos, la luz que los envuelve está a punto de extinguirse tras la humareda ominosa del volcán. Una  vez más la visión del arte prefigura lo real con una precisión incomprensible para quienes no comparten el don de las sibilas, para otro que no sea sentidos y ojos de mujer” señalaban José Emilio Burucúa y Laura Malosetti Costa en el texto de la exhibición “Iconografía de la mujer y lo femenino en la obra de Raquel Forner”, en la Galería Jacques Martínez Arte Contemporáneo, en los noventa.

“Siempre me interesó la tragedia humana –cita de Jorge López Anaya- Los acontecimientos que han llenado de sombras nuestra edad se convirtieron, insensiblemente, sin proponérmelo, en la sangre misma de mi pintura”, comentaba Forner, que participa de diversos foros antifascistas de los treinta, entre ellos la revista de izquierda Conducta, en donde aparece en 1937 uno de sus mayores íconos, la muerte. En paralelo colabora con las acciones contra los totalitarismos de la revista Sur de Victoria Ocampo.  Las figuras femeninas pondrán el cuerpo a la destrucción y el espanto de la Segunda Guerra Mundial.

Raquel Forner

 

De dominación y liberación

Con “Mujeres del mundo” (Fundación Forner-Bigatti. 1938), presentada con gran repercusión en el Salón de Otoño, “-representa- toda la desolación de la guerra –civil española-“, Forner daría inicio desde las series de España (1937-1939) y la del Drama (1939-1946) hasta  Apocalipsis (1955) y Piscis (1957),  que todas focalizan un discurso humanista de carnes y almas vencidas por los crímenes de la guerra –y los régimen autoritarios y dictaduras desde Europa a América Latina. De hecho la pintura de 1938 incluye en la figura central a nuestro continente, que no escapa el desastre y terror mundial. Las cinco mujeres dolientes en un paisaje de muerte, “inquieren con asombro ese espectáculo desolador, pues lo que se despliega ante ellas resulta incomprensible. Han perdido no sólo los seres amados, sino también el espacio y el porvenir. En este sentido, parecería que esta pintura plantea una exhortación: alude genéricamente a las mujeres del mundo, y por tanto, a la vida. A partir de dicha obra, Forner comenzó a pintar la muerte injusta y cruel”, sentenciaba Rosana Molero en 2002.  El infinito “Por qué” o “Para qué” –justamente así se llama una pintura suya de 1939-, de tanto póster y remeras sesentistas, salen urgentes de aquellas bocas desfiguradas de Forner de 1938.  

La obra “El drama” (MNBA.1942), de grandes proporciones que la acercan a los muralismos contemporáneos, conjuga buena parte de las preocupaciones de la artista en el momento, que había  cedido en cromatismo por una intensidad dramática de paisajes y figuras despedazadas. Bombardeadas. Ese año también, el Museo de Arte Moderno de Nueva York adquiere el óleo “Desolación”, perteneciente a esa serie del Drama –en década posterior, adquiría el prestigioso museo norteamericano un cuadro de la serie “Las Lunas” (1960) Asimismo la editorial Losada publicó una consagratoria monografía de su producción.

Hacia la década del sesenta Forner desarrolla nuevas alegorías que ubica la especie humana en un futuro espacial y, a la vez, en comunión a la naturaleza interestelar. Además va sucesivamente cambiando de técnica a un arte más matérico, de empastes, y de perspectivas no convencionales.  Desde los primeros óleos de “Las Lunas” a la última serie de los ochenta, “Encuentros con astroseres en Ischigualasto”, la artista indaga el hundimiento de las promesas del progreso frente a las inéditas posibilidades de viajes al exterior del planeta –y al interior de los seres humanos “En 1965 Forner pinta “El viaje sin retorno” (Fundación Bigatti-Forner) en homenaje a Alfredo Bigatti, fallecido el año anterior. Se trata de un políptico de 9 paneles donde se entremezclan las imágenes de la muerte y la vida, la astrofauna y los astroseres, el mensaje cifrado  –lucha+amor=Vida, lucha-amor=Muerte-, el laberinto y la calavera, pájaros y esqueletos. Persisten los trazos negros que ahora adquieren el movimiento dinámico del laberinto central donde el color se extiende decidido. Obra de pasaje, de iniciación, de dolor que transforma la muerte en origen de otra vida, que varía la condición de un amor y de un destino compartidos en otra pregunta sin respuesta” reflexionaba Marcelo Pacheco en 1993, en el catálogo de una celebrada muestra en la Fundación Banco Patricios.

La iconografía de Forner de la segunda posguerra habla de la utopía de un hombre nuevo. Los personajes metamórficos, mitad humanos, mitad seres astrales, anuncian “Mutaciones espaciales” (desde 1970) y un “Futuro acontecer” (1979), “Gestación del Hombre Nuevo” (1980) tal vez sea ésta la obra maestra del dilatado conjunto de los astroseres. Para empezar, el grupo de los personajes en escalas de grises sintetiza, con precisión estética, la escena de la humanidad aún apegada a las miserias de la tierra y la tragedia de la historia. La transición a la vida nueva y más alta se concentra en la pareja, desprendida de la cápsula oscura, cuyas entrañas empiezan a colorearse, más que nada el vientre de la mujer que se amplifica en el círculo policromático donde se gestan los embriones de las criaturas del porvenir. El ademán del hombre y las miradas de ambos personajes se dirigen hacia lo alto, esto es, un cielo en el que evolucionan los astroseres recién nacidos, asombrados y felices de hacer piruetas en la masa fluida del aire. Se percibe una sombra de las escenas que Frida Kahlo pintó sobre sus trágicas gestaciones, pero Forner las ha sometido a una inversión emocional. La desesperación se ha extinguido. El desasosiego quedó confinado a las tres mujeres grises de miradas tristes. La superficie de la pintura no hace sino deslizarse a una apoteosis del color y a la alegría de un juego, de una recuperación del Universo inmenso por la humanidad liberada de su caída”, analizaba el doctor Burucúa sobre una poética emancipada de la artista que impregna plásticamente, síquicamente, y biológicamente, a sus mutantes en un devenir femenino. Hasta su fallecimiento el 10 de junio de 1988 en Buenos Aires, Forner pintó incansable los seres nuevos, la nueva dimensión híbrida, no binaria, comunitaria, ecológica, que está en el horizonte.

Sus obras figuran en los museos más importantes de Argentina, EEUU., Canadá, México, Brasil, Portugal y Uruguay.  Miembro de la Royal Society of Arts of England recibió importantes premios entre los que se pueden citar la Medalla de Oro en la Exposición Internacional, París 1937; el Primer Premio Nacional de Pintura en el Salón Nacional, Buenos Aires, 1942; el Premio Palanza, Buenos Aires 1947; el Gran Premio de Honor en el Salón Nacional, Buenos Aires, 1956; el Gran Premio de Honor en la Bienal Americana de Arte IKA, Córdoba, 1962; el Premio Fundación Juan B. Castagnino, Rosario, 1979; y fue galardonada por el Fondo Nacional de las Artes en 1987. En 1982 creó la Fundación Forner-Bigatti, Casa Museo en San Telmo, que custodia el patrimonio del matrimonio, contando talleres, obras, documentos y objetos, y propone actividades educativas.

 

Dice Raquel Forner

“Siempre traté de dar a mis cuadros algo más que una intención  plástica. Hasta algunas de mis naturalezas muertas quisieron reflejar en los elementos que la componían un sentido cósmico. Entonces la realidad no era tan asfixiante. Luego vino a mí el drama del mundo. De ahí que haya necesitado renovarme o más bien dicho completarme…como mujer y como pintora he tratado de unir al tema que más me angustia, lo más puro de mis experiencias de artista. Mi lenguaje es el arte, pero mi corazón es el de la vida…si es así, si el artista parte de un punto de vista cualquiera, con más razón puede partir de lo humano” decía la artista en 1938, transcripto por Diana W. Wechsler en las actas del IV Jornadas de Estudios e Investigación. Instituto de Teoría e Historia del Arte Julio Payró. Buenos Aires: FFyLUBA.  2000    

 

Dicen de Raquel Forner

“Varias mujeres protagonizan el primer plano –en referencia a la pintura patrimonio del Museo Nacional de Bellas Artes, “El Drama”-  La propia imagen aparece quebrada en el retrato que está abandonado en el suelo con otros elementos como el globo terráqueo, un conjunto de papeles y una mano con la llaga de Cristo. Hacia el interior del plano, el panorama es desolador: cuerpos consumidos, la humanidad encarnada en la muerte, árboles quemados, tierras yermas y la atmósfera que se respira después de un bombardeo rodean la escena. Toda una declaración de principios planteada con la vocación del “nunca más”” Diana B. Wechsler en el Catálogo Razonado del Museo Nacional de Bellas Artes. Buenos Aires: Clarín. 2010

Fecha de Publicación: 22/04/2021

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