Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Quinquela x Quinquela. Una biografía comentada

El artista más popular de los argentinos en su voz entrega la mejor pintura nuestra, la dignidad del trabajo y la solidaridad como proa.

“Quinquela Martín, el hombre que desde su oscura condición de obrero se elevó a la categoría de artista representativo”, arrancaba el diario Crítica del 17 de agosto de 1933, “es uno de los pocos, realmente ejemplares, de personas agradecidas con el destino. No solo jamás ha salido de su hermética y característica modestia, a pesar de los triunfos internacionales que la ha deparado la pintura, sino que últimamente ha tenido el rasgo de noble generosidad que demuestra de un modo palmario que jamás se abandonó, en lo íntimo de su ser, en el arte por el arte. Nos referimos a la donación de terrenos que ha hecho al Consejo Nacional de Educación, donación que insume todo el dinero que ganó a costa de su trabajo, y que compromete también, sus futuras ganancias”, adelantando la Escuela-Museo, que conformaría un nodo con el secundario, el jardín de infantes, el lactario, el Teatro de la Ribera y el Hospital Odontológico, adelantando aquella lucha que llevó al artista casi cuarenta años de alegrías y sinsabores. Benito Quinquela Martín, el artista de la dignidad del trabajo que inventó La Boca, dicen, también inventó un modo de gestión cultural, educativa y sanitaria, único en el mundo. Por algo Proa, Andreani, La Usina y cualquier otra institución aledaña, miran con respeto y admiración, intentando imitar el ejemplo. Uno que se basa en un arte, en una labor de convicciones comunitarias, que permite “que el hombre común se reconozca en mi obra, que sienta que su tarea también tiene grandeza, que aprenda a gozar de la belleza de la luz, del color”, remata el artista que de la supuesta oscuridad del obrero sacó a martillazos Vida, a puro color. 

“La lucha fue brava, repito. Pero a mi juego me llamaron”, admitiría a Andrés Muñoz en los cuarenta, cuando el dueño millonario dijo que estaba loco por comprar tierras para escuelas, a metros de la Vuelta de Rocha que tanto había peregrinado, repartiendo allí carbón de Chinchella, que lo adoptó con la presunta fecha de nacimiento del 1 de marzo de 1890, allí cargando bolsas en su espalda de “Mosquito”, o allí pintando la humanidad y el paisaje del humilde, “En otras luchas más bravas me había visto, empezando por aquellas batallas campales de la calle Patricios, que se libraban a cascotazo limpio entre los pibes de La Boca y Barracas -los tanos contra los gallegos-, y en las que yo luchaba mano a mano junto a los mellizos García, que eran malevos de raza y categoría. Y tuve que vivir después, sin miedo y sin alarde, entre los punguistas y asaltantes de la Isla Maciel -cuando le robaban sistemáticamente menos las hojas, la carbonilla y los pinceles-…tuve que alternar con los obreros del puerto que tenían brazo fuerte y mano larga. Y sobre todo, me había visto obligado a luchar desde niño con la pobreza, con el trabajo y la vida”, sintetizaba mirando desde su casa-taller del último piso de la Escuela-Museo, “arte figurativo argentino”, de la avenida Pedro de Mendoza al 1800. Las imágenes serían de los padres que lo trajeron al mundo, que aseguran que Quinquela conoció de grande y famoso, y que lo dejaron en la Casa de Expósitos de la avenida Montes de Oca, cartelito “este niño ha sido bautizado y se llama Benito Juan Martín”. Y de los seis largos años en el internado, de pasillos grises y privaciones, hasta que los humildes y analfabetos Justina y Juan escogieron al más maltrecho. Bendito Benito. 

Claro que Benito no iría a un palacio sino a la carbonería del Gaucho de Olavarría a metros de Vuelta de Rocha, como conocían a Juan en todos los rincones xeneizes. Debe dejar la instrucción con solamente tres años pero el dibujo era un don natural y en 1907 toma clases en la Unión de La Boca, una de las tantas mutuales que inventaron la vecindad porteña, con Alfredo Lázzari. El único maestro si no contamos al genial peluquero artista Nuncio Nucíforo, que catalizaba el hervidero cultural del barrio, y la influencia de Santiago Stagnaro, que le dijo “La personalidad tiene que hallarla usted mismo”. Desde aquellos remotos orígenes del Centenario,  Quinquela fue quinqueliano, un molde de uno que no reconoce estilos ni tendencias ni vanguardias, “siempre pinté igual…he visto un cuadro mío de hace cincuenta años…podría haberlo pintado ayer…nada se pinta mejor que aquello que se ama y se conoce…me volví entonces hacia el puerto de La Boca”, confesaba poco antes de fallecer a María Angélica Correa. Y en ese gesto de pintar con las huellas de cada músculo de estibadores y changarines boquenses, en la cruda pelea por la subsistencia, el artista encontró formas y colores. Que luego extendería a una barriada olvidada para embellecerla con lo propio, con la vitalidad de sus hombres y mujeres, no con muralismos de marcas de ropas deportivas ni modas políticas.  

Luego de una juventud de bares, cafés y bibliotecas, de socialistas -Quinquela pegó carteles para que Alfredo Palacios sea el primer diputado socialista de América en 1904- y anarquistas, acompañando al amigo Juan de Dios Filiberto, autor del inmortal “Caminito” y a los futuros “Artistas del Pueblo”, ocurrió que en 1916 un periodista de la revista Fray Mocho, Ernesto Marchese, se interesó por un raro pintor carbonero “Tal vez al periodista le llamara la atención ver sentado en la proa, pintando, entre cables y bolsas, a un muchacho de mi condición”, señalaba Benito de un punto de quiebre, inexistente por el momento salvo exposiciones colectivas en la barrio, y una en calle Corrientes, donde aún firmaba Chinchella. Allí apareció el español Dámaso Arce de ¡Olavarría!, el primer comprador con “Preparativos de salida”, y que luego legó a su ciudad un museo. Con esos dinerillos mitigaba Quinquela la dieta básica de mate lavado y galleta, que solía alquilar botes para pintar, talleres flotantes, y que si se quedaba sin dinero, volvía a cargar bolsas que equivalían a su peso. 

 

Yo podía ser el pintor de La Boca”

“En la carbonería -su taller era en la misma habitación, una mísera piecita- saqué mis cuadros del cuarto de baño y los fui poniendo ante Don Pío”, hablando de Pío Collivadino, director de la Academia Nacional de Bellas Artes, llegado a los arrabales en 1918 por la insistencia del grabador Guillermo Facio Hebequer -que enseñaría los secretos del grabado a Quinquela- , “Don Pío los iba mirando detenidamente, uno a uno, sin hacer comentarios. Yo lo miraba a él, con el alma en un hilo. Cuando terminó se volvió hacia mí y me dijo unas cuantas frases que me cambiaron la vida. Me dijo que tenía una nueva manera de ver y pintar…que en mis obras había personalidad y vigor…que yo podía ser el pintor de La Boca”, vaticinando el también pintor un camino que de la aclamada exposición en Witcomb de noviembre de 1918, y el espaldarazo de la aristocracia adquiriendo sus trabajos de gran escala -un consejo de Collivadino y su secretario Taladrid-, llevarían al artista boquense a interminables giras por el continente, Europa y Estados Unidos, en los veinte. Claro que retornaba a buscar la inspiración, “los puertos de otros países me incitan a pintar nuestros puertos” comentaba a César Tiempo, a un nuevo taller espacioso a metros de la actual Escuela-Museo, mientras aristócratas venían a conversar o descansar, como el presidente Alvear, y los vecinos a pedir algún favor. Allí Quinquela sacaba billetes. Una vez un croto, que Quinquela pasaba una mensualidad, vino a reclamarle un aumento porque el vino se encareció “Tenía razón, el vino estaba muy caro -y luego, serio- Era muy viejo…yo he vivido pegado a La Boca y a su gente”. Sin dudas.