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Mujica Láinez por Mujica Láinez. Una biografía comentada

Escritor que viajando de lo histórico a lo fantástico encontró la saga nacional. Familias seminales venidas a menos, casonas, iglesias y estancias que cuentan historias, en la trama misteriosa de Manucho.

Arte y Literatura
Mujica Láinez

“Sus sombras han iluminado mi vida” resumía el otoñal Manuel Mujica Láinez una trayectoria literaria alimentada de fantasías y viajes pero con raíces en la genealogía que fundó la Argentina. Estamos a principios de los ochenta, en la mítica casona de Belgrano, que Mujica Láinez transformó epicentro cultural porteño. Allí latía, se divertía, se conocía, la Buenos Aires entre los cuarenta y los sesenta, en el ambiente funambulesco plagado de colecciones de arte y objetos curiosos, nada extraños a un imaginero libresco de paraísos y reinos fuera de tiempo. Curiosidad insaciable y lujuriosa de Manucho que lo llevaría a remover la tierra de sus ancestros, “Aquí Vivieron: Historias de una quinta de San Isidro”,  o remontarse a la Italia renacentista, la célebre “Bomarzo”. “Para meterse en una Torre de Marfil -respondía a quienes criticaban y critican estos retratos de la aristocracia que identifica sus linajes como el hilo dorado de la Patria, y que lapidan su obra desde “Don Galaz de Buenos Aires” (1938) a “Un novelista en el Museo del Prado” (1984) – hay que conquistarla. Al contrario de lo que se dice, la torre es el gran premio y la gran aspiración de quienes son sinceros consigo mismo” Manucho, sincero con su cuna patricia, iluminado por otros fuegos.

Mujica Láinez

“Desciendo de familias tradicionales de la Argentina, que han ido cediendo su lugar en el país a otras que avanzan a los codazos por el mundo y que hacen dinero rápidamente”, comentaba el literato al periodista Hugo Beccacece en 1981, “Creo que retraté con bastante fidelidad ese mundo. Se trata de una descripción hecha con cariño; por supuesto puede verse en una ella una mirada crítica -aunque varios pasajes contengan un ironía mordaz, no exenta de un universo caída en desgracia, al estilo de Marcel Proust-. Quizá se habría esperado que yo sometiera a una escarnio mayor a la pobre tía Duma, esa mujer tan espléndida que aparece en “Los ídolos” (1953), y en mi saga de la sociedad porteña…Yo conocía los parentescos, los amores, las traiciones, la petite historie de todos ellos. En revistas de la época, escribía artículos en los que contaba cómo eran las casas en que vivían y la historia de sus habitantes”, sintetizaba este porteño nacido en cuna de oro -descascarada- el 11 de septiembre de 1910.

Hijo Manuel de una familia de abolengo, los Láinez y los Cané, clérigos, militares, funcionarios y escritores, sumados a los Varela; descollando el tatarabuelo materno Florencio  y el bisabuelo Rufino, de gran amistad con Hilario Ascasubi -cuyas cartas entre ambos utilizaría Manuel para escribir la biografía “Vida de Aniceto el Gallo” (1943)- El linaje, más que una buena posición económica, y que Mujica Láinez solo aseguraría en el casamiento con una Alvear (1936), permitió tempranamente al joven integrarse en la función pública, por mucho tiempo en los corrillos de ministerios y embajadas, y las redacciones, así cronista de sociales, crítico de arte y articulista en el diario La Nación.

Mujica Láinez

De la saga porteña a la Aventura Universal

A mediados de los treinta Mujica Láinez se acerca a sectores católicos e hispanistas, siendo Enrique Larreta la principal influencia de los años formativos. Un modernismo anacrónico, cargado de un estilo visual que potencia el ensueño, completa una primera etapa, quizá las más relevante, “Aquí Vivieron: Historias de una quinta de San Isidro” (1949), el mágico “Misteriosa Buenos Aires” (1950) y la fábula de “La Casa” (1953), y que finiquita en “El Paraíso” (1956). El cuento “El retrato amarillo” (1956), en la revista Ficción, finiquitó la saga porteña.  “He podido tratar el tema delicado de una sociedad que declina -coincidente al justicialismo en el Poder, compartiendo el universo antiperonista del Grupo Sur de Victoria Ocampo, aunque sin pertenecer Manuel a éste círculo intelectual y aristocrático-…me ha sido dada la posibilidad de analizar y sentir a esa sociedad desde adentro y desde afuera, como cómplice y como observador, sin que me haya cegado ni el resentimiento del que mira la fiesta a través de los cristales, sin entender totalmente lo que allí sucede, ni la tolerancia, ciega también, del que participa del espectáculo, …-apreciando- las consecuencias de las debilidades, injusticias y equivocaciones”, confesaba Mujica Láinez en 1962, a María Emma Carsuzán.

Mujica Láinez

Viajando por Europa en su rol de funcionario de la autodenominada Revolución Libertadora, a principios de 1958, encontrará en Italia la nueva fuente de inspiración. A 90 km de Roma queda fascinado con las esculturas en piedra del Duque de Bomarzo, un Orsini; que traduce esotéricamente la complejidad espiritual y caótica del Renacimiento. El escenario estaba servido para que el escritor desarrolle sus grandes temas, la inmortalidad, la biografía personal como destino de un pueblo, y la inevitable caída de los cuerpos -y los dioses. “El día en que me lancé  a escribir fue como si desenroscara un largo tapiz de siete colores”, admitía de la novela “Bormarzo” (1962), que ganó premios nacionales y extranjeros, traducida a infinidad de idiomas, y que tuvo un polémica -y prohibida en Argentina- puesta en cantata por Alberto Ginastera (1965)

Una gran victoria de acercamiento a otros medios, Mujica Láinez intentaría escribir para teatro (1954) o tevé (1981), fracasando, “es una técnica difícil -libretos- que exige aprendizaje arduo…entre tanto, voy mucho al teatro y observo”; pero particularmente una onda expansiva de reconocimientos que lo ubican en una especie vernácula de “segundo de -Jorge Luis- Borges. Tengo el placer de ser segundo de Borges. No soy envidioso. Por otra parte, no tengo mucho que envidiar en la Argentina”, cortaba Manucho, con palabras que punzaban. Más botones de muestra del escritor, “así como en “El escarabajo” (1982. Novela editada primero en España, adelanto de 8 millones de pesetas), uno de los personajes dice “el mal gusto es el gusto de los demás”…los que hablan de mi snobismo lo hacen porque no ando con ellos…-yo no los trato- porque ellos no son interesantes. Siempre me ha atraído la gente distinta: distinta por su hermosura, por su talento, por su inteligencia y no porque se llame el conde de Lemos…Esas cosas de los apellidos y de los títulos son asuntos de las provincias norteñas; de Salta, por ejemplo”, remachaba una vez jubilado en 1969 en Cruz Chica, Córdoba, estancia “El Paraíso” -hoy museo-, rodeado de sus 13 mil libros, las increíbles colecciones de arte popular y moderno, varias de sus traducciones de clásicos, y sus ancianas mujeres, madre, tías y esposa. “Cecil” (1972), la vida del autor contada por su perro, es una fiel estampa serrana de aquellos tiempos crepusculares. Vital sin embargo, Manucho emprende sus últimos viajes alrededor del orbe a bordo de un carguero.

Mujica Láinez

“Nosotros los argentinos hablamos muy mal”

“Pretendo ser un escritor puro, cuidadoso del idioma. Nosotros los argentinos hablamos muy mal. Tenemos un idioma propio…si reproduzco un diálogo porteño, no tendría nada que ver con el resto de la prosa…en el libro de cuentos sobre el Museo del Prado hay varios diálogos, precisamente porque no existe ese problema de los niveles de lenguaje. En España, no se habla de vos, sino de tú ”, recalcando en una de las últimas producciones, un fiel apego a la pureza idiomática, estandarte de un modernismo ya centenario. Cuidadoso también en tramas recurrentes de celos y violencia de la “ambigüedad sexual” de sus personajes, como la claramente novela cuestionadora de la heteronorma “Sergio” (1976), “la elegancia que los trato…me permite ahondar en ciertos aspectos del ser humano con una profundidad mayor que la de otros autores amantes del escándalo”. Manuel Mujica Láinez fallece en Córdoba el 22 de abril de 1984, a las semanas de concitar un inusitado interés durante la primera Feria del Libro en democracia. Hacía unos meses se había editado el último volumen de sus Obras Completas, una nueva impresión del trabajo colaborativo con el fotógrafo Aldo Sessa sobre Buenos Aires, y se reponía “Bomarzo”, en su adorado Teatro Colón.

“Cuando vino la Libertadora, en el 55, me nombraron director de Relaciones Culturales de la Cancillería. Apenas me hice cargo, vi todos esos corredores llenos de ejemplares de “La Razón de mi Vida” de Eva Duarte”, sostenía Mujica Láinez al periodista (detenido/desaparecido de militancia marxista) Enrique Raab en 1975, y recordaba el veterano literato que había sido cesanteado luego de una década en el Museo de Arte Decorativo por la presidencia Perón, “Los había en iddish, en húngaro, en árabe, qué sé yo. Los mandé a quemar, creyendo que así destruía el Mal. Como si quemando algo se lo pudiera destruir. Entonces no entendía porque era ingenuo. Ahora veo claro que nadie puede quemar lo inevitable, lo que uno no comprende. Aquello que quizá no sea sino una parte ignota de la Verdad” La Razón de Manucho, profundamente, inquietantemente, argentino.

Mujica Láinez inédito

-fragmento de “Los Libres del Sur”, novela inconclusa, sobre la familia Cané, antepasados del escritor-

“Sucedió que una tarde sus hermanas más niñas, Bernabela y Ana, jugaban a disfrazarse, con la contribución de los elementos desbordados de un colosal arcón de cuero que, abierto a los pies de la cama, reveló tesoros. Leía la tía Magdalena una historia de las Cruzadas, que las demás seguían, grandes y chicas, rodeando ovillos. Junto al lecho materno, Catalina Andrade conversaba con su madre, en voz muy baja. Y Juan, el único varón presente, hurgaba en el baúl. De repente, del fondo de la petaca, sacó unos lienzos bordados, de rabioso color, que adornaban áureos signos esotéricos y con ellos se improvisó un ropaje fantástico como los que en Palestina lucían los enemigos de los caballeros de la Cruz. Se pavoneó así, distraída la memoria de sus penas, y al punto que la tía Magdalena lo vio, alzando los ojos de la lujosa lectura, lanzó un grito que las otras corearon. En segundos, tumultuosas, lo despojaron de la máscara. Volaron los prendas, el mandil, el collarín…transcurrirían años antes que el desdichado dedujera que aquella indumentaria correspondía a la iniciación masónica del abuelo Andrade, y que el hembraje devoto de su casa reconociera en él, borrosamente, a los servidores del Diablo”

 

Fuentes: Cruz, J. Genio y figura de Manuel Mujica Láinez. Buenos Aires: Eudeba. 1996 (1978); Beccacece, H. La pereza del príncipe. Mitos, héroes y escándalos del siglo XX. Buenos Aires: Sudamericana. 1994; Saítta, S. Romero, L. A. Grandes entrevistas de la historia argentina. Buenos Aires: Aguilar. 1998

Imágenes: Ministerio de Cultura

Fecha de Publicación: 11/09/2022

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