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Marta Minujín: revuélquese y viva

Artista inclasificable entre el pop, el conceptual y la performance, la Minujín revolvió la menesunda nacional y nos devolvió “arte, arte, arte” Una “genia” famosa con cientos de obras que pocos conocen.

“Sentía y afirmaba que el arte era algo mucho más importante para el ser humano que esa eternidad a la que sólo los cultos accedían, enmarcada en museos y galerías; para mí es una forma de intensificar la vida, de impactar el contemplador, sacudiéndolo, sacándolo de su inercia” arremetía una joven Marta Minujín en París en 1963, en el preanuncio de sus obras posteriores en Buenos Aires con sus mullidos colchones de 1964, “Eróticos en Multicolor” y   “Revuélquese y viva” En pocas líneas Minujín resumía un programa vital que sería constante a la largo de seis décadas con el arte internacional “Elegí los colchones porque son un material vital y envejecen como nosotros.  Me sirvieron para expresar mi personalidad. Yo soy lo que hago”, admitía quien produjo varias manifestaciones pioneras de arte efímero en el país, anfibia en el cruce de vanguardias del siglo pasado y el actual. Desde aquel año las obras de Minujín son siempre una anomalía expansiva de los mitos  nacionales y una burbuja de oxígeno democrático. Fue así con la “Imagen eléctrica” (1969), dictadura de Onganía, fue así con “Obelisco de Pan Dulce” (1979), dictadura de Videla. Ni hablar  “El Partenón de libros” (1983), preludio esperanzador de la democracia argentina.  Hizo de su vida un objeto-obra, un coso diría su gran amigo Federico Peralta Ramos, y que es la proyección de la emancipación sesentista que hoy se puede rastrear en las expresiones de la Marea Verde.  Para Marta, su “arte, arte, arte” sería también “vivir, vivir, vivir”, sin miedos al fracaso,  y con el coraje de la libertad.   Ponete el Frac Asado de Marta, que con ella aprendimos que en el diario no hablan de ti ni de mí, y saboreá orgulloso un alfajor en Mar del Plata firmado por Minujín.

Nace el 30 de enero de 1941, en el barrio de San Cristóbal y en el mismo solar que hoy tiene su taller,  dentro del seno de una familia acomodada, con un abuelo que fabrica ropa de trabajo –de allí los overoles que la identificaron desde los setenta “Siempre fui la oveja negra y la relegada” recuerda la artista, quien  no duda de calificar su infancia de “horrible”, menos la estancias en San Martín de los Andes, que montaba a caballo desde los tres años, y pintaba al natural, “no podía parar, me creía Van Gogh” Comienza estudios en la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano y aún adolescente, alterna con clases libres en la escuelas superiores Pueyrredón y de la Cárcova, y en la Facultad de Filosofía y Letras “Quiero conocerte/quiero que me digas/Todo lo sincero que tiene la Muerte”, versos dedicados a la “shockeante” muerte de su hermano,   es el primer escrito de Minujín, también de una vasta producción escritural, entre ensayos, cartas a relevantes críticos y proyectos, y que activa una “pulsión creadora” orientada a su primera exposición individual con 18 años en el Teatro Agón.  Influenciada por el informalismo de Alberto Greco, “poeta, mago, pintor”, los primeros años de los sesenta la tienen entre París y Buenos Aires. En tránsito crea los primeros trabajos con colchones, y que destruye en un incendio en 1963, aquel su primer happening en Europa.  En Buenos Aires su arte es apoyado por Jorge Romero Brest y Rafael Squirru, popes de la modernidad de los sesenta, y gano el Premio Di Tella en 1964. Con ese dinero financia “El Batacazo” (1965) y su primer estadía en Nueva York, una ciudad donde viajará regularmente por una década, siendo la artista mimada de artistas con el renombre de Salvador Dalí y Andy Warhol.

“¿Quiere que la prepare un happening?”, retrata  la revista Primera Plana la primera acción de la artista en Argentina “La cabalgata”, y en vivo en canal 7 en “La campana de cristal”, “Augusto Bonardo asintió y sólo comenzó a inquietarse cuando Minujín asaeteaba con el pincel la tela…a partir de allí se desató el aquelarre: el poni…arrojaba ráfagas de pintura sobre el público, las gallinas sembraban plumas en el estudio…elásticos culturistas rompían globos…Minujín improvisaba una danza sioux y Bonardo vociferaba: ¡Corten! ¡Corten!  ¡Sáquenme de aquí a esta mujer demente!” Fue sólo un preludio de la su happening más famoso, tal vez el más conocido, “La Menesunda” ,  una obra en conjunto con Rubén Santantonín (1919-1969) y varios artistas, y que se montó en el Instituto Di Tella del 18 de mayo al 6 de junio de 1965. Tres semanas bastaron para revolucionar el arte argentino y señalar un momento de la década, que transformaba a Buenos Aires en faro de la vanguardia internacional.  Como lo indicaba su título, que en lunfardo es “mezcla” o “confusión”, fue una invitación masiva a participar como nunca de un fenómeno estético, sin prejuicios, sin clases, y que convocó a miles de personas a la calle Florida “No fue un exposición de imágenes-símbolos, ni un espectáculo, ni un happening, era arte existiendo que impulsaba a imaginar por cuenta propia, pues en el pasaje de un ambiente a otro actuaba la sorpresa, siendo muy diferentes las actitudes que debían  tomar el visitante ante ellos. Parecía un pasatiempo, una humorada, y por supuesto que lo era, pero quienes se prestaban al juego sentían la modificación  mental característica de la obra de arte que opera” acotaba Romero Brest, director de artes visuales del Di Tella, sobre esta travesía lúdica por espacios acondicionados, una peluquería o un cuarto de un pareja en vivo, y que incluía imágenes, sensaciones y olores de un paseo porteño, más precisamente por la calle Lavalle. Los medios nacionales en su mayoría se burlaron o insultaron, “locos o tarados”  en el diario La Prensa, pocos apoyaron, entre ellos la relevante pintora y artista Germaine Derbecq, y medios internacionales, “es seguramente la imagen más fiel y sincera que tiene del mundo la nueva generación” en El País de Montevideo –que cambiaría de opinión criticando el siguiente happening de Minujín en Uruguay, “Suceso Plástico”   con la suelta desde un helicóptero de 500 pollos vivos, harina, lechugas, cremas en medio de forzudos, prostitutas, vagabundos, motociclistas y parejas obesas, todo en el Estadio del Club Atlético Cerro y en quince minutos.

En este punto es el ingreso definitivo de Minujín, “la diosa de la Menesunda” o “la muchacha del colchón”, al mundo mediático, que sería a partir de allí centro de sus reflexiones con “Simultaneidad en simultaneidad” o “El Minuphone” También su conversión en figura pública, su transformación en su vida en sujeto/objeto, que la alejaba de otros artistas, caso Santantonín, quienes buscaban respuestas existenciales o políticas concretas en los agitados sesenta.  Minujín devino en tapa de revistas, “creo que es una intensificación…yo uso el poder de los medios como un instrumento de invasión a las casas de a gente, pero a través de algo positivo que es el arte…creo que todo el mundo es artista, porque todo el mundo es una persona creativa”, señalaba la artista al periodista Daniel Molina en 2015.