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Literatura argentina 2020: lo mejor y lo peor

Para la cartera de la dama o el morral del caballero, y leer en vacaciones o en cuarentena, recomendaciones literarias en un pésimo año de la industria del libro.

Arte y Literatura
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Cita de autor: Esta nota trata básicamente de tres recomendaciones de títulos editados en 2020, pero antes un necesario prólogo. Las crisis económicas y sociales afectan a todos los sectores de una sociedad. Obvio. La pandemia arrasó impiadosa profundos cimientos del mundo del trabajo, llevándose puesta cualquier previsión de crecimiento luego de casi una década de recesión. Obvio. Se calcula un deterioro del 25% al aparato productivo. Lo que parece no tan obvio es que existe un impacto silencioso negativo y que tiene una doble vertiente, económica y cultural. Y es la caída libre de la industria editorial. Se pierden puestos de trabajo, se pierden ciudadanos. Así de simple es un libro menos en la calle. Un autor menos que se edita significa una cabeza menos que se abre.    

Un análisis más amplio de la industria arrojaría el declive de los últimos años donde se pasó de imprimir 139 millones de libros en 2015 a 43 millones en 2019. Y muchos nuevos títulos, en su mayoría de autores argentinos, llegaron a las mesas debido al trabajo denodado de editoriales pymes, que representan el 90% de las 400 registradas. Sabido que la caída del poder adquisitivo explica una parte del proceso descendente, la otra, las nuevas  maneras de comercializar los libros –aunque sólo en 2020 tuvieron alguna incidencia-, pero más se relaciona con la ausencia de una política pública sostenida y coherente. Al final de la cadena, contrariamente a lo que se prejuzga en las grandes ciudades, de las 1200 librerías en todo el país, un 70% son independientes, y llevan cultura a los pueblos recónditos del país. De estas bocas del conocimiento y el entretenimiento, se calcula que un 20% no levantarán persiana en 2021.

Este año que vivimos en peligro no fue la excepción con la falta de medidas estatales hacia el castigado sector. Arrancó con respirador artificial con el auxilio del programa de Asistencia al Trabajo y la Producción (ATP) pero inexplicablemente en noviembre se quitó a las editoriales y librerías. Muchas pudieron subsistir con la compras online, y compitiendo con las grandes editoriales que abrían insólitamente canales de venta directo, aunque con una baja de casi un 20% en las ventas.  Ante la indiferencia nacional y municipal, últimas noticias, la Librería de las Luces en avenida de Mayo, con sesenta años de cultura a metros de la Casa Rosada,  cierra sus puertas.  En la Argentina de Sarmiento y Borges, Cortázar y Puig,  el ecosistema de los libros está en terapia intensiva.

El extraño caso del Señor Lugones

Desde la década del ochenta la kilométrica obra de César Aira configura un contracarril a la literatura argentina. Y una nueva escuela. Aira es el autor intelectual de ponerle humor a la literatura argentina. Ciega a una cuota de ironía maléfica, a una risa que afloje cinturones, la línea Copi-Puig-Lamborghini-Aira desarma la solemnidad de nuestras letras; y vuelve a poner en el centro de la escritura la importancia de la trama. La invención literaria a la Macedonio Fernández, la aventura enloquecida, es una marca de Aira. Pero no es una literatura desbordante ni delirada.  Desde sus primeros trabajos, Moreira (1975) y Ema, la cautiva (1981), mezcla lo realista y lo fantástico, lo elevado y lo banal, lo poético y lo prosaico, lo filosófico y lo trivial, en clave surrealista, en un plan desaforado que conlleva un gran proyecto ensayístico.

Lugones (Blatt & Ríos) de César Aira tiene muchos de estas nodos condensados en una novelita, como le gusta llamar al huidizo escritor nacido en Coronel Pringles, y dispara sobre uno de sus temas favoritos: armar una gran comedia de enredos sobre el  sistema literario argentino.  

A partir del hecho concreto del suicidio de Leopoldo Lugones en 1938, Aira imagina un multiverso que mete las patas en la realidad. Por un recreo del Tigre se pasean el escritor atribulado, los niños bien, los isleros entrampados, la policía inepta y hasta un inefable yacaré “¿Podrás creer que hace apenas unos días, ahora, en mi vejez abyecta, en lo más abyecto para colmo, caí en la cuenta de lo que me había pasado? Y lo peor de darse cuenta  de algo es que lo primero que uno advierte es que los demás se han dado cuenta antes. Todos los que se reían de mí, Borges, Girondo, Macedonio Fernández, ¡todos tenían razón! Y yo que pensaba que era por envidia…Valgan lo que valgan, y no sé  lo que valen porque precisamente yo no puedo saberlo, en lo esencial estaban y están en lo cierto: yo no soy un escritor. No importa que sea el escritor argentino por antonomasia, el más grande, el maestro, el clásico viviente…no soy un escritor. Tan perversa es la literatura, fíjate un poco, que se puede ser el más grande escritor argentino y no ser escritor”, comenta un Lugones abatido, en esta novela que,  por si fuera poco, también baila alegre sobre los ejes civilización/barbarie.  Con una novela escrita en 1990,  La Fábula Aira navega, otra vez,  lo extraordinario de contar algo por primera vez.

La tierra plana del ser

Los llanos (Anagrama) de Federico Falco es una vuelta de tuerca en la narrativa del escritor cordobés. Aunque quizá sea un rastrillaje más profundo. La primera novela de Falco desarrolla una escritura que condensa la habitual precisión  artesanal de sus cuentos, la vivacidad de sus imágenes,  la explosión a punto de ocurrir, con una novedosa economía de las palabras. Como si la llanura simplificará el horizonte de un plumazo, las instantáneas de nuestro protagonista  llegan a sentencias casi telegráficas dentro de una raída huerta bonaerense  “El paisaje como espejo. En todo lo malo y en todo lo bueno” o “El campo es imposible” son varias de las oraciones que no rematan ninguna idea. Todo es desamparo. Y prolongan la sangría de un  escritor en duelo por la separación de su pareja. Mientras tanto se suceden los meses aparentemente inmóviles con sus pequeños accidentes, en un pasaje oculto a los recuerdos y los sentimientos de quienes dejaron el Interior por la Ciudad. Esa huerta no es un punto muerto en los días del narrador sino una madeja del quién soy “Contar una historia cambia a quien la cuenta. Y por momentos la ficción es la única manera de pensar lo verdadero” comenta nuestro protagonista solitario en su tierra aplanada.

“En Cabrera las cosas vuelven a tener su nombre original. El lenguaje vuelve a ser mío”, en página 129 escribe al autor de los cuentos “222 patitos” y “La hora de los monos”, “Las flores se achuzan. Los salames no son salames, son chorizos, o chorizos secos. El pochoclo es pururú. Poner la ropa en el lavarropa es poner una tachada de ropa. Si voy a la carnicería ya no tengo por qué llamar al bife de costilla a las costeletas, no tira de asado a las costillas. En la panadería puedo pedir un cuarto de criollos y todos enseguida me entienden”, enumera el escritor cordobés que revitaliza las referencias de su infancia que inundan sus relatos.  La originalidad de esta novela, finalista del prestigioso premio Herralde, estriba en un tono sencillo, franco, que nos acerca curiosos al origen de la escritura –y los escritores.    

Demoliendo hoteles

Antes de la catástrofe que describimos en el prólogo, Eterna Cadencia presentaba el nuevo libro de cuentos de la mendocina Cecilia Pavón, “Todos los cuadros que tiré” Una verdadera bitácora emotiva de la poeta, escritora, traductora y docente,  Cecilia una de las figuras de la cultura porteña de los dos mil. Sea en la fundación de Belleza y Felicidad, una galería de arte que fue más que una galería de arte en el temprano milenio, o con sus influyentes poemarios como “Caramelos de Anís” (2004), Pavón puso en palabras varias de la tensiones, y los proyectos,  de una generación de los noventa que aún modela gustos y tendencias. Muchos de ellos quedan reflejados en estos dieciséis relatos que van desde preguntarse qué es un poema hasta criticar modelos neoliberales, o las relaciones entre cultura y cuidado del medioambiente. O simplemente cuestionar a la pareja porque lava los platos “sin amor” Una literatura microscópica que realiza declaraciones estéticas y políticas al pie del lavarropa. La pelea es en todos los frentes, parece decir Pavón, que puede jugar a la modelo del genial Sergio De Loof,  o una escritora que no quiere ser escritora -profesional.

“A los cuarenta y un años, me hace feliz pensar que puedo recuperar la pureza. Amo la idea de ingerir alimentos benéficos, suaves, iluminadores. Amo esa idea aunque sepa que es solo un concepto, o quizás lo amo precisamente porque es ante todo un concepto. Y los conceptos preceden a la realidad…¿Y si en vez de querer comer bien me propongo empezar a escribir bien?... Cualquier escritura que no vaya hacia el amor se chocará contra una pared” acota al pasar Pavón, en esa confluencia de retazos biográficos y lirismo que se transformó en un estilo personalísimo.  Estos cuentos de Cecilia son urgentes poemas largos, un poco de amor, frente a eso que llamamos realidad.

Fecha de Publicación: 30/12/2020

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