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La Boca de papel

Si bien es por el pincel que La Boca es La Boca, las letras fueron las primeras que llevaron su alma de Riachuelo al mundo. De la crónica y la poesía al tango y el rock.

Arte y Literatura
La Boca de papel

La letras acompañaron a La Boca desde su nacimiento. Y también construyeron el mito de Buenos Aires pese a los reclamos borgeanos sobre la fundación, “embelcos fraguados en la Boca”. Nuestras primeras representaciones de los parajes cercanos al “río pequeño, Riachuelo”, de aquello que llamamos la República de La Boca, vienen en las paletas y cinceles de los Lacamera, Lazzari, Rebuffo y, por supuesto, Quinquela. Pero las primeras referencias  fueron en las letras. Decía el primer historiador mestizo de América, Ruy Díaz de Guzmán: “Más la Divina Providencia proveyó al Riachuelo que tiene la ciudad –de Santa María del Buen Aire– por la parte de abajo” cuando las fuerzas de los primeros adelantados flaqueaban; y no sabían aún de las angustias de los primeros porteños que Manuel Mujica Láinez ficcionalizó en Misteriosa Buenos Aires.

Las descripciones de aquellos pantanos de pocos habitantes, algunos recuerdan a un gaucho Tío Ruiz solitario, escasean hasta principios del siglo XIX, cuando aparecen las primeras pulperías, llegan los fundadores vascos y, luego, los genoveses, y un inglés Diego Brittain que compra una enorme extensión en las Chacras del Riachuelo de los Navíos. Aún en 1830 era un vergel, dice Echeverría: “El Riachuelo se desliza/del gran Plata tributario,/sombrean su fresca orilla/viejos sauces agobiados/ jóvenes retoños suyos/acacias, higueras, álamos”. Para los porteños de la época de Rosas, La Boca eran tierras lejanas, a solo media legua de la Plaza de Mayo (sic). En Amalia, de José Mármol, era “la planicie esmeralda de la Boca…–y desde la barraca de la actual Parque Lezama, contemplar– una de las más bellas perspectivas de los aledaños de Buenos Aires”.  Pero ya a mediados de 1850 las cosas empiezan a cambiar: “Pasando el Puente de Rosas –escribe un maravillado cronista, el francés Xavier Marmier, sobre “la Bocca”, ya en profético acento italiano– hay un movimiento muy activo y sorprendente variedad de panoramas. El muelle de madera construido en el borde del río está lleno de mercaderes atareados, mozos de cordel  que desembarcan cargamentos de diversas procedencias”.

La Boca tiene acento genovés

Ya las marcas de origen estaban claras, la diversidad y la laboriosidad de los “Hijos de La Boca”, tal cual se reconocían los genoveses que solicitaron al Rey de Génova el reconocimiento de la República de La Boca. Un terruño que crecía a 60 mil almas en 1904 acunando dos expresiones genuinas porteñas, el sainete y el tango. “Bochinche de los guinches y las pitosas sirenas y gritos… al centro, vía Almirante Brown”, aparece en el sainete “La Boca del Riachuelo”, de Carlos Pacheco, donde cualquiera podía aprender tocar “de vivo en un violín de viejo que salió pa' Carnaval en el Verdi”, uno de los teatros que nucleaba la ebullición de un pueblo imbuído por siempre en el romanticismo socialista, que habían dejado Hilario Ascasubi y Ricardo Gutiérrez.

Pese a la creencia generalizada, La Boca era un babel de razas y culturas a principios del siglo XX. Por eso en el sainete del tano y el gallego se entrevera el turco o el chino. De esto de cuenta la crónica de Félix Lima en Por el barrio chino de La Boca, donde aparece, “al dirigirnos al lavadero y taller de planchado sito en la calle Brin y Necochea, tropezamos con la mudanza de un lingera oriental. Un chino liaba una petaca de bambú y pajilla adornada con dragoncitos y pinturas de imprenta. 'Un peso, dársena Asunción', decimos, a lo que el chino que de pamela tonto, en lunfardo– se marchaba al Paraguay, contesta, 'Se quiere uno cincoenta, boeno, son tré baúl, ¡eh boeno!'”, en un encuentro cultural, mezcla de lenguas, que prefigura los diarios que se viven en Belgrano.      

Aunque no todas las crónicas eran tan pintorescas. Muchas denunciaban las duras condiciones de una barriada que vivía de los tesoros que venían del mar. En el célebre informe de Juan Bialet Massé sobre la situación obrera en el Centenario se puede leer: “La descarga de carbón es terrible, sin protección, el enorme riesgo de la rotura de los ginches con 70 kilogramos de carga… el polvillo que es capaz de dañar a los pulmones… ennegrece la piel, enferma los ojos… las escotillas al ras del suelo se tragan a los obreros… los cargadores y capitanes burlan a los pobres obreros de una manera criminal… el obrero que se queda sin nada, cuando le dan algo lo toma como una suerte”. Socialismo y radicalismo, luego el peronismo, aquellos de cepa obrerista y popular, se fermentaron en este ambiente de injusticias sociales.

Como tampoco es de extrañar que el tango orillero y reo haya surgido en estas calles, desde los prostíbulos de la Isla Maciel, que documentara Agustín Remón, donde iban juntos estibadores y presidentes,  a la esquina de Suárez y Necochea que inmortalizara Enríque Cadícamo. O la letra de “Caminito” de Juan de Dios Filiberto y Gabino Coria Peñaloza, y que recorre el mundo siendo una postal de la Argentina: “Caminito que el tiempo ha borrado/que juntos un día nos viste pasar/he venido la última vez/he venido a contarte mi mal”. El tango y La Boca es un solo corazón porteño. En 1939 Paul Morand en Aire indiano lo anunciaba a los cuatros vientos. “En La Boca es donde ha nacido el tango –señala el escritor francés, y continúa– improvisado cosmopolita, así es como hay que tomarlo y quererlo. Esa copulación ritmada que no bailaban los virreyes del Perú ni las castas europeas... el tango es de Buenos Aires”.

La Boca es rock

En la mitad de siglo ya está cristalizada la imagen del barrio, que el cine argentino también reafirma en su idiosincrasia con películas como Riachuelo, con Luis Sandrini. El poeta José Portagalo le pone su métrica: “Carbones de Quinquela, de Arato, Facio y Vigo/tangos de Filiberto, sollozos y picardía/color local, vivienda de lata y sus patios/que le restan al sueño la gracia de la vida”. Aunque los tiempos estaban cambiando como anota Pedro Orgambide en 1984, “muchos hijos de inmigrantes abandonaron La Boca y se fueron el centro; otros emigraron allí no más, a los pueblos suburbanos del sur, donde cambiaron la casa de madera por la residencia con jardín o el pequeño boliche por la gran casa de comercio. Sus artistas le fueron más fieles. Algunos  cruzaron el charco, se fueron a Europa, pero volvieron la modestia del barrio, a recorrer amorosamente esas calles que desembocan en el río”. Y sin dudas fue así, en un barrio que soñaron e hicieron los artistas, y los rockeros continuaron con letra y música. Los Manal fueron los grandes juglares de la cultura portuaria, entre La Boca y Dock Sud. “Sur y aceite, barriles en el barro, galpón abandonado/Charco sucio, el agua va pudriendo un zapato olvidado/ Y los obreros, fumando impacientes, a su trabajo van/Sur, un trozo de este siglo, barrio industrial”, cantan con aire milonguero en “Avellaneda Blues” de 1970. Y más cerca en el tiempo: “Sol de madrugada sobre el río duérmete/quién dará color al agua/quien me quitará la sed/será el Río de la Plata/o el sol que me vio nacer”, entonaba La Mancha de Rolando.

Letras e imágenes que renacen en la quietud betún del “pequeño río”, y fondos de cubos de colores iluminados, esos descriptos por Bernardo Kordon desde el Puente Avellaneda, en medio de los “hedores enervantes” que desquiciaban a Ezequiel Martínez Estrada. Y se prolongan vivos en la movida de artistas y escritores jóvenes, dentro del triángulo creativo Fundación Proa, Museo Quinquela y Usina del Arte. En pleno siglo XXI, en La Boca siguen corriendo ríos de tinta que bombean al corazón porteño.  

 

Fuente: Garasa, D. L. La otra Buenos Aires. Paseos literarios por los barrios y calles de la ciudad. Buenos Aires: Sudamericana-Planeta. 1987; Franco, A. Franco, G. Calderón, D. Buenos Aires y el rock. Buenos Aires: CPPHCBA. 2006; Abós, A. El libro de Buenos Aires. Crónicas de cinco siglosBuenos Aires: Mondadori. 2000

 

Fecha de Publicación: 06/09/2020

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