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Juan Forn, el último gran lector argentino

Destacado escritor, traductor y editor, su cuento “Nadar de noche” es un clásico contemporáneo, reivindica que detrás, arriba, abajo, y a los costados, toda gran historia continúa a una gran lectura.

Arte y Literatura
Juan Forn

Un abrillantado reguero corre delante de las nuevas camadas de aspirantes a la literatura. Hacer una hazaña de la no lectura. Un bravo mundo nuevo que empieza a escribir matando a los padres, pero sin la molestia de conocerlos ni revisitarlos. Menos dolor, menos riesgo, claro. El reciente fallecimiento de Juan Forn, un protagonista de la modernización cultural del nuevo siglo, una que anticipó en su trabajo como editor de Planeta, y en el suplemento cultural Radar, permite volver la mirada a las hojas por leer. Y no solamente de sus novelas, cuentos, crónicas, y esos inclasificables artefactos poéticos que fueron las contratapas en el diario  Pag/12. Leer a los autores norteamericanos, británicos y argentinos que nos hizo descubrir en los noventa, o los escritores de la cultura europea milenaria, en los dos mil.   Parafraseando a Jorge Luis Borges, uno encuentra a Forn, “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”

De cómo un niño bien del seno de una familia aristocrática de raíces inglesas, una magma imaginativo  que permearía su escritura desde “Corazones cautivos más arriba” (1987) a la última novela, “María Domecq” (2007), se transforma en un buceador del lenguaje, una prosa inmersiva de sentidos, tiene mucho de las “historias inclasificables”, que tanto le gustaban. Marlon Brando y Federico Fellini, Bob Dylan y Alejandra Pizarnik, Vladimir Nabokov y Truman Capote, todos en el mismo ascensor. Forn fue llevando estas influencias a su propia cosecha, y por diferentes puertos, “las cosas a veces empiezan antes de tener un nombre. Y, sin embargo, hasta que las nombramos por primera vez parecen estar en un limbo de lo preexistente (en la novela “Puras mentiras” de 2001)” Forn fue viajero a dedo por Europa, trabajó en el campo para subsistir, y retornó a Buenos Aires con el puesto de cadete en una editorial, Emecé. Allí pasó peldaño a peldaño, puesto a puesto, “el gran salto a corrector fue después de que La Nación publicara un poema mío”, recordaría años después, y se transformó en el editor que revertió una tendencia del mercado local “Publiquen libros argentinos”, parece obvio ahora, pero no lo era desde la dictadura. Así editó a Rodolfo Rabanal, Vlady Kociancich, Abelardo Castillo, Alberto Laiseca, Isidoro Blaisten y Miguel Briante, a quien consideraba un par, “En primer lugar, Briante –decía a Ángel Berlanga en 2009- es un enfermo de la palabra justa; y esos son los escritores que más me gustan. Segundo, vivió en carne propia el dilema de hacer literatura y periodismo, que en mi caso también fue el de ser escritor y editor…en la época de Radar, la idea era hacer en todos los rubros eso que hizo Briante con sus textos de plástica…entrar a patotear”, redondaría de su creación de 1996. El suplemento cultural del diario Página/12 transformó a los colegas de América Latina con los botines de punta, y con una radical renovación  en las lecturas, sin caer en tilinguerías, hasta el alejamiento de Forn motivado por una severa pancreatitis. Forn dejó definitivamente la “tilinguería porteña” con la familia,  rumbo a la Costa bonaerense desde 2001, entre Villa Gesell y Mar de las Pampas.

Pero antes, antes, en la primera parte de los noventa, fue la estrella cultural de las pampas, en parte porque introdujo el marketing editorial con agentes de prensas, paparazzis, movidas mediáticas y notas en la revista masivas ¡A escritores! De un cóctel vespertino con Adolfo Bioy Casares pasaba Forn a una medianoche con Andrés Calamaro. De allí el mote despectivo de “rockerito”, de cierta crítica de “alta cultura” Para ellos el escritor, y editor, era la cabeza de los planetarios,  a quienes incluía en las hoy históricas colecciones Espejo de la Argentina, y Biblioteca del Sur de la Editorial Planeta, tapas de fondo blanco, y diseños innovadores. Guillermo Saccomanno, Rodrigo Fresán, Tomas Eloy Martínez, Antonio Dal Masetto y Osvaldo Soriano fueron imbatibles best seller, como no pasaba con la literatura nacional desde los sesenta. A grandes rasgos todos los planetarios bebían fuentes cercanas a la realidad social, y al periodismo, y se enfrentaban a los babélicos de Alan Pauls, Daniel Guebel o Charlie Feiling, ligados a la experimentación del lenguaje y la literatura pura, y contrarios al “mercadeo” de Planeta. De todos modos,  Forn también los publicaría a su tiempo, con una gran sagacidad para surfear las olas de la literatura nacional: una de sus últimas apuestas fue Camila Sosa Villada.

El Hombre que fue Viernes

En una charla radial con Mario Wainfeld, otra de sus editadas, la premiada internacionalmente Mariana Enríquez, dijo de Forn, “Las contratapas de Juan en Página/12 no son columnas de opinión. Su intervención es de escritor, de narrador, no de opinólogo. Esa es la particularidad de sus textos, la sensación como de oasis que deja en el diario. Además, en las historias que elige contar, él no se aleja de sus obsesiones. Casi todos sus textos son sobre vidas de escritores rusos, chinos, italianos, argentinos, centroeuropeos. O sobre su vida en Villa Gesell”, destacaba la también editora, una de las sucesoras de Forn en el suplemento. Estos artículos de los días viernes se iniciaron en 2008, e ininterrumpidamente fueron entregando un mosaico de las preocupaciones del también traductor, escritores y experiencias para una nueva centuria, al tiempo que en la Biblioteca Popular Rafael Obligado de Villa Gesell, un auditorio local escuchaba anticipadamente los bosquejos de esos mismos artículos hechos charlas públicas, a la gorra. Letras de molde que antes fueron palabra, lectura de lectura, y que se agrupan en varias compilaciones, aparecidas desde 2015.  También en los últimos años Forn volvió al ruedo editorial, con la dirección de la línea “Rara Avis” para Tusquests. Pero a Juan otra cosa le importaba más que nada, uno; “En la mesa ratona, una pila de libros, uno encima del otro, forman una estrella con puntas dispares. Vista desde arriba, en la superficie, sobresalen títulos de Carlos Monsiváis, Svetlana Alexiévic, Mercedes Güiraldes, Édouard Levé—Ese es mi mundo”, señalaba Forn en 2018 a Damián Huergo en www.revistaanfiaba.com, y dos, en la crónica de Huergo, “El sol alto de marzo baja en vertical. Forn amaga a salir del departamento, pero se queda en el umbral, ocultándose de la luz clara. Luego, usando la mano de visera, mira el cielo sin nubes”

“Ezra Pound sostenía que Kavafis era en realidad un poeta del futuro. Auden dijo que, de no haber leído a Kavafis, hubiera escrito peor mucho de sus poemas o no los habría escrito en absoluto. Milosz, Montale, Cernuda y Brodsky lo admiraban. Fue parte cotidiana del paisaje de Alejandría hasta 1933: con su sombrero de paja, el infaltable cigarrillo en una mano y el komboloi de ámbar entre los dedos de la otra, mezcla de oficinista y aristócrata fundido, contemplando desde su terraza la caída del sol en el mar desde el principio de los tiempos”, en una de las últimas contratapas, publicada en mayo de 2021 en www.pagina12.com, sobre su admirado Viejo Poeta retratado en la ciudad egipcia, aquel Konstantinos Kavafis inmortalizado en las novelas de Lawrence Durrell. Una imagen que bien podría ser la suya maravillado con los atardeceres gesellinos, llenos de esos ansiados momentos “de soledad cuando estás sin nadie y en comunión con vos solo”, reflexionaba Forn con Fernando Spiner.  “Según contó Giorgos Seferis años después –continúa Forn sobre Kavafis, tan lejos, tan cerca- la última anotación que hizo el Viejo Poeta antes de morir fue un círculo con un punto en su centro, un signo que en la tradición de los correctores de imprenta significa fin de página, punto final” Un punto y aparte para comenzar una nueva lectura.

 

Fragmento de “Nadar de noche”. En libro homónimo, Editorial Emecé, Buenos Aires, 1991.

“Era demasiado tarde para estar despierto, especialmente en una casa prestada y a oscuras. Afuera, en el jardín, los grillos convocaban empecinados y furiosos la lluvia, y él se preguntó cómo podían dormir en los cuartos de arriba su mujer y la beba con ese murmullo ensordecedor…Entonces oyó la puerta. No el timbre sino dos golpecitos suaves, corteses, casi conscientes de la hora que era. Cada casa tiene su lógica, y sus leyes son más elocuentes de noche, cuando las cosas ocurren sin paliativos sonoros. Él no miró el reloj, ni se sorprendió, ni pensó que los golpes eran imaginación suya. Simplemente se levantó, sin prender ninguna luz a su paso y cuando abrió la puerta se encontró con su padre parado delante de él. No lo veía desde que había muerto. Y, en ese momento, supo incongruentemente que ya se había hecho a la idea de no verlo nunca más.

Su padre tenía puesto un impermeable cerrado hasta arriba y el pelo tan abundante y bien peinado como siempre, pero totalmente blanco. Nunca habían sido muy expresivos entre ellos. Él dijo: “Papá, qué sorpresa”, pero no se movió hasta que su padre preguntó sonriendo:

—¿Se puede pasar?

—Sí, claro. Por supuesto”

 

Fecha de Publicación: 01/07/2021

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