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Juan Carlos Distéfano. Escultor de lo que pasa en la calle

El artista argentino hace una crónica cruda y bella de los sucesos de un pueblo. “La memoria residual” es su exposición íntima en el Museo Nacional y nos interpela en lo que somos.

Hay algo de la nuda vida que trasciende de las esculturas de Juan Carlos Distéfano. Algo que el poliéster, la resina epoxi y la pintura transforman en carnestolendas, las carnes que se han de quitar para llegar al hueso. Eso de la memoria residual de las vidas próximas que el artista viene fijando para la posteridad en figuras que pueden resultar convulsivas y crudas, en el sentido que pretendían los surrealistas de la belleza, dramática y dolorosa, profundamente humana. La exposición actual en la sala temporaria del Museo Nacional de Bellas Artes reúne diecinueve esculturas creadas entre 1972 y 2022, junto con dieciséis estudios para la realización de varias de ellas, y contiene los mitos arcaicos, las imágenes poéticas, la realidad cotidiana y la memoria que definen una trayectoria coherente de medio siglo. Distéfano, además referente del diseño gráfico en su paso por el Instituto Di Tella, quiebra los modismos creando una producción profundamente personal, sustancial también en su integridad ética.

“Una joya dura”, así definió la muestra el director del museo Andrés Duprat, resaltando que sin la presión de una antológica, ni una retrospectiva, es una oportunidad de avistar el mundo privado y sensible del artista. Según explicó María Teresa Constantin, que fue también curadora del Pabellón Argentino en la Bienal de Venecia de 2015 con la obra de Distéfano,  “los trabajos exhibidos invitan a la observación del tratamiento del color en su obra, las transparencias y capas, el error que, capturado, nutre un detalle y los efectos y sentidos producidos por la inclusión de materiales reales al interior de las obras -Se trata de- una exposición íntima, donde se exhiben hilos de la memoria, imágenes latentes. Aquello que fue atesorado y retenido desde sus tempranos viajes a Europa, la amada Italia (memoria también de sus orígenes), un modo de estar en el mundo, los desgarros que produce y, siempre, el consuelo del arte”, recalcando que varias de las piezas son expuestas solas, o en conjunto, por primera vez al público general.

“”La necesidad del arco iris” es la última obra que realizó Juan Carlos”, enfatizó la curadora, y agregó, “Fue su modo de resistir la pandemia. Creo que en ella está condensado el pensamiento del artista. Aquí en el museo se pueden ver el origen fundacional de la pieza, los dibujos preparatorios, inspirado en el panel central de un famoso cuadro de El Bosco. En el dibujos se ve cómo piensa el artista y cómo piensa un dibujante escultor, que tiene sus mañas distintas a otros artistas”, destacó señalando posibles interpretaciones de ese conjunto de colorido marco para las viscerales figuras del pie. “Yo puedo hablar de técnicas pero deseo que el espectador realice su propia interpretación”, contestó Juan Carlos Distéfano, que micrófono en mano, volvió a demostrar esa humanidad que le permite iluminar con intensidad la existencia de los argentinos.

Periodista: Uno observa en sus esculturas un deseo de pintura, ¿por qué no fue pintor?

Juan Carlos Distéfano: ¡Es que yo traté de ser pintor! Pero cuando pasé a la tercera dimensión, y tomé arcilla, eso me hizo dejar las dos dimensiones. Por el placer. Fíjase cuando a los chicos dan arcilla para trabajar. Se vuelven locos. Por el cariño que a uno le produce. Es como tocar carne. Ser carne. Y manipularla. Y hacer lo que uno imagina. No es una huída de la pintura, yo venía del diseño gráfico. Así que quién sabe por qué se me dio hacer bultos. Y cuando empecé a hacer uno, no pudo dejarlo. La sensualidad de la arcilla, o la cera, es incomparable.

“El mensaje que no llega. Me pareció tremendamente triste”

P: ¿Cómo nace la obra que lo conecta con la célebre Urpila de Ramón Gómez Cornet?

JCD: Tengo una profunda admiración por Gómez Cornet. Me parece uno de los artistas más sinceros y profundos que tiene la Argentina. Como Alfredo Gramajo Gutiérrez. Cuando él estaba de maestro de la Escuela de Bellas Artes nos ponía a trabajar en moldes de yeso durante cuatro horas. Algo que era bastante aburrido. Y Gramajo pasaba después de que nosotros estábamos hartos de dibujar el yeso, llenos de carbonilla, y repetía siempre esta frase: “Y bueno, déjelo como cosa” Nunca entendimos qué era dejar como “cosa” Nos burlábamos de él pero con el correr del tiempo -y comprender que el error es parte de la obra- esa risa se transformó en un gran respeto. Porque es uno de los artistas más extraordinarios. Quise hacer un homenaje a esa generación y trabajé con Gómez Cornet porque aún no lo encuentro la vuelta a Gramajo.

Entonces se me ocurrió que la Urpila venía a Buenos Aires ¿Y qué hacía acá? Y era cartonera. Por eso aparece el Obelisco y demás elementos que remiten a una pintura maestra de Gómez Cornet -patrimonio MNBA-, que todavía creo no llego en su totalidad. Las monedas que aparecen en el pie eran monedas devaluadas que se olvidaron mis padres arriba del ropero. Ellos eran almaceneros y tenían una lata para el cambio, que pusieron en ese mueble por mucho tiempo. Y cuando ellos fallecieron las encontré y recién ahora las incorporé.