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Juan Carlos Dávalos. La tierra no entrega su alma al propietario, sino al poseedor

Poeta mayor de Salta, iniciador de un linaje de artistas, en Dávalos la Quebrada, los Cerros y la Cordillera son literatura argentina y las leyendas norteñas patrimonio común de Latinoamérica.

Arte y Literatura
Juan Carlos Dávalos

La poesía y la prosa de Juan Carlos Dávalos se hacen camino en el surco de la piedra y el hombre ancestrales. El escritor puso el oído y el alma a acompañar los días y los sufrimientos de sus paisanos, renunciando a la cuna de oro que lo trajo al mundo, y pobló la imaginación popular de duendes y animales sabios con humor y solidaridad.  Llevó a Atahualpa Yupanqui a escuchar los sonidos de los Valles Calchaquí y deslumbró a Ricardo Güiraldes con sus historias de gauchos y sombras, antes que el escritor inmortalizara al resero de San Antonio de Areco. Varios paisanos quedaron en las líneas de Dávalos para la posteridad, el tabaquero Andrés Ramírez, el verdulero español Don Ventura, el montaraz Amadeo Alzogaray y los arrieros del viento blanco cordillerano Loreto Peñaloza y Antenor Sánchez. A Serapio Guantay, puestero del cerro San Lorenzo, cuna de la infancia, remembranza que insufla su obra, escribe unos versos: "viviendo yo en el poblado, tú en las breñas/ sin saber me edificas/ sin discurrir me enseñas/ con esta noble vida que practicas".

Poeta, narrador, dramaturgo, ensayista y cronista, Juan Carlos Dávalos conjugó los brillos lejanos de la Salta colonial, la Salta de Don Martín de Güemes, con el huracán de la modernización; tal como queda reflejado en el choque cultural entre los inmigrantes alemanes y Don Roque Pérez en el cuento “La cola de gato”. Este narrador fundacional de la Salta mítica había nacido en el Villa San Lorenzo, a pocos kilómetros de Salta capital, el 11 de enero de 1887, y por su sangre corría ilustre linaje español y patriota, por línea materna estaba emparentado con Güemes.  A Juan José de Soiza Reilly en la revista "Caras y Caretas”, del 30 de setiembre de 1933, Dávalos escribe desde Cachi los años posteriores al fallecimiento del padre Arturo,  “Mi vocación despertó a los 13 o 14 años. El año que murió mi padre, pasé el verano con mi abuela Isasmendi, en su finca Colomé, en tierras calchaquíes, donde mi bisabuelo había tenido una enorme encomienda: la que hoy es todo el departamento de Molinos. Las originales costumbres, los quehaceres domésticos, morales e industriosos de mi abuela, sus colerones, sus rezos, sus reniegos con la servidumbre, en fin, todos los aspectos de un carácter excepcionalmente apasionado y enérgico, los consigné en un cuaderno escolar, y en secreto. Uno de mis tíos me sorprendió escribiendo, leyó los apuntes y se armó un alboroto. Sofocón de mi abuela, llanto, reprimenda de mis tíos, y por último secuestro y destrucción de las páginas indiscretas e irreverentes", en una cita de Andrés Mendieta para el Portaldesalta.gov.ar. Y agrega el mismo Dávalos el derrotero posterior: "A los 15 años publiqué versos, muy malos naturalmente, en los diarios de mi pueblo, y artículos periodísticos de diversa índole: crítica social, crítica literaria, actividades estudiantiles, etc. A los 17 años, en compañía de David Michel Torino, actual director de El Intransigente, y de Julio J. Paz, el periódico estudiantil "Sancho Panza" que murió al 5º o 6º número, víctima de su propia insensatez".

Desde los primeros trabajos queda retratado un original acercamiento a los costumbres y las tradiciones norteñas y, en particular, a la herencia familiar, lo que hace que en varias ocasiones Dávalos hable de un proyecto literario autobiográfico, “Manos de mis abuelos, duras almas de roca,/ para quienes la vida era acción y pasión!/ ¡Almas de España fuerte, almas de España loca,/ aún os llevo insepultas aquí en mi corazón", en el prólogo a su drama en tres actos y en verso “Don Juan de Viniegra y Herze” (1917). Para los diez ya había hecho el viaje ida y vuelta a Buenos Aires a estudiar Derecho, hijo adorado de una rica viuda Isabel Patrón Costas, dueña de tierras y hombres en Salta, y se codeó con la bohemia literaria porteña. Pero ni las luces de la ciudad, ni el oro de la familia, convencían al poeta que alguna vez  señaló, “después de 3 años de "hacer de estudiante" me vine a Salta, donde compré un aserradero y serruché 80,000 pesos, arruinando, o poco menos, a mi familia que pagaron mis deudas y no me dejaron quebrar". Así en 1914 publica los poemas modernistas “De mi vida y de mi tierra” e inicia una carrera en el mundo de las letras con el respaldo de Manuel Gálvez, a quien conoce ese año, hito fundamental en el despegue de Dávalos.

Davalos

“¿Qué les importa el negocio?”

En 1918 en la colección que dirige Gálvez de la Cooperativa Editorial Buenos Aires aparecía “Salta”, la primera recopilación de relatos folklóricos que darían renombre a Dávalos; algo además inusual para un autor que no frecuentaba las amansadoras de la Reina de la Plata. Quien quisiera conocerlo, caso Güiraldes, debía enfilar al Norte –si bien daba continuas conferencias en el país para difundir la cultura de su tierra- En el primer cuento de este libro, “Los burritos leñateros”, un travelling de los vientos de cambio, brillante, “Ellos traen a la ciudad modernizada un poco de la paz de los campos, la sobriedad rural, la lentitud de los días siempre iguales y hermosos bajo el infinito azul, en las praderas apacibles. Con su pasito tácito, su leñita a la espalda, y su peluda ropa de anacoretas, arreados por un muchacho que monta una triste jaca cerril, pasan lentamente por la calle los burritos leñateros. Son las nueve de la mañana. En una puerta asoma una mujer, y trata con el muchacho por la leña. Los burros siguen viaje. A ellos, ¿qué les importa el negocio?”.

Cuatro años más tarde publicará “El viento blanco”,  la infaltable colección del relato nacional, sea el siglo que sea, encabezada por la epopeya de Antanor Sánchez y sus troperos, “seres pasivos y leales en cuyas rudas almas el sufrimiento era un hábito heroico. Ellos no dijeron ni una palabra de queja, pero Sánchez les había visto en diversos momentos ocultar su aflicción y sacudirse sollozando en silencio", narración donde el paisaje y los hombres edifican un himno yupanquiano de cabo a rabo. Éste cuento es insoslayable en las compilaciones latinoamericanas de todos los idiomas, a la altura de Jorge Luis Borges y Pablo Neruda, y fue traducido al chino en los treinta, refiere Carlos Orlando Nallim en 1972.  “Los casos del zorro” (1925), “basta el hecho de hallar aún en nuestras campañas tales manifestaciones de alma nativa, para que los escritores las recojamos con amor y procuremos incorporarlas a la literatura argentina”, acotaba Dávalos en el prólogo de una recopilación magistral de fábula folklórica, y “Los gauchos” (1928), centrado en el campesino fronterizo, se destacan sobre una producción editada más bien escasa. Juan Carlos Dávalos publicó seis poemarios y trece recopilaciones de cuentos y relatos, más bien poco repetían a coro los cenáculos literarios, mientras el poeta prefería las largas peregrinaciones y hablar con el hombre y mujer humilde del cerro. Por ejemplo en 1937 se largó a recorrer ochenta leguas de valle durante varios días y anduvo por El Churcal, Banda Grande, Molinos, Seclantás, Laguna Brealito, San José, Cachi y Payogasta. Una vez más ingresó a caballo norte adentro, se zambulló en el pasado, y transformó esas voces en un realismo con proyección folklórica, un preciso antecedente del realismo mágico del boom de los sesenta. Como dice en Oda a Guantay: "Yo me siento tu hermano y en mi nativa inspiración advierto que en mí se funden indio y castellano, los enemigos en final concierto"

Alguna vez dudó si el poblador blanco, del cuál era Dávalos descendiente, había comprendido a la América y sus habitantes originarios, "No estamos hechos  como ellos de la misma sustancia que nutre las plantas de las montañas y de las selvas. No conocemos el semblante de cada rincón del cielo, de cada valle. Las humildes hierbas de los campos no alivian nuestras dolencias, no sabemos cómo se corta una "quirusilla" [begonia] en un despeñadero, sin provocar la furia de los antiguos dioses; jamás podríamos cazar una vicuña con la mano a fuerza de astucia o con un simple hilo a fuerza de ingenio. Nada nos dice de antiguo o legendario el eterno zumbar del viento en los cardones" –citado por Roberto García Pinto- Seguiría publicando títulos encomiables, “Relatos lugareños” (1930), “Los valles de Cachi y Molinos (1937), “Salta, su alma y sus paisajes” (1947), aunque la fama eterna sería la de un Quevedo criollo, en eximio animador Don Sanca de la escena salteña, un pintor de certeros frescos costumbristas y humanista como pocos, y que influenciaría decisivamente al Nuevo Cancionero desde las entrañas del criollo, el gaucho y el indio. Juan Carlos Dávalos fallece el 6 de noviembre de 1959 en Salta y por él se celebra el “Día del Escritor Salteño” –además de conmemorar a Juana Manuela Gorriti – En la actualidad su centenario hogar de la calle 20 de febrero 647 en Salta capital, donde fundó una familia de poetas y folkloristas, es la  Casa de la Música y la Poesía Juan Carlos Dávalos. Manuel J. Castilla, discípulo y amigo, le dedicó entonces unos versos: "porque la tierra viva se quedó en las manos/ como una húmeda sombra enamorada/ Yo digo que la tierra lo nombra en la semilla". Una memoria de viento blanco que aún no escuchamos pero sigue soplando. Fuerte.

Davalos

Dice Juan Carlos Dávalos

"Yo estoy hecho a las cordilleras donde reinan en toda su majestad salvaje las fuerzas eternas y ciegas del mundo. Estoy acostumbrado a contemplar más que a pensar. Soy esta cosa sencilla: un buscador de belleza en el paisaje natal y en las almas ingenuas de mis comprovincianos. Yo admiré en la Naturaleza, un inmenso afán de ser, de realizar todas las formas y todas las, posibilidades, la tradición y la leyenda son el pasado mismo que subsiste, no en la letra muerta ni en el grabado oscuro, ni en el vestigio arqueológico, sino en el alma de los hombres como intuición de lo ancestral, como recuerdo traslúcido de los tiempos heroicos, como afirmación evidente de un arraigo inveterado y tenaz sobre la tierra. La tierra, como la mujer, no entrega su alma al propietario, sino al poseedor". Conferencia del 6 de agosto de 1921 en el Jockey Club de Buenos Aires. Citado por Jorge Calvetti en “Juan Carlos Dávalos”, Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1962, p. 12-13

Dicen de Juan Carlos Dávalos

“En aquella Salta apacible hice amistad con Juan Carlos Dávalos. Él fue mi mejor guía, sobre todo en el sentido espiritual que podemos dar a esta palabra. Dávalos me refería leyendas y tradiciones, y me hablaba de la vida provinciana, cuyas cosas y cuyos tipos característicos conocía profundamente, juzgándolos con su humorismo benévolo y original. Dávalos me recitó algunos de los pocos versos que hasta entonces llevaba escritos y me leyó varias de las páginas que componen este volumen. Convencido de las facultades de Dávalos, le incité con entusiasmo a que escribiera; y creo haber contribuído en buena parte a su dedicación literaria… La prosa de Dávalos está matizada de palabras que nos parecen viejas o demasiado castizas. Pero no son palabras que Dávalos haya aprendido en los libros. Las ha adquirido del pueblo, del campesino salteño, que habla un hermoso castellano, un castellano con algo de rancio y a la vez algo de quíchua. Al usar, pues, aquellas voces, Dávalos, lejos de mostrar afectación, hace obra rigurosamente argentina”. Prólogo de Manuel Gálvez a “Salta” (1918)

Así escribe Juan Carlos Dávalos

“Los gauchos armaron al punto sus lazos y se los arrojaron al infeliz de don Ventura Perdigones, que a manotones y zambullidas y vueltas de carnero en medio del agua, ni pudo, ni atinó con los auxilios.

Y mal acaba el lance, si no logra prenderse, con todas las fuerzas que le restaban, a las raíces de un sauce ribereño.

Y ya en tierra firme, pasado el susto, un paisano le dice al gallego:

- Velay, pues, ño Ventura, aura que se ha salvao, dé gracias a Dios; porque esto ha sido un milagro.

Y el gallego, malhumorado y tiritando, le contestó:

- Hombre, dí tú gracias al sauce; que las intenciones de Dios fueron ahogarme”

En “La creciente”,  transcripto de “Cuentos y Relatos del Norte Argentino” (1946).

 

Imágenes: Porta del Salta / El Tribuno

Fecha de Publicación: 11/01/2022

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