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Haroldo Conti. El hombre en su totalidad es una causa

El Boga, los Orestes, El Viejo de “Todos los veranos”, personajes de carne viva que el escritor pone a deambular, solitarios, revolucionarios, en una gesta de Libertad. Su escritura, ladrillo a ladrillo, anunció otra realidad que no pudieron acallar los militares en 1976.

Arte y Literatura
Haroldo Conti

En abril de 1976, Haroldo Conti publica “Tristezas del vino de la costa o la parva muerte de la Isla Paulino”, una de las mejores crónicas argentinas de todos los tiempos, en la revista Crisis. Retrataba la vida de los lugareños de este islote cercano a Berisso, provincia de Buenos Aires, tragedias y esperanzas, con la misma maestría que sigue el derrotero fatal del Boga en “Sudeste” (1962) A partir de esa novela, el Delta sería imaginado Contiano. Haroldo estaba por cumplir cincuenta años y en pleno pico creativo. Ya Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa lo habían alabado internacionalmente por la novela “En vida”, Premio Barral de España. Oportunamente la revista Gente sumó a Conti a los personajes de 1971, tapa anual emblema de la publicación, con el ministro de facto Mor Roig y el cantante nuevaolero Sabú, entre otras celebridades de cotillón. Era Haroldo para el 24 de marzo de 1976, fecha del comienzo de la mayor vergüenza nacional, un personaje que podríamos llamar mediático, que aparecía con frecuencia en diarios y revistas, y cuyos libros de cuentos vendían miles en quioscos de revistas y librerías de precios populares. Papeles que arderían. Cuerpos que desaparecerían como el mismo Haroldo Conti, militante de izquierda, el 5 de mayo de 1976, apenas pasada la medianoche en Palermo, tras regresar de la función de “El Padrino II”; el cine uno de los grandes amores del escritor. Como las historias de las gentes y el destino de América Latina.

“La isla está ahí, fantasmosa, pero entre sus árboles viven hombres de carne y hueso que esperan a pesar de todo esas ligeras amarras que la salven de irse a pique para siempre. Yo mismo mientras recruzo el río no pierdo la esperanza porque, vaya vulgaridad, todavía creo en el hombre y creo en este país”, semblanteaba Conti en el Año Nuevo de 1976, experiencias recogidas en la crónica de Crisis, con el mismo método de cruzar vida y ficción de su literatura, de salir a contaminarse con la mugre de la calle y las epifanías de sus habitantes. Encontrar pepitas en el barro como el quintero Segundo Gatti, que recordaba los famosos tallarines de Don Paulino que degustó Julio Argentino Roca, o el puestero Ernesto Trillo, que salvó vidas en la violenta crecida del 40´ que casi hace desaparecer la isla Paulino. Historias de personas que también desaparecerían con el horror de la dictadura, faltando la pluma de Conti, Paco Urondo y Rodolfo Walsh, por citar nomás dos compañeros de ruta y lucha. Desapareció Conti porque se enfrentaba a los “enanos”, como subraya en la crónica, que gobernaban el mundo.  Sus letras, pescadas en el movimiento del río de los pueblos,  aún denuncian a los enanos.        

Haroldo Conti 

La trayectoria de Haroldo Conti, nacido el 25 de mayo de 1925 en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, comparte varias señas de la generación de escritores nacidos fuera de la Capital Federal, Antonio Dal Masetto, Ricardo Piglia, Antonio Di Benedetto, Juan José Manauta o Abelardo Castillo, fuertemente influídos por la literatura norteamericana, Ernest Hemingway y la generación beat, Conti lector temprano de Jack Keroauc. Ellos fundían un nuevo realismo, alimentado de un mundo en pugna, peronismo proscripto, revolución cubana y movimientos de derechos civiles. “Soy un frustrado aventurero que nunca se animó a largarse por el mundo”, admitía Conti en 1971 a Juan Carlos Martini, periodista y escritor que lo había incluído en la antología “Los mejores cuentos argentinos de hoy” con “Todos los veranos” “La vida tiene sentido en el camino…-la- idea del homo viator, del que pasa, la idea de que el hombre es un forastero, un pasajero en esta tierra, de paso hacia otra cosa”, en la misma nota de Martini, rescatada por Juan B. Duizeide en el prólogo de “Haroldo Conti. En Prensa (1955-1976)” (Ediciones Bonaerenses. 2022).

De viajar kilómetros físicos, y espirituales, conocía bien Conti, que creció acompañando a su padre vendedor ambulante, de quien heredaría la capacidad de registrar la lengua popular. De su paso de seminarista obtendría la amistad del intelectual jesuita, el padre Leonardo Castellani, fundamental en sus primeras lecturas. En ese ambiente improvisaría pequeñas obras teatrales que fueron el germen de su futuro literario, además de los primeros pasos en la docencia. Castellani, junto con Esteban Ratti, entre los intelectuales y escritores reunidos por el dictador Videla en el infame almuerzo del 19 de mayo de 1976, pidió por la aparición de Conti, y consiguió darle la extremaunción el 8 de julio de 1976 en la Coordinación de la Policía Federal, de acuerdo a Mariana Canavese. Sería el último que vio con vida a Haroldo Conti. Para la Justicia Argentina, en un polémico fallo de 1990, el escritor fue asesinado el mismo día del secuestro a pesar de que hay testigos que lo vieron junto al cineasta Raymundo Gleyzer en el Centro de Tortura y Exterminio El Vesubio a fines de junio de 1976.

“Éste es mi lugar de combate y de aquí no me moverán”

Comienza a mediados de los cincuenta su enamoramiento del mundo del cine, gracias a unas becas del cineclub Gente de Cine del crítico Roland, donde aprendería varios de sus recursos narrativos, y, alternando diversos trabajos, transportista y aviador civil, se afinca en el Delta, isla Les Palmiers,  con su esposa Dora Campos, madre de Alejandra y Marcelo –igual se llama el personaje de “En vida”, que le recuerda a Oreste una vida gris que quiere olvidar. Sus literatura está recargada de referencias ficcionales autobiográficas-. Con “Sudeste” (1962) llega el Premio Fabril, y Conti irrumpe en la literatura con una nueva percepción de lo concreto y la cultura popular en los ojos de río del Boga, un país que no miramos; distinto al marketinero boom del realismo mágico. Aparecerían los libros de cuentos, “Todos los veranos” (1964) y “Con otra gente” (1967), que otorgan prestigio continental a Haroldo, sin abandonar las labores el escritor en colegios de Buenos Aires, dictando latín, entre ellos el Mariano Moreno y el Normal Nro. 7 Sarmiento –cargos a los cuales los militares en 1979 cesantean por “abandono de tareas” (sic)-. En medio, casi fallece en el naufragio de su Atlantic, el yawl de 16 metros de eslora, frente a las costas uruguayas.

1971 resultaría un año clave en su producción, ya que el mismo Conti señalaría que su obra anterior puede ser considerada “individualista” El primer viaje a Cuba constituyó “mi primer contacto a flor de piel con América. Y eso me bastó para hacer una cosa distinta, una novela jubilosa, “Mascaró”, abierta, donde por primera vez los personajes ni mueren. Decidí hacer una literatura con un sentido más americano, cosa que, en ese momento, estaba muy lejos de mí”, enmarcaba del periodo agitado que condensa el argumento de “La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro”,  (Nicolás Sarquís. Estreno 1983), el libro de cuentos “La balada de álamo carolina” (1975), y decenas de colaboraciones para revistas argentinas y extranjeras. También el rechazo a la beca Guggenheim, por convicciones ideológicas, y la participación de un congreso de escritores en Bogotá financiado por la Fundación Rockefeller. Unido a Marta Scavac, con quien tendría a Ernesto Agustín, en homenaje al Che Guevara  -dedica Conti su cuento “Con gringo”- y el sindicalista Agustín Tosco. Manifiesta públicamente el escritor su adhesión al Partido Revolucionario de los Trabajadores, marxista-leninista, aunque no tiene un cargo en la guerrilla ni en la inteligencia ni en la conducción, al menos no ha podido comprobarse.

Lo cierto es que el escritor actúa como articulador social entre la cúpula de la izquierda radical y el hombre de la calle. Allí residía el peligro para la brutal dictadura, que lo secuestra tan tempranamente, que llega su caso insólitamente al diario New York Times. El mundo literario e intelectual del mundo reclamó por Haroldo Conti, iniciando la denuncia del Terrorismo de Estado con menos de dos meses del golpe del 24 de marzo. La mañana anterior del fatídico 5 de mayo de 1976 había terminado Conti un cuento en la casa de Fitz Roy, “A la diestra”, antes de ir a sus clases con estudiantes secundarios, y, seguramente encima del escritorio, miró la inscripción que del latín se traducía, “Éste es mi lugar de combate y de aquí no me moverán”. Lo único que los asesinos del Batallón 601 no destruyeron fue el último cuento de Haroldo Conti. El Mal, la Muerte, se detuvo ante la Vida, el Arte.           

Dice Haroldo Conti

“A veces se habla de compromiso únicamente en términos políticos, como si el escritor debiera ser solamente el portaestandarte de una causa política. Uno se puede comprometer con un sistema político pero también con un drama individual…El hombre en su totalidad es una causa. Mucha gente habla de revolución y se olvidan que las revoluciones las hacen los tipos concretos. En “En vida” quise hacer la radiografía de un hombre del montón, jodido por esta sociedad, castrado en sus posibilidades de elegir…hay en el protagonista una revolución interior, un cambio de actitud vital. Es el problema moral por excelencia; el de la libertad. Y es que la revolución empieza por el individuo, no se impone por decreto” entrevista de 1975 aparecida en el diario La Opinión de Heber Cardoso y Guillermo Boido en Saítta, S. Romero, L. A. Grandes entrevistas de la historia argentina. Buenos Aires: Aguilar. 1998

Dicen de Haroldo Conti

“Él es el mago viejo. Su voz dice palabras de mucha hermosura. Cuando él se pone a contar, la memoria corre con tanta inocencia y libertad que uno la siente capaz de saltearse, para siempre, el día de la muerte”  Eduardo Galeano en Los Novios y otros cuentos. Buenos Aires: Editorial Pag/12. 1994.

Dicen de Haroldi Conti

“Conti reunió dos tradiciones de la literatura argentina: por un lado, la que viene de los Cuentos de Pago Chico de –Roberto- Payró; por el otro, la que arranca de –Roberto- Arlt  para mostrar una ciudad como un zoológico sin rejas, en la que deambulan raros personajes que la miden, la miran, la develan. Claro que a diferencia de Payró, Conti narró más que nada la pampa gringa, no la de los gringos que triunfaron, fundaron estancias, pueblos, generaciones, sino la de aquellos gringos que no llegaron a ser dueños de los tierras, la de los marginados dos veces en la geografía y eternamente en el tiempo. Y a diferencia de Arlt, ya en la ciudad, Conti clavó una mirada, la de un solitario, la de un extranjero ambulante, de la un hombre siempre de ida y vuelta” Miguel Briante en Desde este mundo. Antología periodística 1968-1995.Buenos Aires: Sudamericana. 2004

Así escribe Haroldo Conti-  En Vida. Barcelona: Barral Editores. 1971

Hacía frío, con lo que la calle y la noche, que borró de pronto el terraplén, parecían más solitarias. Los trenes se fueron espaciando. Por fin dejaron de pasar. A ratos se quedaba dormido y cada vez que se despertaba la noche era distinta. En una de esas vio a los muchachos que jugaban en el baldío. El gordo Primo de arquero y el flaco Arostito de centro. Se movían en silencio y saltaban por el aire como en cámara lenta debajo de una luz muy blanca. No alcanzaba a ver contra quién jugaban. Se pasaban la pelota interminablemente alentándose con grandes voces y ademanes, aunque no alcanzaba a oír nada. Al fin se puso nervioso y comenzó a gritarles, animándolos. No había otra cosa delante, solo los muchachos que corrían de un lado al otro en esa pálida claridad, corrían y corrían, y eso era toda la vida.

Abrió los ojos y vio delante de él a Margarita que lo zamarreaba con suavidad.

-¿Qué hacés aquí tan tarde?

Oreste miró hacia el baldío.

-Me gusta, eso es todo.

-Te puede hacer mal

Miró su cara que lo contemplaba con ese gesto de pesadumbre o cansancio que de pronto la apartaban de las cosas. Alargó la mano y la acarició.

-Vamos adentro- dijo ella.

 

Imágenes: Télam

Fecha de Publicación: 25/05/2022

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