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Finalmente el escritor sobrevoló Buenos Aires

Este titular parece fantasioso, exagerado. Pero tratándose de Roberto Arlt, fue el cierre más adecuado para su vida.

Este titular parece fantasioso, exagerado. Pero tratándose de Roberto Arlt, fue el cierre más adecuado para su vida.

Cuando Arlt murió a los 42 años, armaron el ataúd en su pieza de la pensión, pero Roberto Arlt era demasiado grande para irse por el pasillo y tuvieron que sacarlo colgando a través de la ventana mediante un engendro de aparejos y poleas, como flotando sobre su ciudad.

Desde el màs allá seguramente se sintió orgulloso con esa partida. Buen argumento para un aguafuerte habrá dicho.

Su identidad, creación propia

Roberto Arlt se creó a si mismo; por decisión propia abandonó el colegio en tercer grado, para educarse en la calle y en las bibliotecas en donde conoció a Bodelaire y Niestche, y a los tratados de física y química que le despertaron sus inquietudes de escritor y le forjaron su propio lenguaje.

En esa creación, a los 9 años, fue ácrata y apedreó los vidrios de un almacén valenciano como repudio por el fusilamiento de Ferrer en manos de su majestad Alfonso XIII. A los 16 se anotó en la Escuela Aeronáutica con dos patentes en su haber: el contador de estrellas fugaces y una máquina que escribía lo que se le dictaba.

Arlt es quizás uno de los pocos escritores destacados en los comienzos del siglo XX que proviene de la clase media de escasos recursos económicos, hijo de inmigrantes pobres, educado en la escuela pública y de formación prácticamente autodidacta en la ciudad de Buenos Aires. Su territorio es el del barrio de Flores, las tertulias, las bibliotecas públicas, socialistas, anarquistas, los centros de cultura barrial, el periodismo y las publicaciones populares.

Su primera novela

Roberto Arlt dedica su primera novela, El juguete rabioso, a Ricardo Güiraldes. Expresa con este gesto un agradecimiento a este escritor mayor que él, que a pesar de su cercanía con los martinfierristas y de editar la revista Proa, que fundó en 1924 con Borges y Brandán Caraffa, ayuda a Arlt en la escritura y publicación de esta novela. Güiraldes goza de cierto prestigio como escritor en ese momento, su condición social es la de un rico estanciero que ha elegido la literatura y publicado varios libros por ese entonces. No obstante de ser visto por sus colegas escritores como un dandy, que ha vivido en París, es afable y bohemio, por eso goza de cierto respeto y simpatía en la relación con otros escritores. Arlt lo frecuenta y es Güiraldes quien lee los originales del joven narrador y le sugiere algunas correcciones de esa primera novela que escribe. Además es quien le aconseja que cambie el título elegido en un principio por Arlt, La vida puerca, por El juguete rabioso.

Pero él fue más que eso. Fue una escritura incomparable y una novela, "Los Siete Locos", a la que, como se ironizaba en esa época, le faltaba el octavo. Él mismo. Los temas principales son, por cierto, la locura, la marginalidad, la humillación, la conspiración política, la traición, la invención técnica, que no sólo pueden encontrarse en sus novelas, sino también en sus cuentos, aguafuertes y piezas teatrales. Es decir, que atraviesan distintivamente toda su obra literaria.

El autor como personaje literario

Tanto las autobiografías como las ficciones de autor que Arlt va escribiendo y reescribiendo a lo largo de los años -a las que podrían sumarse sus cartas personales y las entrevistas- construyen una figura de autor y cuentan una vida que busca borrar los límites entre el autor y los personajes ficcionales. Ya en su primera autobiografía, publicada en Don Goyo días después de editada su primera novela El juguete rabioso en 1926, Arlt presenta los datos de su propia vida como si fueran los de su personaje, Silvio Astier. En esa autobiografía humorística cuenta, como lo hace Astier, cuatro aventuras de iniciación: en la política, en el delito, en el amor y en la literatura.

 

Como bien ha dicho su hija Mirta Arlt: "Mi padre fue el más arltiano de todos sus personajes".

Y, según palabras de Ricardo Piglia, "Su cadáver sigue flotando sobre una ciudad que de a poco se ha ido adaptando a su narrativa".

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