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Emilio Pettoruti: el pintor frente a su espejo

Gran provocador de los veinte, y autoridad oficializada en los cuarenta, Pettoruti encarna un proyecto de arte moderno apto todo público.

Emilio Pettoruti (1892-1971) representa las tensiones de un arte argentino enrolado en las vanguardias internacionales  y sus lecturas y derroteros en el contexto local.  Modernidad y tradición encuentran en sus geométricos arlequines, pájaros, soles o copas, en un entorno metafísico, un orden, una armonía, una jerarquía, que reposa serenamente en un mundo sin angustias.

Con una formación casi autodidacta, solo algunas clases con el maestro Atilio Boveri y el arquitecto Emilio Coutaret, hijo de familia numerosa inmigrante, Pettoruti comienza a trabajar realizando caricaturas en la prensa de su La Plata natal. En 1911 expone sus viñetas humorísticas en el diario platense “Buenos Aires”, y consigue el apoyo el diputado Rodolfo Sarrat, que había sido uno de sus modelos, para un viaje becado a Europa. Diez años en el Viejo Continente revulsivos inicialmente bajo el impacto del futurismo, “fue para mí un choque enorme -la Exposición Futurista Lacerba en 1913-, piénsese que venía de La Plata, una ciudad donde reinaba el claro de luna, -el escritor colombiano José María- Vargas Vila, y que era la primera vez en mi vida que veía obras de vanguardia”  Conoce en persona al líder futurista Marinetti y queda profundamente desilusionado de su radicalidad antitradicionalista, “porque la pintura fue y sigue siendo construcción y color”, anota premonitoriamente. En la misma época entabla amistad con Xul Solar, el otro gran disruptor del arte argentino de las primeras décadas del siglo XX, y comienza su acercamiento al cubismo de Juan Gris.

Pettoruti regresa a Buenos Aires con una exposición en la galería Witcomb, donde presentó ochenta y seis trabajos entre pinturas, dibujos, mosaicos, diseños y escenografías para teatro de títeres. Y ese 13 de octubre de 1924 se inició el arte contemporáneo argentino con su futurocubismo que lanzaba martillazos al naturalismo, con rasgos impresionistas, y al regionalismo pintoresquista, esos que reinaban apacibles en salones y museos. Unos decían que sus trabajos eran una “ofensa a la dignidad del país”. Otros, los muchachos martinfierristas de Jorge Luis Borges y Xul, saludaban bullangeros la renovación de la plástica nacional. Inmediatamente Natalio Botana, el inefable editor de Crítica, llama al pintor a la vieja redacción de la calle Sarmiento, y extiende un cheque en blanco, “Crítica, como usted sabe, es un diario leído por todo el mundo, pues bien, Crítica es suyo, escriba cuanto quiera y como quiera”, dando la puerta grande -y masiva- a la modernización cultural que la aldeana y prejuiciosa Buenos Aires pedía a gritos con su destino cosmopolita.

El artista no sólo difundió las tendencias vanguardistas en los diarios, La Prensa también fue su trinchera, sino también animó a los intelectuales y arquitectos más arriesgados como Oliverio Girondo y Alberto Prebisch , y sostuvo un programa renovador desconocido en las difusión artística de última hora. Llegó al máximo punto modernizador Pettoruti con la dirección durante diecisiete años del Museo Provincial de Bellas Artes de La Plata, que orientó al arte contemporáneo latinoamericano, y la enseñanza artística en espacios no formales y libres como “Altamira. Escuela de Artes Plásticas”.  

 

Sin embargo en los cuarenta su voz oficializada, y su pintura, tiende cada vez más a la revisión de la misma modernidad. Pettoruti, un enamorado del perfeccionismo del Quatroccento italiano, se pronuncia en Rosario por “una obra de arte que reúna como condición esencial lo geométrico, la claridad, el análisis, y sobre todo, el orden, cualidades que hacen suyas los verdaderos artistas”, remata en 1939 cuando los nuevos realismos de un Antonio Berni cuestionaban el valor imperecedero del arte con nuevos golpes, ahora vinculados a una novedosa problemática político-social. Tal problemática que iba a golpear de lleno contra el mismo Pettoruti  cuando fue tildado por un ministro peronista como “un pintor degenerado” en un tardío 1948.

En 1952 Pettoruti se instala en Europa, desencantado y repudiado por nuevas generaciones de artistas que él mismo había ayudado a incorporarse modernizando la cultura argentina. Expone regularmente en Milán, Roma y París hasta que en 1970 decide retornar al país. No ocurrió. Fallece en los días previos en una cama solitaria de un hospital parisino. Obras suyas se encuentran en el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori, Museo Nacional de Bellas Artes, Museo Provincial de Bellas Artes de La Plata, MOMA de New York, Museo Nacional de Bellas Artes de Chile, y varias colecciones privadas del mundo.

 

Dice Emilio Pettoruti

“Cada época tiene sus imperativos, y el más agudo de nuestros tiempos es el que tiene a la conquista de una paridad social que elimine las injusticias soportadas por la mayoría en provecho una minoría…-la misión del arte es invitarnos- a la meditación elevándonos al mismo tiempo hacia esferas en la que nuestra alma siente el sacudimiento de una sana y vibrante reacción…-así- La Gioconda cumple una misión social” en 9 Artes, Bs As nro. 1 noviembre 1947, cita de Serviddio, L. en V Jornadas Estudios e Investigaciones. Instituto Julio Payró. FFyL. UBA. 2002

 

Dicen de Emilio Pettoruti

“Una tendencia bien definida hacia la simplicidad de los medios expresivos, la arquitectura clara y sólida, hacia la pura plástica que conserva y acentúa la significación abstracta de líneas, masa, color, todo dentro una libertad de comprensión y composición” Xul Solar en revista Martín Fierro, segunda época, Año 1 Nro. 10-11, 1924

 

 

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