¡Escribí! Notas de Lector
Ir a la secciónBuenos Aires - - Domingo 11 De Octubre
Por Rodolfo Marcelo Perez. Editada por María Cabeza
En un mundo donde la religión parecía replegarse frente al avance del laicismo, Francisco abrió ventanas en lugar de cerrar puertas. Habló en el lenguaje de la gente, caminó entre los pobres, citó a poetas, escuchó a científicos y tendió puentes incluso hacia quienes no compartían su fe.
Su papado no puede entenderse sin su vínculo profundo con la cultura. Francisco fue un hombre de pensamiento; también de gestos, símbolos y silencios significativos. Cada una de sus decisiones tuvo una carga semiótica: desde rechazar los oropeles del poder vaticano hasta abrazar a un indigente o elegir vivir en una residencia común. Bergoglio transformó el modo en que la iglesia católica se presenta ante el mundo. No se trata solo de humildad sino de comunicación y, en eso, Francisco fue un maestro.
Dialogó con artistas, convocó a cineastas, leyó a escritores contemporáneos y siempre citaba a figuras como Borges, Hölderlin, Dante o Leopardi en sus homilías. Había señalado que el arte es un camino hacia lo sagrado, incluso cuando no se lo proponga. Abrió debates en el Vaticano sobre inteligencia artificial, medio ambiente, migración y derechos humanos. Entendió que la cultura no es un accesorio, sino una forma de habitar el mundo, de pensarlo y de transformarlo. Era una Papa 24x7x365, nuestro orgullo, un Papa argentino, éramos nosotros en el mundo, como una unidad de nuestra argentinidad.
Tal vez su mayor gesto cultural fue su forma de ejercer el poder. En un siglo herido por el cinismo y el espectáculo, un mundo complejo en extremo de guerras y pandemia global, Francisco apostó siempre por la ternura. En tiempos de algoritmos y polarización, reivindicó el encuentro. En una época en la que hablar de alma parece pasado de moda, él la nombraba sin miedo. No como una imposición doctrinal, sino como una invitación a mirarnos más hondo, a no quedarnos en la superficie.
Desde la Villa 31 hasta la Universidad de La Sapienza, desde la Pampa argentina hasta los foros mundiales, Francisco hizo de su palabra un espacio común. Su figura es discutida, sin duda. Pero incluso quienes lo criticaban no pudieron ignorarlo. Porque Francisco no se presentó como un dogma cerrado, sino como una voz que interpeló. En esa tensión entre tradición y novedad, entre fe y mundo, reside su potencia cultural.
Cuando Jorge Mario Bergoglio fue elegido Papa, no solamente el Vaticano se vio sorprendido. En cada rincón de la Argentina, algo vibró como un eco familiar. No era solo que un compatriota llegara al trono de Pedro; era que ese compatriota era Bergoglio: el cura de los pobres, el que viajaba en subte, el que dormía en una habitación de convento con una cama de una plaza, una cruz de hierro y una lámpara austera. Un sacerdote que, como San Francisco de Asís, eligió despojarse de todo lo innecesario para ir al encuentro del otro.
Su papado está marcado por esa argentinidad profunda que lo atraviesa. Su voz tenía cadencia porteña, pero su alma era universal. Amaba el tango y el mate y también era hincha de San Lorenzo, el club de sus amores. En él convivían el barrio y la biblioteca.
Francisco fue, por sobre todas las cosas, un maestro. Su enseñanza no es de cátedra sino de vida. Ha demostrado que la cultura no es un lujo para ilustrados sino una forma cotidiana de vivir con sentido. Entiende que la poesía puede revelar tanto como una homilía. Que el arte, la música, el cine y hasta el fútbol son formas de acercarse al misterio de lo humano. Ofreció una apertura nueva al Vaticano al pensamiento contemporáneo; invitó al diálogo interreligioso, promovió la escucha de los jóvenes, de los artistas, de los que dudan.
Hoy, mientras la historia sigue su curso, Francisco permanece como un faro. No fue un líder perfecto. Pero fue, sin duda, un hombre profundamente honesto.
En estos tiempos, eso es tal vez lo más valioso que puede ofrecerse.
Imagen: France 24
Fecha de Publicación: 09/05/2025
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