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El Martín Fierro

Casi todos leímos el Martín Fierro. El problema es que casi todos lo leímos mal.

Casi todos leímos el Martín Fierro. El problema es que casi todos lo leímos mal. De hecho, yo no me estoy haciendo el canchero: la primera vez que lo leí bien (pido por favor que se entienda lo que en este contexto significa esa palabra: me refiero a tener en cuenta el contexto político y social en el que fue escrito, publicado y leído) fue en la facultad. Y quizás ese sea el origen del problema: me atrevo a arriesgar que el 90% de los que lo leyeron lo hicieron en el secundario, sin ganas, poco incentivados, con un profesor de literatura medio hastiado y aislándolo de todo contexto. Nadie, o por lo menos muy pocos, pueden leer bien un libro de tal envergadura, menos a los quince años.

La historia de Fierro

Mucho se habló de que si en lugar del Martín Fierro el libro nacional fuera el Facundo, la historia sería otra. Yo estoy de acuerdo. A lo que le agrego: una mucho peor. Fierro es un gaucho que cae en una razzia por gaucho, es decir, por no ser ni aristócrata ni burgués. Es el rol que hoy ocuparían los habitantes de las villas miseria. Es obligado a combatir contra los indios en un fortín de frontera en condiciones inhumanas, hasta que finalmente logra una licencia. Al volver a su rancho, su esposa y sus hijos ya no están. No sabe si murieron, si lo abandonaron o si fueron secuestrados. Loco de tristeza, se hace desertor. En la escapada, se cruza con una partida de soldados del Estado que lo quieren apresar para volver a mandarlo al frente, ahora no sólo por gaucho sino por gaucho y desertor. En el medio mató a uno que lo atacó en una pulpería, es verdad, pero los dos estaban borrachos, el muerto podría haber sido cualquiera y el quilombo lo arrancó el otro.

En el momento en que ve la partida acercarse, Fierro decide que prefiere morir antes que volver al infierno del fortín sin comida ni municiones. Así es que decide poner el cuerpo frente a los indios: los enfrenta. Cuando al ver la partida que se acerca, Fierro decide que prefiere morir a volver al infierno del fortín sin comida ni municiones poniendo el cuerpo frente a los indios, los enfrenta. Al ver su valentía, uno de los integrantes de la partida, el famoso Cruz, se pone de su lado. Entre los dos logran zafar y deciden exiliarse, cruzar la frontera de la “civilización” e irse a vivir con los indios. Ahí termina la primera parte.

La belleza de la poesía épica nacional

A la mayoría, lo que le quedó nuestra gran poesía épica  son los consejos del Viejo Vizcacha (Los hermanos sean unidos, etc.). Pocos se acuerdan de que es un libro que habla de lo injusto y cruel que puede llegar a ser el Estado, en especial con las clases menos favorecidas, y de la situación insostenible en la que los ponen para luego tener argumentos de castigo. Pero lo verdaderamente impresionante es la poesía con la que lo dice. Y la valentía de Hernández para haberlo publicado cuando lo publicó. Dejo unas estrofas, que a mi parecer, son de las más lindas. Ojalá les genere ganas de leerlo entero.

La ley es tela de araña

—En mi inorancia lo esplico—.

No la tema el hombre rico;

Nunca la tema el que mande;

Pues la ruempe el bicho grande

Y sólo enrieda a los chicos.

Es la ley como la lluvia:

Nunca puede ser pareja;

El que la aguanta se queja,

Pero el asunto es sencillo:

La ley es como el cuchillo:

No ofiende a quien lo maneja.

Le suelen llamar espada

Y el nombre le viene bien;

Los que la gobiernan ven

A dónde han de dar el tajo:

Le cai al que se halla abajo

Y corta sin ver a quién.

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