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Buenos Aires - - Lunes 18 De Octubre

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Eduardo Mallea. El hombre precipitado

Después de Lugones, antes que Borges, estuvo Eduardo Mallea, el escritor y ensayista celebrado de los treinta a los cincuenta. De letra áulica y melancólica, campeón de la metáfora y la erudición, Mallea nos legó la zoncera del país invisible.

Arte y Literatura
Eduardo Mallea

Políticos, periodistas y académicos, de cualquier pedigrí, gastan horas, tinta y caracteres en recurrir a la imagen de una Argentina real, un país invisible que es reserva del auténtico del ser nacional. Uno que vive en los hombres y mujeres de la nación profunda, opuesto a la viveza criolla/porteña,  pura y dañina apariencia. Verás que todo es mentira. Pocos recuerdan que esta presunción contemporánea, este edén de las cosas nuestras, posee un autor intelectual, un literato, ensayista y periodista cultural que fue candidato a Premio Nobel de Literatura por décadas. Antes que Jorge Luis Borges o Juan José Saer. Eduardo Mallea, hoy prácticamente desterrado del canon, construyó un vasto edificio, entre novelas, ensayos y artículos, basado en sus impresiones y que pretendía decirnos qué era lo argentino, y dónde buscarlo, bajo entretelones de una tragedia griega “Tiempo en que las normas eran “normales” y movía una espada, doblaban en el atrio una rodilla, encendían el trance de un martirio o llevaba a un hombre a vivir con integridad y a morir sin interiores estertores”, en “Historia de una pasión argentina”, su ensayo best seller  de 1937, en el cual aparece la radical diferencia entre el mercenario país visible y el legítimo país invisible, al cual había que retornar en esencia, “y todos estaremos así desterrados, en ese destierro común tomará forma nuestra mística…me sentí cómodo en mi necesario destierro… ¡Al fin, en mi destierro! ¡Cómo amamos, cómo sentimos, cómo pensamos, velamos y nos exaltamos en la soledad de las riberas del destierro!...¡Feliz de aquel que vive en un hermoso y desventurado destierro!...¡Qué incomprensible dolor y qué severa voluptuosidad!”, cerraba en una verba que influenciaría el existencialismo crespuscular de un Ernesto Sábato, un discípulo tampoco reconocido de Mallea.

“Él, que era un notable y puro escritor, no quiso nunca escribir ese libro que yo hubiera deseado y que tanto le pedí en su recia y memoriosa, lúcida vejez; el libro –que a mi juicio habría quedado clásico- de la historia de su formación y combate en la Argentina de entonces, el libro de un invencible, el libro -apasionado- de un conquistador en las tierras culturalmente estériles a cuyo progreso él concurrió y asistió”, así recordaría Eduardo a su padre Narciso Segundo, un médico sanjuanino que estaba emparentado a Sarmiento –Mallea contaba que su familia había ayudado al prócer refugiado en la montañas, y perseguido por la Mazorca de Juan Manuel de Rosas-, y que ejerció en Azul y Bahía Blanca. En esta ciudad bonaerense, la más importante de la Patagonia de antaño, nacería Eduardo Mallea el 14 de agosto de 1903, y sería el primer hijo de una familia acomodada. Pronto harían el viaje de rigor por Europa, donde permanecieron casi tres años hasta 1910, en los cuales el niño, a quien la familia quería abogado, terminó prendado por el arte de La Belle Époque. Sin embargo Bahía Blanca estuve siempre,  “He aquí la ciudad del sur, Bahía Blanca, azotada por la arenisca junto al océano”, en la novela “Todo verdor perecerá” (1943), “La presencia de tantas dunas, de la ciudad gris, y la proximidad del Atlántico habían tal vez influenciado en mi carácter demasiado propenso a la soledad y la abstracción”, rescata Eduardo Agüero Mielhuerry de una última visita del intelectual a la ciudad natal, en un marca geográfica en su estilo plagado de abstracciones y divagues, incluso en las obras de ficción. Tramas y personajes patinan en los muros de las reflexiones de Mallea.  

Una vez terminado un exclusivo colegio inglés bahiense, y con la poderosa presencia de una completa biblioteca paterna con autores casi todos extranjeros, los Mallea se mudan a Buenos Aires en 1916, con la firme intención de que Eduardo estudie las leyes. Muy por el contrario, el joven se interna en la bohemia literaria y periodística de los veinte, próximo a la vanguardia martinfierrista, con los cuentos “La Amazona” (1920) o “Sonata de Soledad” (1923), y para 1926 publica el primer libro “Cuentos para una inglesa desesperada” por editorial Gleizer. Por su amistad con el Grupo Florida desde 1927 pudo abandonar los infructuosos estudios de abogacía y entrar a trabajar en el diario La Nación, en donde en 1931 sería nombrado director del suplemento cultural, cargo de enorme influencia que ejercería hasta 1955.

“Conocí a Eduardo Mallea cuando Waldo Frank llegó a Buenos Aires en 1929 y empezó a hablarme del joven que traducía sus conferencias. A poco andar este conocimiento indirecto se transformó en directo y nació entre nosotros una gran amistad, reforzada por los vínculos que crea un trabajo compartido”, anota Victoria Ocampo en sus memorias, de un pieza fundamental en la empresa de editorial Sur, y continúa las alabanzas, “Sin Frank y sin Mallea (¡cuántas veces lo habré repetido!) la revista Sur, cuyos servicios a nuestro mundo literario empiezan vagamente a reconocerse hoy, no hubiese probablemente existido…Cuando llegó el momento, un año después (la revista salió a comienzos de 1931), él –Mallea- fue quien puso manos a la obra…Ya estaba en La Nación. Sabía de imprentas, correcciones de pruebas, publicaciones, etc., cosas que yo conocía poco y mal. Hubiese estado perdida sin su ayuda e insegura sin su entusiasmo. La idea de fundar una revista como la que planeábamos lo ilusionaba más que a mí. Y a su sensibilidad e inteligencia, a su fervor juvenil se debe la puesta en marcha de algo que, me atrevo a decir, merece reconocimiento. Y me atrevo a decirlo porque nunca fue el resultado de la labor de una sola persona sino de varias unidas (y hasta desunidas y capaces de sobreponerse a los inconvenientes que nacen de la diversidad de credos literarios). En sus comienzos, puedo afirmar que la colaboración valiosa, perseverante de uno solo (sin embargo) fue decisiva. Ese solo era Eduardo Mallea”, sentenciaba de una publicación que modernizó el campo cultural argentino, con sus novedades y silencios, orientó una manera de comprender la realidad desde lecturas divergentes, y no solamente en el gusto aristocrático de Victoria.  Fue una redacción que podía con Bioy Casares y Ezequiel Martínez Estrada, dos polos, misma redacción.

Luego de un prolongado silencio literario, quizá absorbido por el diario y el proyecto de Ocampo, volvería a publicar en 1935, “Nocturno europeo”; una novela que acusa las fuertes lecturas de Henry James, Thomas Wolfe y Charles Péguy, además de filósofos como Kierkegaard; Mallea un abnegado y atento lector, sus mundos son más de papel que concretos. Tal vez por ello el siguiente paso sería la producción ensayística matizada con la literatura “Conocimiento y expresión de la Argentina” (1935), “La ciudad junto al río inmóvil (1936), “Fiesta en noviembre” (1938) o “La bahía del silencio” (1940) son los títulos principales que tendrán en el señero ensayo “Historia de una pasión argentina” (1937) el texto que vertebra sus preocupaciones, historias de una pasión autóctona que sintetice la exaltación de los valores hispánicos, y el retorno a lo provincial frente a lo cosmopolita, en un correspondencia con el pensamiento del primer Ricardo Rojas o Manuel Gálvez. Eran los tiempos en que la cuestión de la identidad se hacía libro, “Radiografía de la pampa” (1933) de Ezequiel Martínez Estrada y “El hombre que está solo y espera” (1931) de Raúl Scalabrini Ortiz, algunas de las obras que sirvieron también de inspiración cercana a la indagación metafísica de la actualidad, aunque de las tres la que menos carnadura, sintonía con la situación política, sería la de Mallea.     

equipo de redacción de Sur

Redención del Hombre Precipitado, el país invisible

En la actualidad puede parecer descabellado pero en 1938 Eduardo Mallea era comparado con Franz Kafka y René Descartes “Novela, poema, ensayo y rito” anunciaban las ediciones populares de “Historia de una pasión argentina” de la editorial Sur, que rápidamente se agotaban “En la República Argentina y tal vez en América, Eduardo Mallea ofrece el caso más cabal y más alto de un destino consagrado a las letras” se rendiría un aún ignoto Borges desde las páginas de la revista de Ocampo, que fue el pilar del ascenso y la caída de la Operación Mallea, junto a las páginas del diario La Nación; juntas transformaron al intelectual en un fenómeno social antes que un escritor. Cabe también una operación moral conservadora en un mundo de violentos cambios, Mallea destacaba frente al venal, caótico y cosmopolita argentino de las ciudades, otro argentino cetrino y silencioso, íntegro e inalienable, de un país invisible, que no alude al gaucho ni al estanciero, sino a una esencia oculta, “un estado especial, al estado de un hombre argentino éticamente definido, que se parece, hasta identificarse en modo asombroso con ellos, al clima propio, la forma, la naturaleza de la tierra  argentina. De la tierra argentina y su proyección intemporal, de su proyección como historia y como nacionalidad”, bosquejaba en estas ideas, que en el prólogo reconoce extienden los saberes de sus padre  sobre el hinterland argentino –término británico de Mallea para designar aquella zona fuera de la influencia portuaria, o sea el Interior-; y que, curiosamente, derivan en una tenue postura contraria a su pariente Sarmiento, ahora es Barbarie antes que Civilización. Tenue porque en Mallea, en palabras de León Rozitchner en la revista Contorno, “nuestro escritor pertenece a aquellos que creyeron que bastaba nombrar la nobleza para constituirse como nobles, que bastaba decir basta para estar del lado bueno…al refugiarse en el aspecto formal de las grandes odiseas…no supo darle contenido –ni realidad en la perfección de la metáfora vacía- y los defraudó a todos”, cierra el filósofo.

“Historia de una pasión argentina” es un singular ensayo autobiográfico, interrumpido por las semblanzas de personajes ligados el mundillo literario porteño, Waldo Frank, el conde de Keyserling y una misteriosa actriz norteamericana, que se propone a través de un joven iluminado erigirse en la voz que no “llega a exteriorizarse, develando lo que yace inexpresado” de nuestro pueblo. Surgido de una “fiebre que me es imposible de articular”, los capítulos III y IV serían los ultra citados, incluso por quienes nunca leyeron el ensayo ni saben del escritor, debido a que aparecen las conceptos del país visible,  “un vivir por representar” en la mendaz Buenos Aires; y el prístino, casi sagrado, país invisible, de “inocentes taciturnos completamente blancos”, que para la década siguiente iba a estallar en el disgusto de Mallea, y su grupúsculo en Villa Ocampo, un 17 de octubre.

“El ritmo actual es un ritmo abusivo”, aparecía en el simultáneo ensayo “El sentido de la inteligencia en la expresión de nuestro tiempo”, revista Sur, nro. 46, julio de 1938, en un amarga queja de Mallea, añorando tiempos idos, en un gesto pariente de su más famoso trabajo aunque de una inquietante actualidad, “la Humanidad sufre el vicio de la precipitación…y no contento el hombre de nuestros días con precipitarse en unas u otras sectas, en ésta o la otra fronda, asiste…a su precipitación interior. Contra las asechanzas de una disolución instaurada por los elementos tóxicos de la vida contemporánea, que ha acabado (por las vías de la electricidad y la radiotelefonía) en ser, toda, una vida por excelencia ciudadana, el ánimo no ha tenido tiempo de preparar sus defensas, de combinar sus contravenenos, y de este modo el panorama moral de la especie pasa por su hora más crudamente crítica…un panorama de hombres precipitados…que clama por aferrarse, temporal o espiritualmente, a una rama, una ventana, una roca, a un elemento cualquiera de salvación”, remata con su habitual jerga inflamada de imágenes cristianas, Mallea, que en los cuarenta será postulado desde su cargo de la Sociedad Argentina  de Escritores para el Premio Nobel, comparado con Albert Camus. Y las traducciones de sus libros iban al inglés, francés, alemán, italiano y portugués, entre otros idiomas. En 1944 se casaría con la poeta Helena Muñoz Larreta, en lo que fue uno de los casamientos de alta sociedad porteña de la temporada.

 

El escritor del Nobel, olvidado

A mediados de los cuarenta cambia la consideración de Mallea. Tal vez haya debido darse cuenta Don Eduardo en el instante que la revista Sur inicia una insólita campaña a favor de Borges porque no había recibido premios en 1942. O por algún comentario socarrón en privado del escritor de “Ficciones”, “Mallea tiene la capacidad de elegir buenos títulos. Es una lástima que se obstine en añadirles libros” Lo cierto que la factoría Ocampo rodaba la Operación Borges y, el anterior protegido, quedaba en un cono de sombrasDe los diversos géneros que distingue la retórica de nuestro tiempo, Mallea abunda en el más arduo: la morosa novela psicológica, cuya materia son las almas. Éstas siempre son lo primero. Sobre los hechos que son un instrumento para que las conozcamos mejor y del sentimiento patético, y no pocas veces avasallador, del paisaje, que no es jamás una decoración, sino un medio, resaltan firmemente los caracteres. En ‘Todo verdor perecerá’ (1943) priva la tragedia engendrada por la discordia de las almas dispares; en ‘Chaves’ (1953), la fábula narrada por el autor es un largo adjetivo o atributo del solitario héroe”, sopesaba  Borges en la revista Sur el rasgo de Mallea, precisamente en dos novelas en las cuales aparece un campesino en un raro, e inverosímil, mutismo metafísico, un halago con sabor a dardo envenenado, a parricidio literario. Ésta última novela merecería también la crítica de la revista Contorno, la renovadora revista de los hermanos Viñas de los cincuenta, “un libro frustrado –compendio de todo lo que Mallea se había propuesto en libros anteriores- por exceso de subjetivismo, una repetición de las cosas dichas, una práctica de constante distanciamiento respecto de la vida yacente en el entorno, un escape de la época que vivimos, petrificación en la tarea del escritor”, sentenciaría F. J. Solero.

En tanto que su estrella se apagaba, el intelectual resistía en el diario La Nación a los embates de la censura del régimen peronista, y la ominosa Comisión Visca –por el parlamentario conservador y ultranacionalista José Visca-, y publicaba contra las prohibiciones a los mejores escritores extranjeros,  Aldous Huxley, Ernest Hemingway, Jean-Paul Sartre y Julián Marías, entre ellos; y pocos argentinos, Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. La autodenominada Revolución Argentina nombraría a Mallea embajador plenipotenciario en la UNESCO, puesto que dejaría en 1958, y desde ese momento inicia largos viajes por el mundo, siendo conferenciante, y distinguido, en universidades de Estados Unidos y Europa.  Los existencialistas “El resentimiento” (1966) y “La barca de hielo”, las extrañadas viñetas porteñas “La red” (1968), y las crípticas, y desesperadas, ficciones “La penúltima puerta” (1969), “En la creciente oscuridad” (1973) y –post mortem- “La noche enseña a la noche” (1985), algunas de las últimas ediciones; que se mezclan con los tradicionales ensayos “Poderío de la novela” (1965) y “Los papeles privados” (1974), ambas desapercibidas para el público y la crítica.

Cuando Mallea murió el 12 de noviembre de 1982 en Buenos Aires había dejado de ser un escritor estrella, y solamente el diario La Nación realizó una pequeña necrológica. Parafraseando el título de la última selección de cuentos publicados en vida, parecería que Mallea fue para la literatura nacional, “La mancha en el mármol”, casi nada, tal cual profetizó él mismo en “Historia de una pasión argentina”, casi a modo de testamento artístico, “Y si  mi existencia había estado amasada en la levadura de la pasión, el ardor, el desprecio, la furia, el aliento, el desaliento, la crítica, el insomnio, la cavilación, la crueldad, la taciturnidad, el cruel gozo…de muchos engaños, muchas indecisiones, decisiones, vocaciones, amores, raptos, pequeñas glorias, grandes penas, orgullos, ocios, arrebatos dignos, entregas,  arrogancias, miserias, pequeñeces, estulticias, vivezas, miedos, corajes, arrestos, HAMBRES, siempre HAMBRES- todo eso no era sin embargo nada ¡Nada! ¡Yo no traía en mis manos nada! Mi tremenda desesperación fue que yo no traía en mis manos nada” Mallea y la Nada.

 

Fuentes: Mallea, E. Historia de una pasión argentina. Buenos Aires: Sudamericana. 1986; Rozitchner, L. Comunicación y servidumbre: Mallea en revista Contorno Nro- 5-6 Septiembre de 1955. Buenos Aires;  Borges, J.L. Borges en Sur. Buenos Aires: Emecé. 1999; diarioeltiempo.com.ar

Imágenes: Buenos Aires.gob // 

Fecha de Publicación: 14/08/2021

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