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De esto sí se habla: el antisemitismo en la cultura argentina

A través de la literatura y la cultura, el antisemitismo puede ser rastreado en textos y acciones para no olvidar.

Arte y Literatura
De esto sí se habla: el antisemitismo en la cultura argentina

Las ideas xenófobas argentinas también nacieron con el liberalismo de la generación del 80. Incluso con sus críticos. En el “Martín Fierro” de José Hernández pregunta, “Yo no se por qué gobierna/ Nos manda aquí a la frontera/ Gringa que ni siquiera/ Se sabe atracar un pingo/  Si creera al mandar al gringo/ Que nos mandan una fiera” Un contemporáneo José Manuel Estrada también fustiga “una nueva barbarie que hora viene de los barcos” aún cuando no se había convertido a la causa del catolicismo antiliberal. En 1881 el propio Sarmiento, que había sido un impulsor fervoroso del “gobernar es poblar”, señalaba los peligros de “estos inmigrantes que sólo tenían un horizonte económico” y que osaban “fundar sus propias escuelas donde no entrada el castellano, una lengua civilizada”  En esa misma década el patricio hijo de estancierosEugenio Cambaceres, el primer novelista moderno argentino, publica “En la sangre” (1887) y describe a los italianos como portadores de un estigma hereditario.

Tres años más tarde aparece “La bolsa” de Julián Martel y se erige como el primer libro abiertamente antisemita de la literatura nacional pese ser un plagio de “La Francia judía” del escritor galo Eduard Drumont. Estamos en el clima de las aldeas  europeas incendiadas en Rusia y Alemania mientras que escapan los judíos rumbo a Estados Unidos, y la misma Argentina. No solamente importábamos modas y costumbres, a cambio de granos y carne,  sino también teorías racistas.

El tema de los judíos no resulta nada novedoso en aquellos escritores desde que el mismo Sarmiento había hecho un estudio profundo de los judíos españoles españoles en “Conflicto y armonías de las razas en América” (1883),  su última contribución al pensamiento latinoamericano con afirmaciones como que los indios eran incapaces de pensar. En esta visión del anciano prócer, la ruina de la cultura hispánica se debía al expulsión el pueblo de Abraham. En simultáneo, Sarmiento continúa sosteniendo la clásica imagen medieval del judío como sinónimo de la usura, “la expulsión  de los judíos, al mismo tiempo que España conquistaban América, ha impedido que Cádiz, la antigua y soberbia Gades de fenicios y cartagineses, no hubiese sido la Londres de nuestra época… como sucede con la Inglaterra que es la caja de depósito de ahorros de todos los acaudalados del mundo, buscando cobrar la menor usura posible” Seguidamente reconoce que todos los grandes logros culturales y políticos de la Europa del siglo XIX eran conquistas de algún judío y se despacha con una larga lista,  que enumera a los banqueros Rothschild junto a la actriz Sarah Bernhardt.

El huevo de la serpiente: De la bolsa al oro

Acallados los disparos de la revolución de 1890, y con la destitución del presidente Juárez Celman, el conservadorismo liberal se tornó granítico. Y también fundió el mito del crisol de razas, en escuelas y prensa, para una población nativa que era superada a veces tres a uno por los extranjeros, en especial en el campo. Casi 5 millones de personas arribaron desde distintos lugares del mundo. Y los judíos eran contados, ocho familias judías llegan en 1888, y 136 un año después, y no se instalan en Buenos Aires sino en Santa Fe y Entre Ríos. Sin embargo en el citado libro de Martel, seudónimo de Jose María Miró, un éxito de críticas y ventas, el principal responsable de la crisis argentina del año anterior, y la perversión de la ciudad porteña,  es el judío  Barón de  Mackser. En la única novela de este cronista bursátil de “La Nación” se puede leer, “él simboliza al conquistador de América, el judío presidente del Comité argentino de la Alianza Universal Israelita,  el ascensor de oro,  el rey de la finanza del Plata,  el enviado secreto de los Rothschild,  la causa oculta de tanto crack y desastres cuya responsabilidad ha recaído injustamente sobre otros”, exculpando a la corrupción y el fraude económico del roquismo gobernante entre 1880 y 1902. Este antisemitismo literario tenía su correlato en otro con bases positivistas en la voz de José María Ramos Mejía, uno de los iniciadores de la psicología argentina, quien en “La locura en la historia” (1895) no tenía empacho de afirmar que “el judaísmo poseía un virus degenerativo que viene circulando en sus cabezas desde tiempos remotos y que ha inutilizado la raza” (sic). Por lo tanto siguiendo a David Viñas, el antisemitismo argentino importa el pensamiento reaccionario francés y era retoño, también, de las mismas contradicciones del liberalismo reinante.

Veinte años después con la aparición en el canónico diario de Mitre de las crónicas de Alberto Gerchunoff y sus gauchos judíos, parecían que estas manifestaciones quedaban en el pasado. Ese mismo 1910  Manuel Gálvez publica “El diario de Gabriel Quiroga” que fue uno de los primeros textos del revisionismo histórico. Critica fervientemente los pensamientos de Alberdi, en especial frases como que “ en la confusión de razas y lenguas saldrá algún día brillante de las nacionalidades americana”. El escritor nacionalista le contrapone al tucumano inspirador de la Constitución de 1853,  “un  hombre con espíritu europeo que había perdido el alma de su propia tierra”, el cuadro desolador de que “vinieron judíos y anarquistas rusos. Y se convirtió Buenos Aires en un mercado de carne humana. Las plazas criollas han sido reemplazados … ahora todo el mundo puede leer gastando apenas treinta centavos a Marx, Kropotkin y Bakunin. Como se ve estamos completamente civilizados” En ese mismo libro del autor de “Nacha Regules”, otra loas a la xenofabia, lamenta la desaparición en su Entre Ríos natal de los pueblos de frontera por las colonias agrícolas judías. Una soñaba con la pampa gringa, otro exigía el retorno a cuando  “éramos argentinos y no europeos”, mientras compartían un café en el Tortoni. El daño ya estaba hecho.

Entre los veinte y los cuarenta la posición del judío en la literatura argentina sufre un cambio sostiene Josefina Ludmer. Los judíos continúan siendo los usureros extranjeros, ávaros y femeninizados  pero ahora además resultan asesinados. Y sus asesinos encubren sus crímenes con mentiras, con mejor o peor suerte, para evitar la justicia.  Dos ejemplos de esta maniobra en forma de ficción se pueden leer en “Emma Zunz” de Jorge Luis Borges Borges, publicado en “El Aleph” (1948) aunque situado dos décadas atrás, y en “Los lanzallamas -o en el original “Los monstruos”-” (1931) de Roberto Arlt.  Los veintes en verdad empezaron mal en la Semana Trágica de 1919, que tuvo a un socialista judío muerto sin culpables, León Futaievsky,  y la acusación a Pedro Wald, redactor de un periódico en idish, de querer convertirse en el “presidente de la nación” (sic) Entre el 9 y 14 de enero, mientras los obreros mantienen la huelga en los talleres de Pedro Vasena en Almagro,  se desarrolló un violento pogrom en los barrios de Balvanera y Villa Crespo dejando 150 heridos graves y cuantiosas pérdidas materiales. Este atropello no fue el primero de los “niños bien” de Liga Patriótica, que ya habían incendiados bibliotecas judías,  ubicadas en la calle Ecuador 359 (Avangard) y Ecuador 645 (Poelei Sión), durante el mismo Centenario que celebraba a los gauchos judíos. Por esos días en el esquina de Lavalle y Andes -actual Uriburu- saquean un almacén judío y violan a las mujeres -citado por Juan José Sebrelli. Estos  jóvenes “patriotas” eran parte de la Sociedad Sportiva Argentina presidida por el Barón Demarchi.

En el medio tenemos la supuesta literatura de Gustavo Martínez Zuviria,  el popular Hugo Wast de la Década Infame, y que edita “El Kahal” y “Oro” en 1936. En la primera novela se lee, “en este momento las mejores propiedades de esta gran ciudad, la más ricas estancias de la República, van cayendo por cuatro reales en poder de los acreedores hipotecarios judíos” En su continuación “Oro” aparece la sombra siniestra de “Los protocolos de los sabios de Sión” (1902), uno de los libelos antisemita más funestos de la historia universal, y afirma Martínez Zuviría que “el judaísmo es tan indeleble como el color de la piel. No es una una religión sino una raza”, acercándose peligrosamente al racismo biológico al estilo nazi. La discriminación racial estaba en boga, incluso en la política, y a los enemigos yrigoyenistas se los apodaba despectivamente “negritos” o “pielesrojas”. Al “cabecita negra” había un paso nomás. Inmediatamente “La Vanguardia” socialista denuncia públicamente por “fascista” a quien era entonces director de la Biblioteca Nacional. No encontró eco en las autoridades militares golpistas y Martínez Zuviría siguió hasta 1955, peronismo mediante, ocupando el sillón de Groussac y, luego, Borges.

Años de dolor y reconocimiento

Esta mancha negra sobre la cultura nacional se derramó hasta la eclosión en los sesenta, encendida por la detención y secuestro en el país del criminal nazi Eichmann por servicios israelís. Una campaña antisemita que en 1964 contó 303 atentados contra templos, cementarios y escuelas de la comunidad. Desde la Universidad de Buenos Aires, concentrados en la Facultad de Derecho, la agrupación antisemita y nacionalista Tacuara denunciaba a los  judíos como izquierdistas que no respondían a ninguna patria, en un eco único lejano a las palabras del último Sarmiento. Además los acusaban de consolidar “una sinarquía financiera que iba manejar el país y, también, la cultura académica” y responsables únicos de la crisis económica, ahora eco de Martel.

Ese mismo año aparece la novela antisemita de Raúl Barón Biza “Todo estaba sucio” y se encuentra con estupor, “Hitler se justificara ante la historia, pese sus errores militares, por el solo hecho de haber intentado liberar a su patria de lo que marcaban los judíos en Londres y Nueva York” Como una contacara de la pulsión de vida, aparece simultáneamente de Germán Rozenmacher la pieza teatral “Requiem para un viernes por la noche”, quizá uno de los mejores dramas de los diálogos y silencios entre la cultura judía y otra ya diferente, la de sus hijos argentinos. Entre varias frases dolorosas el hijo David, un joven intelectual que vive en un mundo convulsionado, le grita a un ortodoxo Sholem, “¡Estoy cansado de ser un extranjero!”

La década siguiente resulta una terrible acumulación a partir de los artículos del peronismo derecha de la revista “Las bases”, que con la firma de López Rega, el astrólogo, un digno aunque funesto personaje arltiano, denuncia un complot judío al tiempo que explotan dos sinagogas . Y finalmente el régimen militar de plomo instaurado en 1976 donde el término judío deviene directamente en  “extremista” y “comunista”. El fin de siglo nos encuentra hermanados en el llanto por las víctimas argentinas de la Embajada de Israel y la AMIA.

Una aclaración final: estas líneas no pretenden afirmar que Sarmiento,  Borges o Arlt sean antisemitas sino dar pistas de cómo los mitos del judío-extranjero-codicioso- delincuente se encuentran arraigados en la lengua y cultura nacional. Es un simple pero concreto llamado atención. Y seguir el camino del maestro de Arlt, Juan José de Soiza Reilly, un pionero de las charlas radiales, que propalaba en 1938, “una maldición gaucha dice “ojalá caigas en poder de un criollo que te preste dinero a interés”, “cuando un criollo se mete a usurero”...Querer que los argentinos persigamos a los judíos como se hacen algunos países de Europa no sólo es una actitud que repugna a nuestro argentinismo, sino que también es peligroso y contraproducente…. Dejemos que la patria siga siendo como hasta ahora con el esfuerzo de todas las razas que honran la tierra. Sólo de esta manera conquistaremos como dice el preámbulo el “bienestar general “Sólo así el odio podrá gritar desde ultratumba: pasó mi cuarto de hora”, cerraba el escritor, periodista y amado profesor de historia en la Escuela de Mujeres “Antonio Bermejo”

Hagamos realidad ese preámbulo nacional citado, inspirado en lo mejor de los Moreno, Echeverría, Alberdi, Sarmiento y Urquiza, “להבטיח את יתרונות החופש לנו, לדורות הבאים שלנו ולכל הגברים בעולם שרוצים לחיות על אדמת ארגנטינה -asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino-“

 

Fuentes: Ludmer, J. El cuerpo del delito. Un manual. Buenos Aires: Eterna Cadencia. 2011; Rock, D. La argentina autoritaria. Los nacionalistas, su historia y su influencia en la vida pública. Buenos Aires: Ariel. 1993; Viñas, D. Literatura argentina y realidad política Volumen 1. Buenos Aires: CEAL. 1994.

Fecha de Publicación: 23/09/2020

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