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Buenos Aires - - Lunes 25 De Octubre

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Borges por Borges. Una biografía comentada.

Testimonios del escritor argentino, autor de una obra que define el siglo XX, y que permiten perfilar su vida “Mañana seré un Tigre entre los Tigres”, verso de un Borges mítico como su Buenos Aires.

Arte y Literatura
Borges

Borgeano. Es un adjetivo que el mundo ha tomado como el kafkiano o dantesco, algunos de uso corriente en homenaje a gigantes de la literatura universal. Cuando una trama, o relato, piénsese en el soporte cualquiera, papel, pantalla o sonoro, tiene algún tinte laberíntico, o una inquisición con el origen, o la tensión de la identidad en un juego especular, o un vuelo metafísico sin espavientos, se acude el borgeano, sea en Argentina, sea en Francia, sea en Japón. Jorge Luis Borges es el escritor argentino más conocido en el exterior, más entregado a la literatura del mundo, aunque en las orillas, sigue reluciendo su lazo con el mundo rioplatense. Cuando más internacional, Borges parece más argentino, o al menos, más porteño. Desde lejos, sí se ve “Puedo ser todo/déjame en la sombra ”, en sus versos postreros, aquella inveterada timidez que transformó en una carta de presentación de las miles de entrevistas, además de la ironía ladina de estas mismas líneas, tan borgeanas. Borges, el Gran Simulador, el Don Palabras, “Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro”

 

“Sin proponérmelo al principio, he consagrado mi ya larga vida a las letras, a la cátedra, al ocio, a las tranquilas aventuras del diálogo, a la filología, que ignoro, al misterioso hábito de Buenos Aires y las perplejidades que no sin  alguna soberbia se llaman metafísica”, dice Borges en 1969 en el prólogo de “Elogio de la sombra”, su quinto libro de poesía, un arte al que se aferró cuando la ceguera avanzó en 1955; y al cual la crítica suele solapar, junto a los ensayos, conferencias y artículos,  frente al tótem de sus ficciones, sus cuentos. Porque, como bien señalaría el novelista inglés Anthony Burgess, Borges escribe ficciones, una suerte de portento narrativo que excede al argumento de un simple cuento, o los personajes, hacia un espacio totalmente inaugural para el lector, de allí la excepcionalidad de sus escritura, abierta y arborescente, infinita. Como una biblioteca, la real cuna de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges, nacido el  24 de agosto de 1899 en Buenos Aires en la calle Tucumán el 800, pero rápidamente mudado a Serrano al 2100, Palermo. Allí imaginaría la Fundación Mítica de Buenos Aires

 

“Yo no recuerdo ninguna época donde no hubiera sabido leer”, comentaba a Fernando Sorrentino en 1972, un meses antes de que se jubile con honores por el gobierno peronista de la Biblioteca Nacional tras 18 años, y continuando la extraña tradición de directores ciegos (José Luis de Chorroarín, José Mármol, Paul Groussac y él), que seguramente le divertía al escritor, y que él inspiró un personaje a Umberto Eco en la célebre “El Nombre de la Rosa”, “aprendí en español aunque en mi casa se hablaba indistintamente  el inglés. Mi madre –Leonor Acevedo, que tendría una larga influencia en el trabajo y la intimidad del escritor- siempre nos hace bromas a mi hermana –Norah, Leonor Fanny, artista plástica y crítica de arte- y a mí. Nos dice, ustedes son unos cuarterones (mestizos) Porque ella es de cepa criolla y mi abuela paterna era inglesa.  Pero una inglesa que conoció el país más que muchos argentinos, porque mi abuelo, el coronel Borges, fue jefe de las tres fronteras: es decir, del norte y oeste de Buenos Aires y el sur de Santa Fe, después de haber militado en la Guerra Grande, en el Uruguay, en la división oriental que tomó El Palomar en la batalla de Caseros, en La Cañada de los Leones, en Azul, en la Guerra del Paraguay, contra los montoneros de López Jordan…esa abuela inglesa vivió cuatro años en Junín,  es decir el fin del mundo…tierra adentro, donde dominaban los indios”, cierra un pantallazo de una sangre patricia, materna de militares ligados a la constitución del Estado Argentino, y paterna, que tenía a Juan Crisóstomo Lafinur, uno de los primeros poetas en el Río de la Plata. Borges, que reescribiría el Martín Fierro, aquel contexto de pampas corajudas hechas arrabal, de una y  mil maneras.

 

La progresión de la enfermedad hereditaria en la vista del padre Jorge, un abogado devenido en profesor de sicología, hacen que la familia se traslade a Ginebra poco antes de la Primera Guerra Mundial. Borges vivió en diferentes puntos de Europa hasta 1921, y haciéndose eco de la vanguardia española ultraísta, regresa a la Argentina para continuar una fecunda actividad poética –que abjuró en sus años de madurez, como algunos versos dedicados a la Revolución Rusa - y ensayística “He sentido que aquel muchacho que en 1923 escribió ya era esencialmente -¿qué significa esencialmente?- el señor que ahora se resigna o corrige –en el prólogo de la reedición de 1969 de “Fervor de Buenos Aires”, cuando merecía una publicación  de sus Obras Completas, o casi, algo insólito para un autor vivo; y en la cumbre de sus palmares, recientemente nombrado miembro de la  Academia de Artes y Ciencias de los Estados Unidos y Gran Oficial de la Orden al Mérito de la República Italiana-, “Somos el mismo; los dos descreemos del éxito y el fracaso, de las escuelas literarias y los dogmas; los dos somos devotos de Schopenhauer, de Stevenson y de Whitman. Para mí, “Fervor de Buenos Aires” –poemas que elevan a Buenos Aires a un numen, la musa en su porvenir criollista, y que incluyen el poema a Juan Manuel de Rosas, “creo que fue como tú y yo”; Borges luego furibundo antirrosista- prefigura todo lo que haría después”, puntualiza en tiempos que se dedica al periodismo –y agitación- cultural en las revistas Proa y Martín Fierro “Enciclopédico y montonero” se definiría en un programa que incluye el ensayo “El idioma de los argentinos” (1928), punto alto de su nacionalismo mestizo que vetaría en vida, época además de su adhesión el yrigoyenismo, publica con un premio municipal una oblicua biografía de Evaristo Carriego (1930), y cierra con “Discusión” (1932), que merecería la crítica de “literatura parasitaria” debido a “repetir mal lo que otros habían dicho bien”; un modus operandi  que el mismo Borges defendería muchos años después en la revista Sur en “El escritor argentino y la tradición” (1951), una apropiación salvaje y, totalmente original, de toda la literatura universal.

 

Alternando con la práctica periodística en medios masivos como el diario Crítica, que suma la reseña cinematográfica, fundamental  el cine en sus técnicas en su estilo narrativo, aparecen sus primeras ficciones, “Historia Universal de la Infamia” (1935), glosas de delincuentes de Oriente y Occidente, y entre ellas un cuento original, “El hombre de la esquina rosada”, historia de malevos y violencia que inspiró la película de René Mugica de 1962. A fines de los treinta se eclipsa el primer Borges, el poeta y el ensayista, que fue el abono del Borges Inmortal de los cuarenta y cincuenta, el Borges narrador, Borges en sus oráculos de símbolos y caos hechos palabras.

Borges

Todos los Borges, el Borges

1938 es un año clave en Borges. Primero, fallece su padre, y obligado a un ingreso regular, acepta de mala gana un empleo en el Biblioteca Municipal Miguel Cané en Boedo; un acomodado trabajo que le permitía continuar con sus interminables lecturas. A fin de ese mismo año, en Nochebuena, se lleva por delante el batiente de una ventana, y pasa un mes y medio inconsciente,  al borde una fatal septicemia, fuente onírica de su cuento “El Sur” (1953) “Lloro porque comprendo” refiere el escritor en su autobiografía, y confiesa que fue lo primero que dijo a su madre mientras ella leía unas páginas de “Fuera del planeta del silencio” de C. S. Lewis.  En sus memorias  recuerda que le atemorizaba nunca más escribir, “mientras me debatía entre la vida y la muerte”, enfatizaba, y Borges reflexionaba que “había escrito una buena cantidad de poemas y docenas de artículos breves y pensé que si en ese momento intentaba escribir y fracasaba, estaría terminado” pero se le ocurre que “si probaba algo que nunca había hecho antes y fracasaba, eso no sería tan malo y quizá hasta me prepararía para la revelación final” Aquella prueba sería “Pierre Menard, autor del Quijote”, el reescriba extemporáneo del clásico cervantino. Este cuento fundacional, aunque sostenido en las metódicas reflexiones que Borges venía desplegando incluso en páginas de medios populares como la revista El Hogar, luego sería reunido en el “El jardín de los senderos que se bifurcan” (1941), y habida la campaña de la revista Sur, y sus satélites culturales, en desagravio a Borges  por no recibir un premio de literatura, se engarza triunfalmente con “Ficciones” (1944) y “El Aleph” (1947).

 

Libros-símbolo, en palabras de Isabel Stratta, que identificarán por siempre a Borges con sus millones de lectores, una inédita literatura que celebra a quien lee,  y no el autor, ahora una sombra.  “Plenitud literaria” llamaría Borges a la década del cuarenta, cuentos como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “Funes, el memorioso”, “Las ruinas circulares”, “La biblioteca de Babel” o “La muerte y la brújula” no solamente aún siguen siendo cumbres de las letras universales, sino que influenciaron el pensamiento del planeta, desde la filosofía a las ciencias exactas.  O los límites y las paradojas del saber. Plenitud además que se complementa con su trabajo en colaboración con Adolfo Bioy Casares  y Silvina Ocampo, antologías de literatura fantástica y poesía, y cuentos policiales absurdos  con Bioy con el alias de H. Bustos Domecq, apellidos patricios de antepasados de ambos.   Por aquellos años aceptaría en una efímera revista un cuento de un joven, “Casa tomada” del escritor Julio Cortázar, un diagonal discípulo, y  futuro cuentista de “Todos los fuegos el fuego”

 

“Ese hombre, de cuyo nombre no quiero acordarme, está en la Casa Rosada”, volvía Borges con inquina en 1972 a Sorrentino, rememorando su vida durante los años peronistas, donde la leyenda cuenta que renuncia porque las autoridades del municipio habían decidido ascenderlo a inspector de aves de feria, “una cachada”, algo que no aparece en el expediente que se le siguió por no cumplir una ordenanza de la ciudad, anterior al gobierno de Perón, y que prohibía a los funcionarios públicos emitir opiniones políticas, según la investigación de Jorge Luis Rivera en “Borges, ficha 57323” de 1999, “Y yo sentía tristeza y, de algún modo, sentía remordimiento, porque pensaba en el hecho de no hacer nada o hacer muy poco…¿Qué podía hacer yo? Mencionarlo en las conferencias que daba, siempre con alguna burla (yo no podía hacer otra cosa, no me sentía capaz de hacer otra cosa) Todo es me entristecía. Y, en cambio, yo sentí como algo triste, pero algo honroso también, el hecho que mi madre, mi hermana, uno de mis sobrinos y muchos de mis amigos estuvieran en la cárcel”, cierra el penoso cuadro. Él mismo también estaría bajo custodia de un agente, que todas las mañanas lo esperaba en la puerta de su departamento de la calle Maipú al 900, en donde viviría hasta que dejó Buenos Aires para morir en Ginebra, en los ochenta.  El único lapso que no residiría en ese sexto piso, junto a su madre, sería el periodo de casado con Elsa Astete Millán, 1967-1970, y que viviría en la avenida Belgrano al 1300. Con la autodenominada Revolución Libertadora, por su afinidad visceral antiperonista, sería ungido implícitamente en el sitial de Escritor Mayor de la República, con cargos, cátedra en la Universidad de Buenos Aires y Biblioteca Nacional,  y honores por doquier, que eran una continuación de su anterior muy comentada presidencia de la Sociedad  Argentina de Escritores, foco de la resistencia al régimen peronista.  La curiosidad es que la renuncia al cargo de bibliotecario municipal ayudó a que Borges venciera su crónica timidez, y desde 1947, se convirtió en un extraordinario conferenciante y docente de clases magistrales, uno que el mundo necesitaba escuchar, de una erudición y reflejos que dejaba estupefactos a los mejores interlocutores.

Borges

“No estoy acostumbrado a la eternidad”

“Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición” en “Borges y yo”, una cifrada autobiografía de 1960, recogida en “El Hacedor”, la compilación de prosa y verso, ya ciego el escritor, que funcionó como insigne preludio a las próximas décadas, pletórica de menciones en los principales centros de la cultura y las artes. Un punto inflexión fue el premio Formentor de 1961, en compañía de Samuel Beckett, y  que disparó las traducciones y los galones, caballero de honor en Francia, a sugerencia de André Malraux “Una de las figuras más geniales de la literatura contemporánea…podemos decir que el director de la Biblioteca Nacional de la Argentina es el más original de los escritores angloamericanos (sic) y esta extraterritorialidad puede ser un bien indicio”, alaba el crítico norteamericano George Steiner, en una cita de 1971 de Martín Prieto, y Borges definitivamente entra el panteón de los grandes escritores, patrimonio de la Humanidad.    

 

“Durante muchos años creí que me sería dado alcanzar una buena página mediante variaciones o novedades; ahora, cumplidos los setenta, creo haber encontrado mi voz…la ya edad avanzada me ha enseñado a resignarme a ser Borges”, sentencia en el prólogo de “El informe de Brodie” (1970), una serie de cuentos que lo hallan en su mejor forma, “La intrusa” o “Historia de Rosendo Juárez” son clásicos instantáneos “Yo sueño mucho. Sueño cuando duermo y también despierto…despierto quiero decir momentos antes de dormirme. ..a veces en inglés, otras veces en español, son expresiones muy extrañas, incomprensibles. Repito estas expresiones a viva voz y luego me quedo dormido. Todo realmente muy extraño. He compuesto obras breves a partir de mis sueños.  Mi obra más reciente, que será editada próximamente, se titula “La memoria de Shakespeare” –título de su último libro de cuentos de 1983; el último de poesía en vida sería “Los conjurados” (1985), y de ensayos, “Nueve ensayos dantescos” (1982)-, y también surgió de un  sueño. Un sueño que tuve hace muchos años mientras daba clases en Misisipi”,  comentaba Borges en 1980, en gira por Japón, una cultura que amó tanto como Islandia, y que acompañaba las múltiples traducciones en Oriente del escritor argentino. Allí ya era secundado por su última esposa, María Kodama, y se definía “anarquista cosmopolita. Y soy cosmopolita porque el mundo hizo a Borges”, en tiempos que arreciaban las críticas a la última dictadura, que él desde su postura conservadora defendió en un principio, que hayan derrocado a un gobierno peronista de “delincuentes”, aunque en 1981 atemperó su visceral antipatía al movimiento justicialista, y firmó  solicitadas a favor de los derechos humanos y la aparición con vida de los desaparecidos, varios de ellos peronistas.

 

“Siento un poco de vértigo…No estoy acostumbrado a la eternidad”, en una despedida anticipada, repetía el escritor, algo abrumado además de la sin solución discusión sobre el por qué no recibía el Premio Nobel. En 1980 obtiene el Premio Cervantes de la Real Academia Española.  Jorge Luis Borges fallece en Ginebra, ciudad de su anhelada juventud, su segunda patria, el 14 de junio de 1986, originando miles de homenajes en cada país que aprecie la literatura con mayúsculas, en cada lector que encuentre la potencia de una página donde la fuga de la realidad es más real que lo real “Temo que la gente se dé cuenta que me han dedicado excesiva atención y me consideren un chambón, o un impostor, a ambos a la vez”,   sentenciaba un otoñal Borges, “La tarea que he emprendido es ilimitada/y ha de acompañarme hasta el fin,/no menos misteriosa que el universo/y que yo, el aprendiz”

 

 

Fuente: Borges, J. L. Fervor de Buenos Aires. Inquisiciones. Luna de enfrente. Para las seis cuerdas. Elogio de la sombra. El informe Brodie. Buenos Aires: Sudamericana. 2016;  Sorrentino, F. Borges. Siete conversaciones con Jorge Luis Borges. Buenos Aires: El Ateneo. 2001; Gasió, G. Borges en Japón. Buenos Aires: Eudeba. 1988; Panesi, J. La seducción de los relatos. Crítica literaria y política en la Argentina. Buenos Aires: Eterna Cadencia. 2018.

 

ImágenesMinisterio de Cultura de la Nación     

Fecha de Publicación: 24/08/2021

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