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Pasado, presente y futuro

¿Por qué salir a recorrer el mundo con lo puesto es una fantasía que tenemos todos?

Argentinos por el mundo
pasado, presente, futuro. Relojes

Ayer leí una nota que contaba que una pareja de argentinos que trabajaba en publicidad digital (cómo los entiendo, amigos), decidieron renunciar a todo (trabajo, alquiler y falsa seguridad) para irse a recorrer el mundo cambiando casa y comida por trabajo. El trabajo, en su caso, fue desde cuidar una huerta hasta pintar una pared, desde arreglar un baño hasta enseñar español. En fin, “lo que sea”.

¿ Qué motiva el salto de fe?

¿Por qué dejar todo atrás y salir a recorrer el mundo con lo puesto es una fantasía que todos tuvimos alguna vez? ¿Cuál es el deseo que se despierta? ¿Dónde reside el anhelo? ¿Tenemos razones específicas? ¿Hay un instinto nómade heredado? Sin ponernos demasiado existencialistas –aunque podríamos, herramientas teóricas sobran− creo que un gran mal de nuestra época es pensar que lo que estamos haciendo no es lo mejor que nos podría estar pasando. Noten que ni siquiera digo que pensemos que lo que estamos haciendo no es “bueno”, sino que no es “lo mejor”.

Dar lo mejor de uno y no huir en el intento

Si pensamos que la búsqueda parte del sentimiento de “acá no estoy viviendo todo lo que podría” o “tengo un potencial y no lo desarrollo al nivel esperado”. Premisas de este estilo son disparadores para tomar la decisión de abandonar todo, salir con lo puesto y que la vida nos lleve. Sin embargo, vale cuestionar cuánto de eso es real y cuánto nos convencemos de que acá no se puede crecer. ¿En qué sentido crecer? Quizás solo se trate del hartazgo de la rutina disfrazado de un deseo de liberar o de llenar un vacío con experiencias que acá, en nuestra casa no nos atreveríamos a vivir.

¿Acaso no podríamos dejar esa falsa seguridad en nuestro país y andar las rutas o las calles sin más preocupación que dónde vamos a dormir y qué vamos a comer? Yo me atrevo a pensar que sí, sería posible, pero para eso hay varios prejuicios que derribar. La mirada del otro se siente más acusatoria en el entorno cercano: familia, amigos, compañeros de trabajo. En cambio, largar todo para recorrer el mundo tiene algo de idealización. Se acepta, se permite. Hasta goza de cierto glamour. Que cada uno sienta la libertad de ser quien quiere acá o allá. Porque la vida es una y si no encontramos la posibilidad de la aventura fronteras afuera no debería ser motivo para no saltar.

Pasado, presente y futuro. Mucho más que tiempos verbales

Vivimos desesperados tras un reloj delirante que nos obliga a obligarnos cada vez más. ¿Cuántas veces, mientras hacemos algo estamos pensando en qué es lo que vamos a hacer después? Si pensamos así, ¿qué valor le estamos dando al presente? Y ahí es donde hay que tener cuidado: el presente es lo único que tenemos. El pasado ya pasó y el futuro es una entelequia. Entonces, volviendo, trabajar de “cualquier cosa” a cambio de casa y comida (las necesidades básicas por antonomasia), me parece que, de alguna manera, lo que genera es una especie de obligación de habitar el presente. No hay nada para acumular, nada para ahorrar, nada para planificar: sólo debemos pintar esa pared para, en un rato, recibir un plato de comida y una frazada.

Volviendo al principio, creo que todos alguna vez tuvimos esa fantasía (en mi caso mucho más que “alguna vez”) porque lo que estamos deseando, en el fondo, es salirnos un poco de este sistema que nos transforma en esclavos de nosotros mismos, en esclavos de nuestros deseos irrelevantes, hipotecando, sin darnos cuenta, lo único que tenemos: el ahora. Los dejo porque me voy a jugar con mi hijo, que, por suerte, no quiere dejar todo e irse a viajar por el mundo, sólo quiere que hagamos carreritas en un pie por el living. Gracias al cielo.

Fecha de Publicación: 12/11/2018

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