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La santafesina que enamoró a un galés, parte 2

Segunda parte de la historia de Elena y su novio galés. Cómo es vivir en el primer mundo y curiosidades del choque cultural.

En agosto de 2010, después de pasar unos meses en Santa Fe, Elena Gandolla partió hacia Gales “y que Dios me ayude. Hoy ya hace 10 años que vivo aquí y me he acostumbrado a ese aire de mar (y a veces viento huracanado) que se respira cada día. A su lluvia casi constante y a esos días de sol que son apreciados sobremanera, dada su escasez. Gales no ha dado más que oportunidades de demostrar lo que puedo hacer”, se enorgullece Elena, que descubrío crecimiento profesional y, además de su compañero de vida, a muchos amigos. La mayoría son inmigrantes como ella, “y algún galés también me abrió su corazón. Aunque, sin dudas, no se dan a los extraños con la devoción del argentino”.

Hoy esta santafesina trabaja en un colegio internacional que funciona en un castillo galés del siglo XII. Cada día es como un cuento de hadas. “Claro que se termina la luna de miel cuando te das cuenta lo fría que puede ser una edificación tan vieja y lo poco modernas que son la instalaciones. Pero yo me adapto fácilmente, por suerte (me llevo una bolsa de agua caliente a la oficina ¡y listo!)”.

También se hizo socia de un club de tenis, del cual participa semanalmente jugando con gente local o con clubes de pueblos cercanos. Algo raro para quienes acostumbramos desarrollar prácticas deportivas en el clima sudamericano es que, en Gales, hacen tenis a cielo abierto también en invierno. “Fue un verdadero shock ver cómo toman naturalmente jugar bajo la lluvia congelada o durante una helada dolorosa... ¡También me acostumbré! Me miraron con asombro cuando anuncié que no jugaría en invierno y no me quedó otra que probar. No voy a mentir: es muy desagradable, pero no imposible”.

Argentina y británica

Con la lógica diferencia de raíces, a veces se siente integrada y otras le cuesta entender aspectos de la cultura. Sin dudas, lo que más la ayuda a sobrellevar esta realidad es la solidez de su relación con su galés. “A veces es difícil reconciliar algunas diferencias culturales. El tono de voz (según él, hablo gritando), las elecciones culinarias. Un día hice empanadas y me pidió kétchup para acompañarlas. ¡Casi muero! El primer día que nos conocimos me ofreció un té y al probarlo me di cuenta de que le había puesto leche.... no me gustó. Él no lograba entender el concepto del té sin leche. Le resultaba más fácil entender el mate que mi manía de tomar el té negro (también me acostumbré al té con leche y ya no puedo beberlo sin ella)”.

Hoy Elena asegura que ya pertenece a dos culturas, y le encanta. “Nunca lo hubiera imaginado. Canto los dos himnos con el mismo respeto, y adopté la bandera galesa como propia (flamea en nuestra casa en ocasiones patrias o deportivas). Los dos países me han dado de más y los amo profundamente. Soy de aquí y soy de allá, y es mi elección”.

Para el futuro no descarta nada. Puede ser en Argentina, aquí o en un continente diferente. Elena ha tenido la oportunidad de viajar bastante y se ha sentido muy atraída por otras culturas súper diferentes a la latina o la británica. “Si pudiera, me tomaría unos cuantos años sabáticos en países como Singapur, Japón, Tanzania o Dinamarca. Conocer la cultura y gente de un país ha sido siempre mi pasión. Pero por ahora me quedo aquí en Gales, al cual lo llamo mi hogar también. Con sus montañas, su mar, su prados verdes y bosques ancestrales. Siempre acompañada de Lee y el mate”.

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