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De la pobreza extrema a dar clases en Oxford

Una historia de vida impactante que demuestra que las oportunidades lo son todo para poder avanzar hacia el éxito. Un cordobés que pasó de la pobreza extrema a ser profesor universitario en el exterior.

Esteban Cichello Hübner nació en La Falda, Córdoba. Desde chico tuvo que sortear dificultades económicas y emocionales. Sus padres se separaron cuando él era muy pequeño y la ausencia de la figura paterna en la casa llevó a la familia a la extrema pobreza. 

Infancia en ruinas

La infancia de Esteban transcurrió en un rancho precario en medio de los pastizales del conurbano bonaerense. Su casa era un cuadrado de seis metros por seis, sin paredes ni revoques, con piso de tierra y chapas como techo. El rancho no tenía piso, ni baño, ni cocina. Menos calefacción. Allí vivían con la abuela Raquel, su hijo Marcelo y mamá Ester con Esteban y su hermanito. Raquel, con su sueldo básico era el sostén económico de la familia. Trabajaba de mucama en un centro de asistencia pública, algo intermedio entre un hospital de verdad y una salita de primeros auxilios. Fue quien llevó el pan a la casa, hasta su trágica muerte en un accidente vial sin más responsables que un conductor alcoholizado. Sin ella, la familia queda devastada, en la indigencia. Después de esa tragedia, Ester quedó a cargo de sus dos hijos y de un pequeño medio hermano, sin empleo, sin luz, sin agua, sin nada.

Trabajo infantil

Uno de los hechos que marcaron su infancia fue el trabajo. Cabe destacar que, como adultos, debemos cuidar la infancia y encargarnos de que a las familias no les falten nada, para que sus niños puedan jugar en paz. Esteban comenzó a trabajar a los nueve años. Lo hacía en la Despensa Lolita, desde las 9.30 hasta las 12.30, ya que a esa hora tenía que entrar a la escuela. En la despensa limpiaba las heladeras, acomodaba cajas y envolvía huevos con papel de diario. Si bien su experiencia fue buena y es parte de una historia conmovedora, el trabajo infantil es ilegal y no debería ser una realidad.

En el camino de la vida, su madre se casó nuevamente y tuvo dos hijos más: Marcos David (que murió a los 20 años por sobredosis) y Claudia Noemí. Mejoraron un poco el rancho, ya tenían electricidad, pero no mucho más. El problema era que el marido de Ester era golpeador y alcohólico. En el rancho había poco espacio para tantas personas. Así que Esteban vivió por un tiempo en la casa de unos tíos paternos que habían perdido a un hijo y lo adoptaron con gusto. Sin embargo, la convivencia no duró mucho, ya que su tía enfermó gravemente y Esteban tuvo que volver al hogar materno. 

Sin oportunidades no funciona

Esteban comenzó con la búsqueda de otros trabajos mientras seguía con sus estudios. Con solo 16 años, nadie se animaba a darle una oportunidad.  Pero en un golpe de suerte, consiguió trabajar para un laboratorio dental repartiendo dentaduras, puentes y coronas. Yendo a trabajar un día, en un tren, conoció a un señor que le dijo que podía darle trabajo. El señor era el fundador de Festo Argentina, una compañía alemana de automatización industrial que le puso una sola condición: debía seguir estudiando.

Cumplió. Esteban terminó, en 1987, el secundario especializado en Letras. Luego de varios años asistiendo a la escuela en el  turno noche, en el Colegio Nacional Juan José Paso, en el barrio de Once de la capital, se recibió.

Seguir carrera

Su próximo trabajo fue en el Hotel Conquistador, en la calle Suipacha. Por esos tiempos, se obsesionó mirando otro hotel de la zona: el magnífico Sheraton. Educado, bajito, emprendedor, audaz, superprolijo y obstinado como nadie… Consiguió un puesto en la exitosa cadena de hoteles. Tenía que repartir mensajes por cientos de habitaciones. Un día le ofrecieron ir a trabajar al Hotel Géminis, en Las Leñas. Se animó y se instaló en Mendoza. Como en la montaña no tenía en qué gastar, juntó plata para empezar a concretar sus fantasías de conocer el mundo.

Trabajar y estudiar por el mundo

Esteban tenía 20 años y llegó a conocer Israel, uno de sus objetivos iniciales. Se instaló en Kibutz, donde cosechaba paltas, fabricaba pan, limpiaba gallineros. A los cinco meses se cansó de esa vida rural y decidió probar suerte en otra cosa.

Se dirigió al hotel Sheraton de Tel Aviv y, sin vergüenza, pidió ver al Gerente General. Le preguntaron quién era él y respondió sonriente: “Soy Sheraton Argentina”. El Gerente General lo atendió. Le contó que él había comenzado como mozo en el Sheraton de Frankfurt y le dijo que sabía muy bien lo que significaba el esfuerzo. Esteban sabía poco y nada de hebreo, pero lo tomaron como “dador de llaves” igual. Como no tenía dinero, esos primeros treinta días, durmió en la playa frente al hotel. Cuando cobró su primer sueldo, alquiló una habitación en la casa de unos marroquíes. Pidió trabajar turno noche para poder estudiar hebreo por la mañana.

Cando supo manejar bien la lengua, se anotó en la Universidad Hebrea en Jerusalén para estudiar Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas. La universidad podía pagarla prestando servicios sociales. Cumplió la nueva misión y se recibió con honores (Summa Cum Laude) por su buen promedio.

Perseguir un sueño

Pero un sueño que todavía no había cumplido seguía intacto: estudiar en la Universidad de Oxford. De hecho, entre las páginas de su Torá, había puesto a modo de cábala, la postal del edificio. Mandó solicitudes a las más célebres universidades del planeta. La sorpresa no pudo ser más grande cuando cuatro de ellas le respondieron que lo habían admitido: Oxford, Cambridge, Johns Hopkins y Stanford. Pero había un problema: para Oxford necesitaba 11 mil libras esterlinas. Y él no tenía ni una.

Sin oportunidades no funciona II

Empezó a aplicar para distintas becas. Consiguió algunas, pero no le alcanzaba el dinero. Entonces resolvió solicitar a las instituciones una prórroga por un año para poder juntarlo. Necesitaba trabajar en algo redituable. Pasó por Japón, Francia y muchos países más buscando solvencia económica. Hasta que llegó el día de la gran noticia: habían decidido otorgarle una beca para la Universidad de Cambridge. 

La alegría no fue total porque su obsesión era Oxford. Se atrevió y pidió una reunión con el comité de becas del British Council. Los convenció: le dieron una beca para Oxford, pero solo por dos años. La carrera tenía tres. Aceptó igual, ya tendría tiempo para ver cómo lo resolvía. Terminó estudiando tres carreras en Oxford sin jamás pagar una libra esterlina. No solo eso: se convirtió en profesor de la institución más prestigiosa del mundo -con casi mil años de antigüedad-, dirigió varios de sus programas y fue tutor de alumnos de todas partes del mundo. También estudió en la Universidad de Salamanca, en España y se desempeñó como profesor en la Universidad de Cambridge. 

Desde la cima

Hoy, sabe siete idiomas, tiene tres títulos universitarios y es profesor de Oxford. Esteban reflexiona, desde un lugar muy lejano a su situación inicial de pobreza: “El ábrete sésamo de mi vida fue la lectura (...) Yo me rehusaba a ser pobre de palabras. Los diccionarios me apasionaban. Como no me alcanzaba el dinero para comprarlos me puse a juntar unos cables negros, los quemaba y, después, vendía el cobre que quedaba. Con eso, un día, me compré un diccionario de inglés”.

Pequeña reflexión

La historia de este cordobés es única y llamativa. Y nos demuestra, una vez más, que sin pequeñas oportunidades, ayuda y consciencia ajena, el éxito es inalcanzable. Armar redes, formar vínculos y forjar personalidades es tarea de todos. Y hay una cosa en la que deberíamos trabajar como sociedad para que no suceda nunca más: no debemos permitir que haya niños trabajando para llevar el pan a su hogar.

La historia de Esteban tiene final feliz y es de película. Pero la realidad de muchas familias está lejos de conseguir viajes por el mundo o incluso ingresar a una Universidad aunque sea Nacional. La historia de este profesional es un orgullo, y para que haya miles de Esteban más, no debemos enfocarnos en que los pequeños con derechos vulnerados se esfuercen más, sino en garantizarles las condiciones mínimas y básicas para una vida digna.

Desde Ser Argentino felicitamos a este profesional excepcional, y agradecemos su historia de vida como un ejemplo de resiliencia.

 

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