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¿Cuál es la edad para viajar?

Conocé a una pareja de abuelos santafesinos que no apaga nunca su espíritu viajero. No hay edad para ser inquietos.

Argentinos por el mundo
Viajar

Luly y Churo se conocieron en los setenta, en Santa Fe. Con la edad de los sentimientos a flor de piel, comenzaron una vida juntos, siempre llena de viajes. Formaron una familia en la capital provincial, pero, con los chicos ya grandes e, incluso, siendo abuelos, retomaron a full su pasión por viajar. Hoy viven en Ecuador.

Luly, la abuela inquieta, nos cuenta su historia de viajes en primera persona.

Iba a quinto de la secundaria cuando conocí a Churo, un bombón recién salido de la facultad de Ingeniería de Rosario. Fue en el año 78 del siglo pasado y acá estamos, más de 40 años después, recorriendo los caminos de la vida juntos. Yo nací en la Pampa gringa, pueblo agrícola, rodeada de abuelas con quinta, sin calefacción, juntando huevos que hoy no como y defendiendo a patadas limpias a todo animal cerca de la cuchilla, el origen de mi vegetarianismo. En esos tiempos, en el interior del interior se viajaba muy poco. Pasábamos las vacaciones de verano en Mar del Plata, la foto con el lobo marino en la Rambla. Carlos Paz y los burritos, la aventura de la aerosilla. Para Pascua, las cataratas o el norte. Ya nos considerábamos gente viajada. Un primo de mi papá tenía un chalet en Calamuchita y para allá partíamos, primero en un 600 con la tapa del motor un poco abierta porque calentaba. Siempre de noche para que el sol no nos derritiera dentro de esa latita de sardinas. Cerca de Santa Rosa, por un camino de roca viva se llega a La Cumbrecita, mi primer amor verdadero hacia un lugar específico. Fue un amor instantáneo y total, que duró, efervescente, muchos años de regresos y recorridas. Y que influyó en nuestras vidas plantando el germen de una mudanza. Mi espíritu viajero comenzaba a cuajar.


Periodo de ¿quietud?

Si los andares en los 70 fueron de cabotaje, los 80 y los 90 tuvieron otros aires. Ya casados y con sus tres hijos, los viajeros partían a Chile, Brasil, Uruguay y Paraguay.

Siempre en auto, mucho equipaje, mamaderas, sombrilla, bronceador. Exprimiendo esos quince días diferentes, durmiéndonos al sol en las playas de Concón, conociendo marcas, comidas, acentos.

Con los chicos, una etapa de campamentos cuando munidos de una parafernalia de cosas varias. Linternas, repelente, sombreros, y nos ubicábamos al borde a algún arroyo santafesino o un pinar cordobés, las fogatas con piñas, el olor a eucaliptus, las arañas saltonas que me aterraban y me aterran. Una experiencia para vivir en familia, con latidos de juventud.

Nuestra vida tuvo varios giros súbitos en cuanto a lugares de residencia. Del pueblo grande con horizontes de trigo pasamos a la capital de la provincia, rodeada de agua y esteros, el verde y el dorado mutaron en un azul amarronado que captó nuestra atención. Toda la familia se instaló en la City. Tardecitas con lisos y carlitos. Años de facultad compartida con mis hijas, apuntes borroneados por las 3 y manchas de mate, apuros, miedo y orgullo ante los exámenes rendidos. El placer casi erótico y la curiosidad imparable que me generaba el descubrimiento de la filosofía profunda, los análisis sociológicos, los derroteros e indagaciones mentales de mis años universitarios me transformaron puliendo mi intelecto y mi capacidad de percepción.

Uno de los mayores descubrimientos de Churo en Santa Fe fue el de un negocio de libros usados muy cerquita de nuestro departamento. Íbamos casi todos los días a revolver, llevar y traer montañas de novelas, ensayos, historia, decoración, revista de turismo, guías de floricultura, navegación, un mundo escondido en un oscuro y polvoriento paraíso en la 25 de mayo.

Volver a la aventura

Con sus tres hijos grandes, que ya les dieron nietos, el matrimonio descubrió una nueva edad para viajar. Luego de unos años en Córdoba, partieron a recorrer América en casa rodante. ¡Con seis perros!

Cansados del calor del litoral y nuestro estado casi permanente de injustificada insatisfacción, dimos otra vuelta a la pirinola y partimos rumbo a las sierras cordobesas. En este nuevo paisaje de subidas y bajadas se nos fortalecieron las piernas, se nos endurecieron las manos y lentamente empezamos a deducir el parloteo serrano, lleno de cantos y quebradas. Atrás quedaron las eses arrastradas y nuestros oídos se llenaron de la sinuosa música vocal con otros tiempos, más lenta, pausada, afín con las ondulaciones que nos rodeaban.

En nuestro jardín que encontramos abandonado, gracias a miles de horas de rodilla, riego y un amor ensañado con la naturaleza, comenzaron a florecer rosas palpitantes, azucenas, nomeolvides, y más de 300 variedades diferentes de especies botánicas. Fue una época de creatividad sustanciosa, siempre en la búsqueda de lo original, la madera más noble, el jazmín más floribundo. Nuestro léxico también cambió. Se llenó de términos botánicos con latinazgos y doble nomenclatura. Fascinante mundo verde.

Poco a poco fueron llegando, como guiados por una mano invisible, perros y gatos abandonados, hambrientos, necesitados de amor y como en nuestra casa eso abundaba se fueron quedando y formamos una enorme familia.

 Para cada uno de ellos fuimos tejiendo su historia de vida, creando nacimientos soñados. De esas historias surge el nombre de una perra maravillosa que nos acompañó mucho tiempo, y que se llamó Jesuza. Parte de este clan, seis de ellos, los supervivientes a 12 años de vivir en las sierras, nos acompañarían, primero en casa rodante y después en avión, a nuestro actual país de adopción, Ecuador.

Fecha de Publicación: 18/07/2020

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