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Y Areco volvió a la vida

Con la reapertura del histórico Bar Bessonart, el pueblo de San Antonio de Areco está de nuevo en las calles.

A los que nacimos en la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores, aún nos resulta extraño que, a tan solo 100 km de distancia, la vida sea tan diferente. Y, con las restricciones que impone la cuarentena, más aún. Escaparnos a algún pueblo cercano es conectar con otro ritmo sin tener que movernos mucho. Claro que, desde hace varios meses, eso no es una posibilidad. Entre las opciones más cercanas, se encuentra San Antonio de Areco, un hermoso pueblo de tradición gauchesca. Una vez allí, la visita obligada es el histórico Bar Bessonart.

En los últimos días, gracias a las medidas de flexibilización municipales, los bares y restaurantes del pueblo volvieron al ruedo. Los vecinos salieron y la vida comenzó a parecerse un poco más a la que solían tener hasta antes del 20 marzo, algo que hoy parece tan lejano. En el Bessonart, retornó la tradición que se mantiene entre sus paredes desde hace 200 años: la gente volvió al bar. A compartir, a encontrarse. Con distancia, claro, porque los protocolos de prevención del COVID-19 trajeron algunos cambios.

200 años de historia

Entrar en el Bar Bessonart es viajar en el tiempo. A una época de campo y de gauchos, que aún hoy ocupan sus mesas y su mostrador. Su decoración, llena de elementos antiguos por descubrir en cada pared, en cada estante, hace que allí se viva otra historia. Hasta el 2008, fue un almacén de ramos generales con despacho de bebidas. En el pasado, salían desde allí carruajes con mercadería que llevaban provisiones a las estancias.

Dicen que allí paraba un gaucho llamado Segundo Ramírez, quien habría sido la inspiración de Ricardo Güiraldes para su gran novela: Don Segundo Sombra. Sucede que el escritor también era asiduo concurrente al boliche, y allí se cruzó con un personaje de la vida real, que luego llevó a las páginas de su histórica obra. Otro que anduvo por ahí también fue Carlos Gardel, quien se arrimó al bar cuando visitó la estancia La Porteña, de la familia Güiraldes.

Desde 1951, al frente del bar se encuentra la familia Bessonart, que ya va por su tercera generación del otro lado del mostrador.

Una reapertura muy esperada

Desde el inicio de la cuarentena, Areco era otro pueblo. Sin gente en las calles, sin los tradicionales paseos de domingo por la tarde y, por supuesto, sin bares. Con la reapertura del Bessonart, el pueblo volvió a la vida. Aún sin la presencia de los miles de turistas que recibían cada fin de semana, los locales tomaron las calles. Y las mesas.

Para la reapertura se aplicó un protocolo estricto. Primero, un inspector municipal determinó la cantidad de mesas que podían ser ocupadas. De las 20 mesas que tenía el bar, solo se habilitaron ocho en el interior y una por cada dos metros en la vereda. En cada mesa no puede haber más de cuatro personas y deben permanecer sentadas. Todas las personas que ingresan deben escribir en un cuaderno sus datos: nombre, apellido, DNI y un teléfono de contacto.

Sin embargo, el mayor problema no se dio en las mesas, sino en el mostrador. Algunos de sus clientes históricos nunca se habían sentado. Acostumbrados a tomar su bebida de parados, tener que explicarles que ahora debían respetar las nuevas reglas no fue tarea sencilla. Pero todos acataron las normas y, así, hubo algunos que se sentaron a una mesa por primera vez después de décadas quizás.

Con esta “nueva normalidad”, todo ha cambiado mucho. Pero, por suerte, en algunos sitios las cosas ya pueden volver a sentirse un poco más como antes.

Salud.

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