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¿Qué es el curanto?

A pocos kilómetros de Bariloche, probar el curanto es una experiencia gastronómica inigualable.

En toda su inmensidad, la Patagonia fue poblada, en principio, por las tribus indígenas, pero luego se convirtió en el lugar elegido por personas de distintos países que se afincaron y trajeron consigo sus creencias y tradiciones, y también se entremezclaron con la de los habitantes originarios.

Así como, por ejemplo, en Chubut se instaló una colonia galesa que llegó a las costas de Puerto Madryn en 1865, a fines del siglo XIX llegaron a Río Negro un grupo de pioneros de la Suiza francesa que, luego de pasar por Chile –un dato que no resulta menor–, se asentaron en cercanías de Bariloche, en lo que se conoce como Colonia Suiza.

Los primeros en afincarse en la cordillera rionegrina fueron los hermanos Goye. Luego les siguieron los Cretton, los Mermoud y los Neu. Se dedicaban a la actividad agrícola y al comercio de sus productos y, con los años, fueron construyendo sus casas, la capilla y la primera escuela, mientras que transportaban mercadería hacia Chile en barcos realizados por ellos mismos.

El curanto

Si bien vincular la Colonia Suiza –y Bariloche– al chocolate, uno de sus platos típicos, nada tiene que ver con eso. Se mencionó que el paso de los pioneros suizos por Chile no era un dato menor: ellos conocieron en el país trasandino la técnica culinaria del curanto, que consiste en la cocción de la comida en un pozo. Se trata de una comida típica de los indígenas araucanos, cuya traducción puede remontarse al término "curantu" (cura significa “piedra”, y antú significa “sol”, lo que derivaría en una traducción literal de “piedras al sol” o “piedras del sol”).

Fueron los colonos suizos los que introdujeron el curanto en la región de Bariloche y le aportaron su toque para que en su Colonia, hasta la actualidad, siga siendo un atractivo tentador para quienes llegan hasta allí. Tradicionalmente cada domingo se acercan cientos de comensales interesados en el curanto.

El pozo es de unos 15 centímetros de profundidad (y la superficie depende de la cantidad de comensales). En él se colocan piedras bochas que se calientan al rojo vivo en una hoguera. Allí hay que poner un colchón de hojas de nalca –una especie que crece en la región– y sobre ellas van los ingredientes del menú. 

En la Colonia Suiza, para los turistas, se prepara carne de vaca, de cordero, de cerdo y pollo; chorizos; papas, batatas, cebollas, zanahorias y zapallos ahuecados rellenos con queso, crema y arvejas. Dicen los que saben que, lo básico, son cinco tipos de carne y otras cinco verduras. Los ingredientes también se tapan con hojas de nalca; sobre ellas se colocan lienzos húmedos para que no se pierda el calor y se cubre todo con abundante tierra para que se convierta de esta manera en un horno a presión. Al estar lista la comida, comienzan a salir hilos de humo de la tierra y, tras descubrir los ingredientes, ya están listos para consumir.

El postre también está asegurado

Confiterías y casas de té –con una impronta diferente a las que se encuentran en Gaiman y otros pueblos chubutenses– que tienen una privilegiada vista al cerro López ofrecen una inmensa variedad de delicias dulces para degustar después del curanto. Strudel, tartas hechas frutas finas –que crecen en cantidad en el lugar–, frambuesas al natural y –obviamente– chocolates, son algunas de las exquisiteces para probar en una visita a la Colonia Suiza.

Así que ya están avisados: para comer un plato diferente, en Colonia Suiza hay una alternativa tentadora que, además, es una gran experiencia desde el principio, viendo cómo se prepara y cocina un curanto y observando las columnas de humo y vapor que salen de la tierra hasta el momento del destape del curanto.

 

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