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La primera trufa blanca de El Bolsón

En la ciudad turística de El Bolsón, en la provincia de Río Negro y al límite con Chubut, encontraron la primera trufa blanca de Argentina.

La región patagónica es tierra de descubrimientos: fósiles de dinosaurios que vivieron hace millones de años, de nuevas subespecies de algas y también de fruta ya que en la ciudad turística de El Bolsón, en la provincia de Río Negro y al límite con Chubut, encontraron la primera trufa blanca de Argentina.

Suena extraño que el verbo utilizado sea “encontrar”, pero es que es un trabajo arduo, duradero y premeditado: el cultivo de la trufa es largo ya que conlleva años: dos años para inocular la raíz del árbol y después se debe esperar entre 5 y ocho años para acceder a una primera producción.

La trufa es un hongo que tiene una forma para nada regular, algo redondeado, de color oscuro y superficie rugosa; este crece sobre la raíz del roble. Y su tamaño también es irregular ya que puede ir desde una nuez a una patata. Este descubrimiento se dio en el Mallín Ahogado; la producción se da mayoritariamente en Europa: España, Italia y Francia son los principales productores pero Australia, Chile y nuestro país quieren disputar esa posición en el mercado mundial.

El cultivo lo realizaron dos socios: 800 árboles de robles en mira. El proyecto era evaluar alternativas de cultivos para la zona y así encarar desde una perspectiva agroturística, para degustar y pasear entre estos paisajes que regala la Cordillera y la localidad rionegrina en sí.

Hace poco menos de dos años, uno de ellos encontró la primera trufa negra entre la nieve, ya que fue en junio. Sin embargo, no llegó hasta el año siguiente que su otro socio encontró la blanca y pesó 250 gramos, cuando el promedio solo es de entre 30 a 40 gramos. La alegría los invadió.

Los nacimientos son distintos, ya que la blanca nace entre enero y mayo, la negra arranca en junio y hasta finales de agosto.

El proceso artesanal

“Cuando encontramos la blanca fue increíble. No podíamos creerlo. En una de las caminatas, el perro –que no hace pozos- marcó con la patita un lugar. Empezamos a escarbar con los dedos hasta que la encontramos. Es como un bulbo con jorobitas”, comentó. Se debe realizar un entrenamiento a los perros para que las detecten ya que no salen a la superficie, (y más si la nieve impide más su vista).

El riesgo además, al hacer un pozo, es que se violenten las raíces y que al próximo año no salga nada. “Es sumamente artesanal y muy metódico”, afirman. “Primero se prepara el terreno que debe tener determinadas características de ph. Se controla todos los meses. El árbol se inocula. La segunda etapa está vinculada a un proceso de riego ya que deben tener 120 milímetros de agua al mes. Luego viene la poda y la fumigación orgánica que hace un vivero de Epuyén”, puntualizó Adrián Piriz, uno de los productores. Este es un proyecto, además, que lleva 9 años. La paciencia en este trabajo arduo y cotidiano debe ser parte del proceso: un dato de color es que cada parcela requiere tres horas semanales de agua; en un futuro, la producción óptima de ella, será entre 20 a 40 kilos.

La idea de Piriz y Jorge Bortolato también tiene perspectiva internacional, no solo turística, ya que implicaría estar rodeado del paisaje cordillerano mientras se disfruta de una receta o del conocimiento del proceso, sino que también económico. Posicionarse en el mercado mundial y competir con los países europeos.

En Argentina solo existe un lugar en Choele Choel, también de la provincia de Río Negro, y en Coronel Suárez, en la provincia de Buenos Aires. Pero el valor agroturístico aumenta con las montañas alrededor de uno, el ruido de las cascadas y los sonidos de los animales. ¿El Bolsón, futuro hogar de las trufas blancas?

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