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¿Qué ejemplos estamos dando?

Padres, por favor: no destilen odio y frustración a sus hijos.
Fútbol
23 septiembre, 2019

De chico no me gustaba mucho jugar al fútbol. Recuerdo que en la primaria el colegio organizaba torneos los sábados a la mañana, en los que se competía, en principio, por grados, pero los equipos muy buenos tenían el enorme orgullo de jugar contra grados más altos. Mis compañeros se pasaban toda la semana discutiendo detalles del partido del sábado anterior y planeando el del sábado siguiente, con análisis del rival y verdugueadas incluidas. Yo me quedaba afuera. No me interesaba.

En la adolescencia ya me empezó a gustar un poco más, pero creo que porque era una excelente manera de compartir tiempo con mis amigos. Lo disfrutaba, es verdad, pero lo que realmente esperaba era que terminara el partido y empezaran los chistes y los sánguches y las gaseosas. Un día, hablando con otro amigo al que tampoco le gustaba jugar (él era más fundamentalista, directamente caía para los sánguches) me di cuenta del posible origen de mi desinterés.

Muy muy chico, estoy hablando de los 5 o 6 años, mis papás me llevaron a la escuelita de fútbol del club del barrio. La verdad, no sé si yo lo habré pedido, pero recuerdo que aunque en un principio me gustaba, de a poco me fui desinteresando. Ese día, en la charla con mi amigo, cuando le contaba esta historia, tuve una epifanía y apareció un recuerdo tapado por capas geológicas de vida: un compañerito de mi edad, en la escuelita, lloraba desconsoladamente. Buceé un poco en el recuerdo y se empezó a difuminar la bruma: el energúmeno del padre insultaba al profesor, a los rivales, a los compañeros y a su propio hijo, en ese orden. Recordemos que tenía 5 años. Como una terrible ironía del destino, era el mejor jugador. Quizás lo haya sido justamente por la presión del demente del padre: erraba un pase, insulto. Perdía la pelota, insulto. Erraba un gol, catarata de insultos. Un compañero erraba un pase, insulto. Un rival le robaba la pelota, insulto. No puedo ni imaginarme la presión de ese nene. ¿Cómo puede ser que algo a priori divertido, una actividad que ayuda a generar nuestro concepto de equipo, de competencia deportiva, de esfuerzo y, sobre todo, de la existencia de la posibilidad de la victoria y la derrota quede destrozado de esa manera?

El club Cerámica argentina de Chivilcoy sacó esta semana una campaña para que los padres no se comporten como orangutanes en celo del otro lado del alambrado. ¿Se imaginan lo que tiene que haber pasado para que sea un tema en las reuniones de comisión de directiva y para que hayan llegado a la conclusión de invertir plata en las banderas?

Padres, por favor: no destilen odio y frustración a sus hijos. Si sus vidas son un desastre, aprovechen y traten de que las de sus hijos sean diferentes. Por favor. Muchas gracias.

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