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¿Qué significa Enterrar el Carnaval?

Los diablos norteños, al frente de sus comparsas, vuelven a los cerros de la Puna Argentina. Antes se los entierra en las cercanías de los pueblos para que la promesa de rebeldía acompañe todo el año.

Tradiciones
Enterrar el Carnaval

Una de las fiestas populares más impactantes y originales de los argentinos son los carnavales en el Norte. Desde Humahuaca y Tilcara a Pomán y Santa Rosa, de Jujuy a La Rioja y Catamarca, la Pachamana se conjuga con rituales cristianos y paganos milenarios en Carnaval, con fantásticos trajes y bailes contagiosos, todos lubricados en la generosidad de la música y la chicha. Una semana donde las máscaras sacan las inhibiciones, no existen clases sociales ni diferencias personales, y los pueblos se hermanan a un mismo paso. Al término de los días carnavaleros, en el inicio de la cuaresma católica, se asiste a un fin de fiesta a todo trapo y estruendo. Figuras que simbolizan a los diablos, que marchan suponen mezclados entre las comparsas y los festejantes, serán enterrados en precisos rituales, el último domingo de estas fiestas populares únicas en el planeta. “Cuando muera el carnaval (cuando muera el carnaval)/ Le convidemos con vino/ Para que sienta el sabor (para que sienta el sabor)/ Y halle otra vez el camino/ La-la, la-lay-la, la-lay-la/La-la, la-lay-la, la-la/ Que no muera el carnaval hoy”, cantan los Tucu Tucu, cantan los carnavaleros, y que siga, siga, el baile todo el año.

 

 

Los orígenes del ritual del entierro del carnaval, que se extiende por toda Latinoamérica, posiblemente, se vinculen con el Entierro de la Sardina, que se celebra en España desde el Siglo XVII. Sus orígenes europeos se remontan a los tiempos de Carlos III, y un cargamento de sardinas que no llegó a tiempo, debiéndose enterrar a las afueras de Madrid. Este ritual aún vigente en la Madre Patria, que se mofaba de los reyes y autoridades, ha sido inmortalizado por Goya, y ya se puede observar en sus dibujos a los acompañantes con sus mejores galas. La transculturación de la conquista, y la asimilación de las culturas locales de las pautas sociales invasoras, reconvirtió en la sintonía de las creencias latinoamericanas, siendo en la Puna y Altiplano cruzadas con fuerza por las creencias de Pachamama. Y así como el Carnaval occidental mutó de este lado del Atlántico a un espectáculo más visual y de danzas, y mucho más relacionado a los ciclos de la tierra, recicló otros aspectos foráneos como los trajes, los estandartes, o las comparsas con instrumentos. Entre los ritos carnavaleros venidos de los barcos entonces estaba el Entierro de Carnaval, aunque en cada región adquiere distintas particularidades.

No más permiso para pecar

“Desde ese momento no hay más permiso para pecar” reza en varios folletos y carteles de algunos pueblos de la Quebrada jujeña. Es que se acabó lo que se daba, el diablo vuelve a los cerros, no más diabluras, y los humanos regresan a su rutina, una vez estallada la última bomba de Carnaval. Sin embargo queda un cartucho postrero y en una angarilla se transporta el muñeco que simboliza el diablo –el cual varios hombres se disfrazaron para animar a los comparsas que recorrían casa a casa-, cubriéndolo a su paso con hojas de coca, harina y talco. Una vez que se escoge un pedazo de terreno, tarea encomendada a selectos diableros, se cava una fosa, y se lo entierra con abundante comida y la bebida tradicional norteña, la chicha. Luego los diablos, otros disfrazados de gauchos abajeño –o sea de las pampas y el litoral- o de indios vestidos con plumas, fingen llorar mientras se escuchan carnavalitos del coplero regional. Y todos a beber chicha, el símbolo y el alma del Carnaval, la bebida a base de maíz, y que posee raíces centenarias quechuas.

entierro del carnaval

De los carnavalitos a los vidalas y las chacareras

Cientos de kilómetros al este, en varios lugares de Santiago del Estero, el diablo se pone las ropas del kacharpaya, y en vez de coplas,  se escuchan vidalas y chacareras. Kacharpaya, representado por un santiagueño como un viejo pordiosero, transita los caminos y la multitud se acerca a darle limosna, en forma de alimentos, ese día del fin de Carnaval. Cuando llega a la fosa previamente excavada, comparte lo recogido en la jornada en un gran encuentro popular, desciende el pozo, y, simbólicamente, se le echan paladas de tierra. En Villa Atamisqui, se confecciona un muñeco de trapo del kacharpaya, y se lo quema en la plaza principal, anunciando que el Carnaval se retira, mientras suenan los violines, las guitarras y las cajas andinas.

En Catamarca, en Malli, Cordobita, Santa Rosa y Recreo, se arma entre las mujeres un pullkay, un muñeco de trapo de viejas y llamativas ropas –particularmente coloradas-, a veces dos de ambos sexos, que representa el espíritu del Carnaval. Se pasea entre las casas y ranchos, a lomo de burro, y se arman bailes acompañados por los chayeros –cultores de la Pachamama-, que entonan vidalas con sus cajas y bombos. En algunos pueblos adornan profusamente el burro con serpentinas y ramilletes de albahaca. En otros catamarqueños, con dos pullkay, nombran juez, padrinos y un cura de “mentira”, y los casan en medio de celebraciones, que simulan verdaderos casamientos religiosos. Incluso inventan diálogos y coplas de los novios carnavaleros antes de dejarlos en su descanso. Y en La Rioja, a los pullkay los reciben padrinos y madrinas a los llantos, y se comienza con un baile desbordante, a metros de su lugar de entierro. Variantes de Entierro de Carnaval, herencias coloniales e indígenas, que reponen y conservan en los pullkay, o en los diablos, la rebeldía que se avecina.         

          

Fuentes: Coluccio, F. Cultura popular y tradicional de la República Argentina. Buenos Aires: Ediciones Corregidor. 2005 y Devociones populares argentinas y americanas. Buenos Aires: Plus Ultra. 2001; Cortázar, R. Andanzas de un folklorista. Buenos Aires: Eudeba. 1964.

Imágenes: Municipalidad de Gualegaychú / Valle Calchaqui

Fecha de Publicación: 25/02/2024

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