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Pequeño diccionario gaucho. La lengua criolla viva

En el Día del Gaucho, un glosario de términos a caballo desde los primeros días de la Patria. Aporte a la lengua de los argentinos de la cultura gaucha, con escritores a redescubrir.

Tradiciones
diccionario gaucho

La lengua  de los países son organismos vivos. Toman y retoman la existencia, y los sentimientos de cada época hechos palabras,  y vinculan a los hablantes y escribas en un Todo atemporal. Es una gran cantera colectiva en movimiento, sin barreras, y con términos, significados, que nacen y mueren en los límites y necesidades. Porque al hablar activamos una constelación de cosas dichas y por decir. Usar una lengua nacional es refundar palabra por palabra un lazo de pertenencia inmemorial. Un hilo plateado invisible, poderoso, que nos permite conectarnos a tiempos lejanos, tanto como aquellos de los gauchos en una pulpería de 1830, y decirle a  un amigo “viejo”, o cuando alguien es mezquino y no invita, “pijotero”

Ezequiel Martínez Estrada afirmaba que en el habla del gaucho había una tendencia a diferenciarse y difundir lo anticulto como signo de soberanía. Si el doctor decía “asimismo”, el peón de campo, “mismamente”.  Y si un gringo pedía un “alfajor” en el almacén de ramos generales, el pulpero vendía la golosina nacional, pero al gaucho le daba un facón. No sea cosa que cualquier “compadrito”, la encrucijada cultural entre el gaucho y el malevo, se “retobe”, o sea enojarse severamente. Porque siempre había algún “zafado”, o insolente, que podía hablar al “cohete”, sin ton ni son.  U otro “tomado”, o sea borracho, que quería hacer “quilombo”, así se llamaban los precarios ranchos de prostitución, y arrancaba la “milonga”, un baile de clase baja que a veces terminaba a los golpes. Nadie quería que se lo “fumen”, o sea se burlen. Todas las palabras entrecomilladas de sorprendente vitalidad son el legado cultural de los gauchos y las chinas a la cultura argentina ¡Y hay muchas más!     

Antes de pasar a las más usadas en la actualidad digamos que la pervivencia del habla del gaucho se lo debemos al lunfardo. El lenguaje que supuestamente no existía según Jorge Luis Borges, aunque en su juventud hizo uso y abuso en el temprano criollismo, es vertebral en la palabra argentina. El acta de nacimiento orillero del lunfardo, a los márgenes de las leyes de todo tipo, sociales y gramaticales, exhibe orgullosa varias rúbricas, y sin dudas el glosario gauchesco, con su aire de familia soberano y peleador, fue su “cumpa” más cercano. Ambos fueron parias lingüísticos, negados y ocultados por la hegemonía cultural, y vapuleados quienes se atrevían a darle forma artística, llámase José Hernández, poeta mayor del gauchesco, o Roberto Arlt, quien hace al lunfardo literatura en la senda de Fray Mocho. Hablamos de dos escritores gigantes que se acusaba de “escribir mal”. Ni hablar de la apropiación del habla gauchesca, vía lunfardismos y cocoliches, que impactaran en las letrísticas del tango, o en los sainetes teatrales. La supresión de la sílaba “do” (un legado andaluz en “piantao”, loco, por ejemplo) o el “boliche”, otro nombre para la pulpería, aparecen una y otra vez en los tangos de los Discépolo o Manzi. Es justo decir que el gaucho además amplificaba la cultura de los pueblos originarios y nos permitió decir como ellos “chucho” al miedo, o “pucho” al cigarrillo (en verdad se llamaba así al cigarrillo ya fumado).

Subamos a la máquina del tiempo, viajemos a un pueblo de frontera en 1850, y pidamos una ginebra al compás de una payada, que no necesitamos traductores, estamos entre compatriotas de siempre. Y dejemos de “pavear”, decir pavadas, y “abran cancha”, dar paso, al gaucho argentino que vive y habla en cada uno de nosotros.    

 

Gaucho-Castellano. Una brevísima selección contemporánea

 

Achucharse: temblar de frío, proviene de los pueblos originarios

Agarrada: pelea

Basurear: vencer

Bolacear: disparatar; bolaso, disparete

Chancleta: mujer

Changüí: ventaja no convencional en un juego

Chicanear: ardides en un pleito

Chiche: juguete

Chimentero: quien anda con chismes

Chiripa: expresión vulgar para la suerte

Cimarrón: mate amargo

Entregar el rosquete: morirse

Gambetear: zizag súbito en una carrera de caballos

Gancho: ayudar a una persona a conseguir algo o alguien; en particular con un objetivo amoroso

Jabón: susto

Julepear: asustar

Jumetrear: es dar una paliza; vocablo utilizado en el Norte argentino

Larguero: el que habla o escribe mucho

Leche: buena fortuna

Macanaso: zoncera, error, respuesta tonta

Mandador: el mozo que da la orden de partida a los caballos; arrogante

Manganeta: fraude, engaño

Matungo: caballo de poco valor

Musiquería: casa con música o músicos

Nana: lastimadura de los niños

Ñata: nariz

Ojota: especie de zapato de cuero de una sola planta y una correa para sujetar los dedos

Paisano: es para el gaucho todo hombre, en particular quien no tiene trabajo, o no es noble

Pago: tierra del gaucho; también puede remitir a la estancia donde se les pagaba a los peones

Paquete: quien viste a la moda

Pichincha: beneficio inesperado, proviene de los pueblos originarios

Puta: expresión de admiración, también Pucha

Pingo: caballo en general, en especial el caballo bueno

Querencia: el lugar donde habitan los enamorados

Rabona: inasistencia de una persona a dónde debe ir

Razonable: sinónimo de bueno

Redomado o redomon: es el caballo que tiene mañas

Remediarse: es salir de la pobreza, mejorar la fortuna –hoy una derivación es rescatarse

Ser liendre: a caballo, es saber sostenerse sin caer

Ser baquiano: es diestro en algo, o sabe mucho

Tamangos: eran las botas de cuero vacuno; hoy se llaman a los calzados

Vichar: atisbar

 

Gaucho hasta los güesos

"Juera por vergüenza de hombre, por efeto e la mucha bebida que tomó o por cualquier otro filómeno, un redepente se me le puso verde como escupida e mate..." es una de las tantas oraciones criollas de “El romance de un gaucho” del escritor y periodista Benito Lynch (1880-1951) Tal vez sea el último escritor de la gauchesca, en sus propios códigos y espíritu cimarrón, en el linaje de Bartolomé Hidalgo y José Hernández. Contrario a los estereotipos románticos de Leopoldo Lugones y Ricardo Güiraldes, y del criollismo en general, Lynch retrata los tipos humanos de la pampa de fines del siglo XIX sin lirismos ni paternalismos. Don Pancho y don Panchito en “Los Caranchos de la Florida” (1916), Balbina en “El inglés de los güesos” (1924) y Pantaleón Reyes en “El romance de un gaucho” (1930), protagonistas de sus tres novelas principales, arrojan hombres y mujeres verosímiles que llegó a conocer en su juventud a los márgenes del Río Salado, entre Bolívar, Monte, Cañuelas y Lobos. No hay Don Segundos Sombras, gauchos buenazos e idealizados. Lynch cala hondo en las virtudes de los paisanos,  y también mucho en sus defectos,  en un ambiente sicológico y social de realismo urgente.

“Los mejores domadores son los menos jinetes... ¿Y por qué?... Porque el domador que le tiene miedo al animal lo va amansando, se le atraca y lo trata con una delicadeza que no emplean los que todo lo fian a la juerza e sus piernas...” afirma Doña Cruz, otra más de las potentes figuras femeninas que proliferan en novelas y cuentos de Lynch, en un contrapunto digno de un Martín Fierro. Con la neogauchesca en Gabriela Cabezón Cámara o Juan Incardona de los dos mil, citando algunos también de un realismo urgente, la obra de Benito Lynch no puede faltar en una biblioteca nacional que prodigue nuevos Hijos de Fierro.

Fuentes: Conde, O. Lunfardo. Un estudio sobre el habla popular de los argentinos. Buenos Aires: Taurus. 2011; Lynch, B. El romance de un gaucho.  Buenos Aires: Anaconda. 1933; Rodríguez Mola, R. Historia social del gaucho. Buenos Aires: Marú. 1968.

Fecha de Publicación: 06/12/2020

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