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"La tradición es donde nos nutrimos"

Mano a mano con el maestro Juan Carlos Pallarols, el artesano argentino que mantiene viva para el mundo la forja de un país encuentro de razas.

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“Normalmente estaría una hora con una lapicera pero hoy me levanté a las siete de la mañana y sé que me llevará todo el día”, arranca el maestro Juan Carlos Pallarols, el artesano de presidentes, reyes, ministros y de cualquiera que se acerque a su taller de San Telmo, “Y esta variedad hace que continúe disfrutando el trabajo. Yo sigo jugando con el amor al conocimiento del orfebre que quiero ser. Conozco mis herramientas, ellas me conocen a mí, y cada día descubro algo nuevo. Es como caminar por una misma senda en el campo y seguro vas descubriendo cosas todos los días. No es que tenga secretos nuevos el oficio a mis casi ochenta. Lo que está viva es la pasión”, recalca un talento  que traspasó las fronteras, hijo y nieto de catalanes orfebres venidos a Lomas de Zamora, y con un estilo típico argentino en platería, dentro de una inagotable variedad que va desde los cuchillos a los objetos ornamentales.

“Ahora estoy con una pluma de un amigo catalán, que vino acá a buscar un mejor futuro, y eso quiero que cincelado. Es como la comida, voy variando los gustos según el momento para no aburrirme, total voy a cobrar igual”, afirma quien realizó el recordado cáliz que utilizó Juan Pablo II en la Misa por la Paz de 1982, y regala con su tono melodioso la anécdota, “en Barcelona un señor estaba protestando día y noche por una herencia, que allá se puede repartir a voluntad. Y –Joan Manuel- Serrat exclama en la mesa que compartíamos, “hombre, la plata ya la perdiste, no pierdas la alegría” Esa no hay que perderla nunca”, asegura con el fondo de martillos y fuegos que no cesan en los Pallarols desde 1750.

Periodista: ¿Cómo surge la idea de las lapiceras artesanales?

Juan Carlos Pallarols: Leyendo a Carlos Ruiz Zafón. El escritor catalán recientemente fallecido en “La sombra del viento”  imaginaba un niño maravillado con una lapicera, en un barrio de Barcelona. Era el barrio de mi abuelo y mi papá. Y este chico piensa que la lapicera está inspirada en la Torre de Alejandría y que perteneció a Víctor Hugo.  Finalmente sueña con que esta lapicera servirá para escribirle a la madre fallecida. Describía una lapicera de un soñador, una justamente para mí (pausa) A un directivo de Dupont pedí su mejor modelo –aún no hacía las mías propias-  y comencé con la Olimpo hace treinta años. Lástima que no se fabrica más por los costos, era la más perfecta en escritura a tinta.

Hice más de mil lapiceras distintas que no me dejaron dinero aunque tengo un lugarcito en la historia de las plumas. Nunca me tenté en hacerlas en serie. Somos todos seres únicos e irrepetibles y para mis lapiceras pretendo eso.  Si hiciera lapiceras iguales, agarraría un vicio, y crearía una maquinita de ganar dinero, una maquinita de destruir el alma.   Si no realizara una pieza original todos los días no me levantaría cada mañana, con muchas ganas de vivir,  a mis 80.

P: ¿Cómo recuerda su infancia en Lomas de Zamora?

JCP: Mi vida y mi trabajo se iniciaron en la zona Sur. Allí conservo amigos y proveedores. Paso por la calle Darragueira, la calle Boedo, en aquel domicilio donde se hizo el trabajo para el sarcófago de Eva Perón.  Ahora la municipalidad puso una placa reconociendo esta gran obra de papá - Carlos Pallarols Cuni- Siempre estoy cerca del Sur, allí está mi alma.

P: ¿Cómo eran los días de los Pallarols?

JCP: Yo no hacía diferencias  sobre dónde estaba mi casa,  y dónde empezaba el taller.  Cuando invito a la gente a mi casa, pasa por el taller, la cocina, mi escritorio; lo mismo que en aquel hogar bonaerense. 

En Lomas estaban mis padres, mis abuelos y una tía que aprendió el oficio de la familia, y todos convivíamos en una gran casa. El ambiente familiar creo hace que el trabajo sea más agradable. Ya en esos años hacía mis primeros cuchillos y mates. Arranqué con mi abuelo José a los tres, o cuatro años. Jugábamos mucho, recién había quedado viudo en 1945, y con sus herramientas hice un autito, un avión, una carretilla. Hasta que un día me dieron una chapa más grande y empecé a calcar los modelos de mi papá. Una vez vino un sacerdote con un encargo de unas coronas para Coronel Moldes, cerca de San Luis, y mi papá por primera vez me incluyó entre los colaboradores. Tendría unos diez años.

P: ¿Por aquel tiempo surge la idea de los bastones presidenciales cuando su abuelo quiso obsequiarle uno al presidente Arturo Illia?

JCP: Una que recién pude concretar dos décadas después. Eso empezó cuando trabajaba para la Casa Ricciardi, aquella tradicional que tenía una calidad artesanal y humana excepcional.  En 1982 recibo una carta de invitación para diseñar un nuevo bastón presidencial que cambie el modelo de 1932. Ese fue diseñado para un presidente salido entre gallos y medianoches –el presidente de la Década Infame, Justo-,  y, además, con muchos materiales importados.  Incluso los símbolos tampoco eran nacionales. Presenté un borrador al tristemente célebre capitán –represor- Adolfo Scilingo, entonces a cargo de ceremonial, recalcándole que éramos un país federal,  y republicano de nuevo,  y que el bastón debía representar este espíritu recuperado por los argentinos.

Yo propuse usar la madera criolla de urunday, que no se corrompe, no se abicha  y se mantiene recta, inalterable ¡Brilla como la lámpara de Aladino! je Cambiaba entonces la importada Caña de Malaca por una nuestra,  que posee una resina increíble. Además elegí la plata porque era más económica que el oro y, por cierto, es el metal que nos dio nombre al país. Y representé a cada provincia con un cardo. Y allí también hice mi primer homenaje a las Islas Malvinas con tres pimpollos de cardo; pimpollos para que entren nuestras hermanitas perdidas en paz, sin guerras,  a la Argentina.

Fue rechazado de plano por los militares. Pero a través de Luis Brandoni y Néstor Ibarra llegó la propuesta a –Raúl- Alfonsín. Mi hija atendió una nochecita de domingo, no creía que fuese el presidente electo, y el doctor pidió que lleve el bastón para cuando tenga la banda puesta. Y que él llevaría mi pieza en el traspaso del 10 de diciembre. Y así se hizo hasta el día de hoy salvo con Mauricio Macri.

P: ¿Y dónde surgió que fuese labrado por muchas manos?

JCP: Salió de un día que fui a buscar a mis hijos al colegio y pensé que era un privilegio demasiado grande para mí. Y ahí trabajaron unas cien personas entre alumnos, maestros y padres.  Sentí que la obra se enriquecía con el esfuerzo colectivo. Creo que en ese primero trabajaron unas  5 mil personas,  entre plaza Dorrego y el Colegio Esteban Echeverría.  Y así llegué a los casi un millón en la última versión para el presidente Alberto Fernández

P: Otra pieza muy apreciada suya son las rosas para princesas como Máxima o Lady Di, o una más relevante para los argentinos, las Dos Rosas por la Paz en homenaje a los caídos en Malvinas, y  que promueve la Paz en el mundo.  

JCP: La idea es transformar el material bélico como el bronce,  y el latón,  en un símbolo de Paz.  Invito periódicamente a las personas que traigan vainas de fusiles FAL y rezagos de la guerra, y los fundimos en  lingotes para homenajear a los combatientes caídos de cualquier país.  Dos de esas piezas en gran tamaño se hicieron para llevar a Darwin y San Carlos, los cementerios ingleses y argentinos de la guerra.  Tengo la satisfacción de haber viajado a Londres, que los malvinenses vengan conocer el país, y desearía con eso cerrar las grietas en el mundo. Y las rosas en general las hago a fin de ayudar a las instituciones benéficas, Hospital de Niños, Garrahan, ONG´s de chicos con síndrome de Down y muchas más.

P: ¿Por qué se define artesano antes que artista?

JCP: Porque no sé qué es un artista, si sé qué es un artesano. Es como la poesía, vos para ser poeta tenés que saber la métrica, la sintaxis, tener una rutina, dominar un lenguaje. Pero yo no sé qué es eso porque cada pieza es diferente.  Entonces si yo no tengo adiestramiento en saber si mi mano está haciendo lo que soñó mi cabeza, cómo sabré si soy un artista que domina su arte.  La maestría está en el oficio, en miles de horas de trabajo, nada más.

P: ¿En qué fase se encuentra su proyecto del monumento público que replica el sable de José de San Martín?

JCP: Muy avanzado pese a la pandemia, por suerte. Se emplazará en cinco lugares del país este sable de cinco metros. Estamos trabajando con espacios públicos de la Ciudad para la instalación pronto  en Plaza San Martín. Tendrá tres grandes piedras como libros de base, piedras traídas de Mercedes - en Plumerillo serán de la Cordillera.  Queremos que sea un lugar de juego para los niños, que ellos puedan montar el sable,  porque quiero que todos quieran ser como San Martín, tal cual me alentaba mi abuelo.   También estará en el Campo de la Gloria de Santa Fe, en San Lorenzo, y otro en Mar del Plata.

P: ¿Qué significa la tradición para usted?

JCP: La tradición no debe ser un recuerdo melancólico sino donde nutrirnos. Un lugar íntimo que se alimenta con los grandes conocimientos, y amores, de los mayores.  Cuando trabajo veo las herramientas y me acuerdo de mi papá, y el abuelo,  y que usaban las mismas (se emociona)  

Y tradición es transmitir estos conocimientos, y amores, de nuestros antepasados a las nuevas generaciones.  Veo a mi hijo Daniel con un martillo,  a mis nietos, a mi bisnieta que pide que le ayude a cincelar, y eso es para mí es honrar la tradición.   Me encantaría que ella siga a sus tías, o mis primas, que trabajaron conmigo en el taller.

De todas formas cuando pregunté al abuelo si me enseñaba me dijo, “no sé,  podemos intentarlo. Yo quiero que seas feliz. Si es con estas herramientas sería fantástico, pero te tienen que hacer feliz”  

P: ¿Y Ser Argentino?

JCP: Ser argentino es mi papá y mi mamá. Es el conjunto de todos mis amores. A mí me enseñaron de muy chiquito que capaz la Argentina no era lo mejor del mundo, pero era mía.

P: Ahora que volverá a la fragua de su taller, a entablar ese diálogo mágico entre empuñaduras de madera y metal, ¿qué herramienta buscará con más afecto?

JCP: Puedo contar mil historias de cada una de las herramientas de mi taller. Son mis fieles compañeras de trabajo…tengo un martillo que se llama pico de cigüeña. Viene a la memoria mi abuelo haciendo con él un puente de plata para los anteojos de carey. Con este martillo trabajó una especie de medialuna bien casera que sirvió hasta su muerte (silencio) Cada vez que lo sostengo estoy con el abuelo.

 

Fecha de Publicación: 10/11/2020

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