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La boleadora en la Historia. El Arma de América

Esencial y peligrosa arma de indios y gauchos, prácticamente desaparecida en la actualidad, pocas veces valorizada, participó en hechos decisivos desde Pedro de Mendoza a la autollamada Conquista del Desierto.

Tradiciones
Boleadoras

Las boleadoras fue el principal arma durante miles de años desde México a Tierra del Fuego, donde la porte de los tehuelches revoleando las bolas ante ingleses y españoles derivó en un nombre mítico, patagones, que definió toda la región sur del continente. Fue el arma de las primera resistencia independentista ante los conquistadores, con las araucanos deteniendo el avance tras la cordillera, y los querandíes y guaraníes, a plena bola loca contra los dorados cascos realistas, en la cuenca del Río de la Plata. Desde niños y niñas de los pueblos originarios, luego los gauchos, pasaban horas de entretenimiento en las maratónicas boleadas, persiguiendo ñandúes, nuestras justas criollas. Las boleadoras están en el ADN nacional, tanto como el poncho y el mate, tal como lo descubrieron tempranamente Francisco Muñiz y Charles Darwin, aunque hoy haya quedado relegada a un revoleo en espectáculo for export de danzas folklóricas. Y decidieron nuestro destino, “Las boleadoras, que los gauchos llamaban las Tres Marías, eran el arma característica de aquellas llanuras; con ellas los indios mataron a muchos soldados de Don Pedro de Mendoza, durante la primera expedición cristianizante del Río de la Plata; con ellas también las bravas tropas gauchas que se levantaron al mando de Liniers, les trituraron el cráneo a muchos ingleses luteranos - así llamados por el bueno de Deán Funes en su historia - que á las órdenes de Whitelock, habían atacado la ciudad", en “La Pampa” del escritor, político y defensor del gaucho, el escocés socialista Robert Cunninghame Graham.

Las boleadoras en América ha sido adecuadas para la caza de herbívoros de gran tamaño, arrojadas generalmente a las patas de los animales en huída, al menos desde el Paleolítico, y posiblemente introducidas desde Asia. Desde el Caribe a las Pampas, guanacos, vicuñas y ñandú, han sido el objetivo tradicional de las boleadoras indígenas americanas. También se debieron usar como arma durante siglos y los primeros en conocerlas, padecerlas, fueron los aventureros del Estrecho de Magallanes en 1520 en manos de tehuenches y tehuelches. Pocos lustros después la expedición del adelantado Don Pedro de Mendoza probaría la efectividad en batalla, en el Río de la Plata, “llegados a un desaguadero de la laguna, descubrieron de la otra parte…dos mil indios de guerra, que teniendo aviso de sus espías [...] estaban todos muy alertas, y en orden de guerra…dardos, macanas y bolas arrojadizas, tocando sus bocinas y cornetas, puestos en buen orden...prosiguiendo la escaramuza, hiriendo y matando a los que podían”, narraba un horrorizado Ruy Díaz de Guzmán en 1600. Ulrico Schmidl, el intrépido alemán que acompañó la trágica primera fundación de Buenos Aires, también habló de la “bola loca” que hacía estragos entre los europeos, empezando por el mismo hermano de Don Pedro, Diego.

Gonzalo Fernández de Oviedo, en su contemporánea “Historia General Natural de las Indias”, realiza una extraordinaria y detallada descripción de estas bolas arrojadizas usadas por los indios guaraníes, rescatando para la historia de las armas cómo eran algunas de las bolas indígenas, y  serían adoptadas después por los gauchos,: "Tengo averiguado con muchos testigos de vista, que ciertos indios que en el río de la Plata se Ilaman los guaranías, usan cierta arma, y no todos los indios son hábiles para ella sino los que he nombrado; ni se sabe si este nombre guaranía es del hombre o de la misma arma, la cual ejercitan en la caza, para matar los venados, y con la misma mataban a los españoles, y es desta forma. Toman una pelota redonda de un guijarro pelado, tamaño como el puño, e aquella piedra átanla a una cuerda de cabo y tan luenga como cincuenta pasos e más o menos, e el otro cabo de la cuerda átanlo a la muñeca del brazo derecho, en el cual traen revuelta la cuerda restante holgada, excepto cuatro o cinco palmos della que, con la piedra, rodean e traen alrededor….rodea el brazo una o dos veces antes que salga la piedra…la mueven alrededor en el aire, con aquel cabo de la cuerda de que está asida, diez o doce vueltas, para que con más furiosidad e fuerza vaya la pelota; e cuando la suelta, en el instante extiende el indio el brazo, porque la cuerda salga libremente…E tiran tan cierto como un diestro ballestero, e dan adonde quieren, a cincuenta pasos e más e menos…E en dando el golpe, va con tal arte guiada la piedra, que así como ha herido, da muchas vueltas la cuerda al hombre o caballo que hiere, e trábase con él de manera, en torno a la persona o la bestia que tocó, que con poco que tira el que tiene la cuerda atada al brazo, da en el suelo con el hombre o caballo a quien ha herido" Siglo después el aventurero francés Dralsé de Grand-Pierre, en su libro de 1708 de viajes por el mundo, aún se sorprende de los guaraníes que tienen “bolas, de la forma de una lenteja, y del tamaño y peso de un huevo…-más efectivas- que las lanzas y masas…y los fusiles que prestan ellos los jesuitas”

El célebre Calixto Bustamante Carlos Inca, alias Concolorcorvo, en 1771 describe con gran colorido a los gauderios de Uruguay, cuando ya los criollos, esos gauchos, habían adoptado la mortífera bola: "Estos son unos mozos nacidos en Montevideo y en los vecinos pagos. Mala camisa y peor vestido, procuran encubrir con uno o dos ponchos…Se hacen de una guitarrica, que aprenden a tocar muy mal y a cantar desentonadamente varias coplas…Se pasean a su albedrío por toda la campaña y con notable complacencia de aquellos semibárbaros colonos…-cargan-con dos bolas en los extremos, del tamaño de las regulares con que se juega a los trucos, que muchas veces son de piedra que forran de cuero, para que el caballo se enrede con ellas, como asimismo en otras que Ilaman ramales, porque se componen de tres bolas, con que muchas veces lastiman a los caballos, que no quedan de servicio. Muchas veces se juntan de estos cuatro o cinco y a veces más, con pretexto de ir al campo a divertirse, no Ilevando más prevención para su mantenimiento que el lazo, las bolas y un cuchillo", tal como hacía Don Juan Manuel de Rosas, que al momento de morir en 1877 entre sus bienes más preciados legó “sus bolas, lazo trenzado de seis, maneador de cinco y recados”. Recordemos que el tío abuelo Clemente murió de un bolazo indio en 1783  y que en su autodenominada Campaña al Desierto de 1833, donde alternó el garrote y el diálogo, Rosas emponchado provocaba el delirio entre las masas apareciendo solamente armado con las boleadoras. El mismo Don Juan Manuel de joven estuvo a punto de morir al caer del caballo mientras perseguía una pandilla de ñanduceros en sus tierras de Monte.

Boleadoras

De bolas y bolas

Hubo una evolución de las boleadoras, un producto más del choque cultural entre civilizaciones. Los invasores extranjeros europeos -menos en el Amazonas, las boleadoras son solamente efectivas en las grandes extensiones- conocieron primero la "bola perdida", más cercana a la honda incaica. La piedra, bastante pesada, era lisa o con puntas, y llevaba atada una trenza de cuero o nervios, de un metro de longitud aproximadamente. A veces se la usaba como temible maza en la lucha cuerpo a cuerpo, y otras veces como proyectil incendiario, sujetando a la bola un manojo de paja.

Boleadoras

En el extremo austral de América, los indígenas habían desarrollado la boleadora de dos piedras como arma fundamentalmente de caza. Se la llamaba ñanducera o laque (en lengua indígena), y estaba formada por una bola de piedra o metal y otra más pequeña y ligera, a veces de madera, que hacía también la función de mango o manija en el lanzamiento. La manija es periforme, de madera,  y el peso es de piedra, apuntado y sujeto con banda de cuero ajustada. Los ramales eran de cuero torcido y, en combate mano a mano, uno se sujetaba al pie. Serían los criollos, los gauchos, que aprendieron a sobrevivir en las inmensidades de las pampas de los indígenas, quienes perfeccionan la tecnología de guerra y caza con la boleadora de tres pesos. La llamaban Tres Marías o Potreadora, y estaba formada por dos pesos iguales de piedra, metal (hierro, plomo, bronce) o madera dura. La tercera bola o manija era más pequeria y ligera, pudiendo adoptar formas alargadas o de pera, y, muchas veces, bellamente adornada con plata y bronce.

“Las boleadoras las llevaba el gaucho antiguamente siempre a la cintura, en número de uno o más juegos, a veces uno de ellos en bandolera, cuando salía de caza o a merodear. Siempre la manija sobre el flanco derecho y listas para quitarlas de un tirón y tenerlas prontas”, narraba un azorado Darwin en 1833, que había quedado en ridículo, "allí los gauchos se perecían de risa y gritaban que hasta entonces habían visto agarrar con las boleadoras toda clase de animales, pero nunca un hombre bolearse a sí mismo", intentando usarlas en la provincia de Buenos Aires, imitando en vano las posturas esbeltass ecuestres que inmortalizarían en acuarelas el inglés Essex Vidal (1818) y el francés Durand (1866).

Años dorados donde las boleadoras silbaban reinas por Argentina “Desde niños empiezan á divertirse en juegos, que les sirven de exercicio para cuando grandes. Su mas frecuente exercicio consiste en tirar las Bolas”, señalaba el cura Sánchez Labrador del deporte nacional y popular del siglo XIX, la boleada o cacería del ñandú, que a partir de Rosas se decretó el progresivo exterminio. Además de atentar contra las propiedades privadas de los estancieros y dispersar el ganado, les privaba a ellos del negocio de las plumas de estas aves, muy codiciadas en pulperías.

Boleadoras

La boleada que cambió la Historia Argentina

Desde el golpe decembrista de 1828, que había repuesto en Buenos Aires a los unitarios porteños tras el fusilamiento de Manuel Dorrego, el general Juan Lavalle se enredó en una brutal guerra contra los “bandidos gauchos e indios”, supuestamente instigados por Rosas, y que tuvo a los boleadoras como principal partícipe de sus peores derrotas, como la masacre de los aliados coronel Morel en Bahía Blanca o el sanguinario, y vencedor de Napoleón, coronel Rauch en Sierra de la Ventana. Pero nada se compara a lo ocurrido el 10 de mayo de 1831 cuando el paisano Zeballos boleó al ya legendario José M. Paz en un paraje cordobés, cercano a Villa Concepción del Tío, y cambió para siempre la historia nacional. Paz no pudo seguir acumulando poder en Córdoba, venciendo a quién se le pusiera en frente como Facundo Quiroga, Rosas tuvo el camino despejado para la dura PAX FEDERAL y el proyecto liberal debería dormir dos décadas. En sus memorias Paz asegura que fue engañado por los hombres federales de Reinafé, que en vez del punzó llevaban el blanco, “que pertenecía a las guerrillas mías”, aunque es cierto que esta incursión del Manco Paz en la vanguardia, era totalmente innecesaria y demasiado riesgosa. “Párese, mi General; no le tiren” escuchó un sorprendido Paz ante 80 hombres, quiso escapar dándose cuenta del engaño, y Don Francisco Zeballos, experto montonero boleador, asertó a las cinco de la tarde en las patas de un caballo malacara con la choquizuela blanca. Pese a la amargura de la captura, Paz no deja de admirar a “aquellos paisanos…qué armonía…qué rapidez de movimientos” En Fuerte del Tío esperaba un feliz -y sorprendido- general Estanislao López a semejante preso. El caudillo santafesino felicitó al boleador y lo premió con 50 pesos, mientras que al oficial de la milicia dio 200. E inmediatamente lo envió en comisión al Norte, algo que levantó las sospechas de Rosas, acontonado en Pavón, que no hicieron más que confirmarse cuando Zeballos murió repentinamente a los pocos meses. El Restaurador de las Leyes nombró post mortem al montonero Zeballos Capitán de las Milicias Patrias, comprendiendo que la boleada del humilde gaucho salvó la vida de Paz, presa de negociación y paz durante casi una década de cautiverio, y evitó las crueldades fanáticas conocidas luego del asesinato de Dorrego. Y pese a éste gesto de Civilización frente a la Barbarie, las boleadoras quedaron signadas como un arma salvaje, exclusividad de los desclasados, y que debía ser erradicada -o museificada. A principios del siglo XX sólo algunos mapuches y charrúas podían transmitir la cultura ancestral del boleo. En este milenio, quién sabe.

“Quien contemple hoy las bolas en las desoladas vitrinas de un museo, jamás llegará a valorar su tremenda fuerza destructiva, ni su esencia, ni su misterio. Tampoco su significado -lamenta Jorge Fernández C.- Dicen algunos que, al lanzarlas, se le va al boleador en pos de cada tiro un poco de la vida

 

Fuentes: Fernández C. J. “Las albricias para el paisano Zeballos (1831)” en Novedades de Antropología Nro. 8. Buenos Aires. 1999; Prina, J. Esgrima Criolla, Armas Gauchas y otras Yerbas. Buenos Aires: Ed.Hesperides, 2018; Lopez Osornio, M. El Lazo y la Boleadora. Buenos Aires: Instituto de Corporación Universitaria. 1945; Vega Hernández, J. “Hondas y boleadoras en América Hispana” en revista Anales del Museo de América 10. 2002. Madrid, págs. 113-136. 

 

Imagen: Freejpg / Buenos Aires.gob

Fecha de Publicación: 14/01/2022

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