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Gato y Mancha. Seguí, gringo, seguí

El histórico periplo de Aimé Tschiffely que unió a caballo Buenos Aires con New York en los veinte. Gato y Mancha, tesoros nacionales.

Tradiciones
Aimé Félix Tschiffely, Gato y Mancha

Sonoras carcajadas se escucharon en la Sociedad Rural Argentina cuando un suizo, arribado hacía muy poco, y que apenas sabía sostenerse a caballo, pidió permiso para partir el 25 de abril de 1925. Rumbo a Estados Unidos, a caballo. “Este gringo se vuelve en Morón” repetían por lo bajo con la vista de Aimé Tschiffely arriba del obediente Gato, con la mirada guardiana de Mancha. No sabían que montaba caballos directos descendientes de aquellos de Pedro de Mendoza, de origen andaluz, que gobernaron la Patagonia, cruzaron Los Andes y liberaron medio continente. Auténticos caballos criollos que Tschiffely quería demostrar en su nobleza y superioridad. Y vaya que lo logró. Recorrieron los 21500 kilómetros que separan a la ciudad de Buenos Aires de Nueva York y conquistaron el récord mundial de distancia y altura, al alcanzar 5900 metros en el paso El Cóndor, entre Potosí y Chaliapata, Bolivia. Si pasás por el Museo de Luján o Colonia Sarmiento, Chubut, donde nacieron los caballos criados por los tehuelches, podés recordar la proeza sin par de Aimé, Gato y Mancha “Si usted resiste, estos pingos no lo van a abandonar”, dijo el dueño. Y los pingos desfilaron en la Quinta Avenida envueltos de la celeste y blanca.  

Este cuento clarea en 1880 cuando los Solanet adquieren la estancia El Cardal en Ayacucho, provincia de Buenos Aires. Emilio Solanet en 1911 decide comprar un lote de yeguas y padrillos marca del Corazón, que habían pertenecido al célebre cacique tehuelche Liempichún. Lo que buscaba el rico terrateniente eran animales aptos para el trabajo duro, largas travesías y sabía de la fortaleza de los patagónicos, que prácticamente eran los mismo que conocieron los guerreros de la Independencia y las montoneras federales. No había los rastros de las cruzas luego de las invasiones británicas, ni de la europeización que promovieron los hacendados hacia 1860. Gato y Mancha hicieron así un primer gran viaje de Chubut a Buenos Aires, 3000 kilómetros, y lo repetirían regularmente en el arreo de hacienda. Justamente Gato, el más dócil, retornaba de una gran travesía cruzando la Patagonia cuando Tschiffely estaba tratando de convencer a Solanet en 1925 que le venda un par de caballos. Contándole el increíble periplo. Al latifundista poco y nada convencía la idea, que pensaba en que era una locura. Gato, con ese mirada infantil que recuerdan tenía, observaría desde la tranquera extrañado a ese gringo, que poco y nada sabía montar.

Aimé Félix Tschiffely, Gato y Mancha

“Hace años que tenía en mi cabeza la idea de este viaje y por fin decidí hacer la tentativa”, insistía el suizo que se afincó en el país y enseñaba física en un colegio de Quilmes. El hombre estaba decidido. Así que Solanet ofreció que primero practique en Ayacucho, en duros meses de compenetración y aprendizaje animal y humano. Pero finalmente ocurrió algo especial, sin dudas, porque no hubo venta. Solanet regaló ambos caballos, que no eran ningunos potrillos, superando los quince años.  Y colaboró en que la partida sea una fiesta en Palermo, con los principales medios en la cobertura, el diario La Nación y la revista Caras y Caretas. Tschiffely escribiría a estas publicaciones las crónicas desde los más de 500 postas que realizó en América, y que resultó la base del libro posterior que recogió la hazaña en 1933. Con prólogo de su admirado Robert Cunnighame Graham, otro gringo amante de la pampa y el pingo,  reavivó las aventuras ecuestres en el mundo, en la era del motor.

“Mis dos caballos me querían tanto”

“Desde los primeros días advertí una real diferencia entre sus personalidades. Mancha era un excelente perro guardián: estaba siempre alerta, desconfiaba de los extraños y no permitía que hombre alguno, aparte de mí mismo, lo montase... Si los extraños se le acercaban, hacía una buena advertencia levantando la pata, echando hacia atrás las orejas y demostrando que estaba listo para morder... Gato era un caballo de carácter muy distinto. Fue domado con mayor rapidez que su compañero. Cuando descubrió que los corcovos y todo su repertorio de aviesos recursos para arrojarme al suelo fracasaban, se resignó a su destino y tomó las cosas filosóficamente... Mancha dominaba completamente a Gato, que nunca tomaba represalias”, relataba Tschiffely, y destacaba un hecho insólito,  “Mis dos caballos me querían tanto que nunca debí atarlos, y hasta cuando dormía en alguna choza solitaria, sencillamente los dejaba sueltos, seguro de que nuca se alejarían más de algunos metros y de que me aguardarían en la puerta a la mañana siguiente, cuando me saludaban con un cordial relincho” Es que el suizo para aligerar peso ni carpa llevó, mapas, armas y poncho, montura criolla, nomás, y era frecuente dormitar donde podía echarse, en los tramos de 30  a 40 kilómetros, cruzando varias veces la cordillera a través de riscos. Que varias veces desembocaban en desiertos infernales, "En Huarmey el guía no pudo más, ni sus bestias. Los dos criollos Mancha y Gato se revolcaron, tomaron agua y después se volcaron al pasto con apetitos de leones. De Huarmey a Casma, 30 leguas, calores colosales ¡52 grados a la sombra! sin agua, ni forraje, arena, arena, arena. Los cascos se hundían permanentemente de 6 a 15 pulgadas en la arena candente", contaba al diario La Nación el profesor suizo, que a esa altura, era el más gaucho de todos. Un detalle de la habilidad del viajero es que iba munido de monedas de plata, que sirvieron con baqueanos en los lugares más alejados, antes que los billetes nacionales. También que adaptó la alimentación a cada paraje particular y en Centroamérica los indígenas enseñaron a cocinar monos ¿Los caballos? Comían de todo, habituados a la aridez patagónica. 

La suprema previsión de Tschiffely no impidió que se contagie de una rara afección en tumbas bolivianas, que en la selva caribeña contrajera malaria, y que en Jalisco sufra de paludismo. En su cuerpo, varias infecciones soportó por las múltiples caídas. Los peores momentos repetía fueron durante la travesía de Ayacucho a Lima -arribaron en enero de 1926-, en desiertos con nombres tan motivadores como Matacaballos, “Me desmayé al anochecer y cuando  despierto los dos caballos estaban junto a mí. Me dije “seguí, gringo, seguí” Me levanté y vi a Nueva York al final del camino y a mis nobles compañeros dispuestos a seguir peleando. Y seguí”. O montañas  peruanas que hicieron que el guía se extravíe en una tormenta de nieve y los caballos se pierdan durante cuatro días.  Avanzó con dificultad por Ecuador y Colombia –fueron atacados por vampiros gigantes- y debió embarcarse en Medellín para acceder a Panamá. Allí los caballos recibieron por primera vez atención médica por lesiones en la piel por veterinarios marines.  Todavía faltaban las dificultades de ir a menos de un kilómetro, machete en mano, sortear a revolucionarios nicaragüenses que estaban escasos de caballos, y batir el Cerro de la Muerte en San José de Costa Rica, donde uno de los caballos quedó suspendido de una arboleda, luego de caer de un barranco.   

Fueron recibidos como héroes en una México convulsionada, a mediados de 1927, y allí Gato infectó una pata, por lo que Tschiffely compró un caballo de carga. Nuevas dificultades que no doblegaron al intrépido trío, que escoltado por militares mexicanos, cruzó a Estados Unidos por Texas. Tampoco fue sencillo en este tramo debido a que los caballos, acostumbrados a la soledad, rehuían de los automovilistas, quienes a los bocinazos saludaban a la comitiva gaucha. Nuevamente Gato se enfermó, quizá agotado del trajín y del mal forraje norteamericano, y Mancha entró en Washington DC el 20 de septiembre de 1928 –Día Nacional del Caballo-. Pasaron tres años y cinco meses de aquellas risas de la Rural. Gato, Mancha y Tschiffely eran leyenda. Así lo entendieron los norteamericanos, que realizaron una desfile por la Quinta Avenida neoyorquina, abrieron las puertas de la Casa Blanca, y el general del mítico Séptimo Regimiento de Caballería declaró que “no existía en todo el ejército de Estados Unidos un solo caballo que pudiera realizar semejante campaña” Un millonario ofreció una fortuna por ambos ejemplares y  Tschiffely declinó la oferta, “prefiero volverme pobre a negarles que vuelvan a corretear por sus campos de Ayacucho”

Tschiffel y Mancha

“Galope corto, el aliento largo y el instinto fiel”

Buenos Aires fue una fiesta “Buenos Aires siente orgullo y emoción de la hazaña” titulaba el diario La Razón en diciembre de 1928, a la llegada del trío más mentado. El intendente José Luis Cantilo reclamó al suizo los caballos para el Zoológico porteño, “¡Cómo los voy a dejar en el zoo! ¡Estos nobles animales tienen que terminar sus días en El Cardal! ¡No vaya a ser que un día un empleado se quede sin comida para los leones, y los carneé al Gato y al Mancha y se los tire a las fieras!”, escribía Tschiffely a Solanet. Pasada la bulla, los notables caballos regresaron a los días infinitos de las resereadas. Gato muere en 1944, mientras Mancha en 1947. Hoy descansan las cenizas en Ayacucho y lo que se exhibe en el Museo de Luján es solamente el cuero. Allí desde 1998 lo acompaña Aimé -quien falleció en 1954 en Inglaterra, siempre recordado como un aventurero de mil aventuras, escritor de varios libros de viajes- y  por expresa voluntad de la esposa Violet.

En 1938 Tschiffely vuelve a las rutas y con un viejo Ford T une Buenos Aires con Tierra del Fuego. Pasa a saludar a Solanet en Ayacucho y a sus viejos amigos, Gato y Mancha. Escondido a unos árboles, en una apuesta a un capataz que los llamaba sin éxito, el suizo lanzó un silbido y los caballos devolvieron un relincho. De felicidad.  “Si mis dos criollos tuvieran la facultad del habla y la comprensión humana, iría Gato a contarle mis problemas y mis sentimientos; pero si quisiera salir y hacer ronda con estilo, sin duda iría con Mancha”, los humanizó en la eternidad Tschiffely. Contemporáneamente la proeza ha sido emulada, los 8 mil kilómetros por la Argentina de Marcos Villamil entre 2020 y 2021, o superada, Eduardo Díscoli, quien con el Niño Bien (pariente de Mancha) y El Chalchalero realizaría 35 mil kilómetros en América y Europa, en los dos mil. Todas quedaron unidas por siempre al “galope corto, el aliento largo y el instinto fiel” del Caballo Criollo, estirpe dorada de Gato y Mancha, patrimonio nacional.

 

Fuentes: Markic, M. Misteriosa Argentina 2. Diario de viaje. Buenos Aires: El Ateneo. 2015; Diario La Razón. 1905-1980. Historia Viva. Buenos Aires. 1980; Pignatelli, A. Infobae.com

Imágenes: Infobae - Caras y Caretas

Fecha de Publicación: 15/03/2022

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