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El dulce de leche

Según el mito, el dulce de leche es un error.
Tradiciones
19 noviembre, 2019

No me gusta el dulce de leche. Lo sé, hay muchos que van a dejar de leer la columna luego de esas siete palabras heréticas. Pues bien, allá ellos. Me quedo con los buenos. A los que sigan leyendo, les cuento que lo dulce no me gusta en general, pero tampoco lo aborrezco. Puedo comer mermelada, incluso alguna torta, a veces hasta crema. No hay drama. Cuando el hecho de que no me guste el dulce de leche ya me había llevado a situaciones estresantes en las que tenía que definir mi postura como si estuviera diciendo que me gusta comer bebés, me hizo reflexionar un poco; detecté algo importantísimo: el helado de dulce de leche sí me gusta. ¿Y entonces? En ese momento llegué a una conclusión que me hizo entender varias facetas de mi vida: lo que odio del dulce de leche, lo que lo transforma en un menjunje intragable, lo que lo convierte en mi kriptonita es su textura. Odio las cosas pegajosas. Me generan una sensación que está entre el asco y el miedo: nada pegajoso es bueno. Veneno, pintura, cemento de contacto, caca. Dios parece estar gritándonos: “aléjense de lo pegajoso, es una trampa”. Y nosotros vamos y nos lo comemos. Así nos va.

Según el mito, el dulce de leche es un error. Parece que una cocinera de algún aristócrata (los únicos que tenían cocinera en el siglo XIX) se olvidó la leche en el fuego. Como a su jefe le gustaba dulce, le había agregado azúcar cuando todavía estaba fría, para que se disuelva bien. Cuando volvió tenía tres problemas: la cocina llena de humo (por lo menos en el sentido literal, el otro lo desconozco), una olla arruinada y una pasta inmunda y pegajosa. No entiendo cómo se le ocurrió probarlo (quizás para ver si la podía zafar de alguna manera) y parece que le gustó. Si el de nuestros días es horrible, imagínense lo que debe haber sido ese prototipo de dulce de leche. Así es como —parece— nació ese producto que los argentinos que viven afuera dicen que aman: como un error. Una comida pasada, quemada, devenida en algo que no debería haber existido nunca. Algunos dirán que es una serendipia. Para mí, fue el principio del fin del paladar argentino.

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