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El dulce de leche

Según el mito, el dulce de leche es un error.

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dulce de leche

No me gusta el dulce de leche. Lo sé, hay muchos que van a dejar de leer la columna luego de esas siete palabras heréticas. Pues bien, allá ellos. Me quedo con los buenos. A los que sigan leyendo, les cuento que lo dulce no me gusta en general, pero tampoco lo aborrezco. Puedo comer mermelada, incluso alguna torta, a veces hasta crema. No hay drama. Cuando el hecho de que no me guste el dulce de leche ya me había llevado a situaciones estresantes en las que tenía que definir mi postura como si estuviera diciendo que me gusta comer bebés, me hizo reflexionar un poco; detecté algo importantísimo: el helado de dulce de leche sí me gusta. ¿Y entonces? En ese momento llegué a una conclusión que me hizo entender varias facetas de mi vida: lo que odio del dulce de leche, lo que lo transforma en un menjunje intragable, lo que lo convierte en mi kriptonita es su textura. Odio las cosas pegajosas. Me generan una sensación que está entre el asco y el miedo: nada pegajoso es bueno. Veneno, pintura, cemento de contacto, caca. Dios parece estar gritándonos: “aléjense de lo pegajoso, es una trampa”. Y nosotros vamos y nos lo comemos. Así nos va.

Según el mito, el dulce de leche es un error. Parece que una cocinera de algún aristócrata (los únicos que tenían cocinera en el siglo XIX) se olvidó la leche en el fuego. Como a su jefe le gustaba dulce, le había agregado azúcar cuando todavía estaba fría, para que se disuelva bien. Cuando volvió tenía tres problemas: la cocina llena de humo (por lo menos en el sentido literal, el otro lo desconozco), una olla arruinada y una pasta inmunda y pegajosa. No entiendo cómo se le ocurrió probarlo (quizás para ver si la podía zafar de alguna manera) y parece que le gustó. Si el de nuestros días es horrible, imagínense lo que debe haber sido ese prototipo de dulce de leche. Así es como —parece— nació ese producto que los argentinos que viven afuera dicen que aman: como un error. Una comida pasada, quemada, devenida en algo que no debería haber existido nunca. Algunos dirán que es una serendipia. Para mí, fue el principio del fin del paladar argentino.

Listo, ya hice mi descargo

Después de haber dado mi punto de vista, opinar sobre lo que nadie me preguntó (es la suerte de tener este espacio para mi) ya es momento de ponerme el traje neutral. Y hablar sin juicios sobre uno de los bienes más preciados del argentino. Mal que me pese, si alguien nos pide que nombremos “sin repetir y sin soplar” cinco palabras que refieran a  nuestras tradiciones y orgullos, me atrevo a asegurar que el dulce de leche estará en la lista de la mayoría. También va a aparecer Maradona en el top five y no por eso todos lo quieren al ídolo ¿verdad? Voy a intentar tomar lo bueno, lo que me cuentan por ahí. Al parecer el dulce de leche es rico, pero más que rico es nuestro. Y a eso no hay quien se atreva a debatirlo (ni yo). ¿Qué tiene de bueno? Me pregunto. Quizás sea lo accesible y versátil. Es un dulce que está en cualquier heladera, pero que también protagoniza recetas de pastelería sofisticadas. Puede ser un helado, una golosina, un compañero de otras delicias (banana, flan, merengues, etc.) Lleva pocos ingredientes y para hacerlo casero, solo hay que contar con algo de tiempo y paciencia. Los que saben más dicen que de todas las posibilidades que tiene, la infalible es un pan recién horneado con una porción de dulce de leche. ¿Ustedes qué opinan?

 

Fecha de Publicación: 20/04/2018

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